Capítulo 16 · El solsticio #2
Aurea, con un abrigo negro hasta los pies.
Fabián, sentado en una silla, con el bastón apoyado en una rodilla.
Tareixa, vestida con una túnica larga, blanca, simple, sin adornos, ceñida a la cintura por una cuerda de cáñamo.
La túnica era la misma que las cantareiras compostelanas habían usado durante siglos en aquella ceremonia, según Aurea les había contado durante la cena de la noche anterior: cosida a mano por las propias mestras, cada una para su sucesora.
La de Tareixa la había cosido la cantareira anterior, la maestra que había muerto siete años atrás.
Anselmo Pereira, también con sotana. Y, junto a Aurea, Maire MacEachern, alta, delgada, con una capa de lana gruesa sobre los hombros, una túnica clara y una pequeña diadema fina de plata sobre el pelo blanco recogido.
Era el atavío tradicional de las cantareiras de Iona, igual de antiguo que el de Tareixa pero con una pequeña diferencia: la cuerda de cáñamo, en Iona, llevaba un nudo céltico en el extremo, mientras que en Compostela llevaba una vieira con dos muescas.
Aurea se acercó.
—Pasad. Adrián, Clara, Maire ya está aquí.
—Ya nos conocemos —dijo Maire, con una sonrisa breve, alzando una mano—. Anoche cenamos los cuatro.
—Encantada de verte así, Maire —dijo Clara.
—Igualmente.
Aurea les indicó que se acercaran a la mesa.
—Repasamos el orden de la ceremonia rápido. Después esperamos en silencio hasta las cinco.
Sobre la mesa había dispuesto un pequeño plano dibujado a mano, con el crucero de la Catedral, la cripta del Apóstol, el botafumeiro, y siete posiciones marcadas con números.
Adrián miró el plano. Era un dibujo cuidadoso, con la planta esquemática de la nave central, las cuatro columnas del crucero, la cripta debajo del altar mayor, y, en medio, una pequeña marca en forma de círculo que indicaba el centro exacto del crucero, donde la cuerda del botafumeiro caía en plomada cuando estaba en reposo.
—Posición uno —dijo Aurea, señalando un punto bajo el crucero—: Tareixa, en el centro, junto a la entrada de la cripta. Es ella quien empieza el canto en cuanto Adrián abre la puerta. Tareixa, ¿tienes la voz?
Tareixa asintió.
—La tengo.
—¿Cómo estás?
Tareixa le sostuvo la mirada un momento. Tenía los ojos calmos, no rojos como en los días posteriores al funeral, sino concentrados, vacíos de las cosas externas, presentes solo en lo que tocaba.
—Estoy bien. He pasado la tarde sola, en mi casa, repasando. La voz está. La cabeza está. El cuerpo, también. No te preocupes por mí esta noche.
—Gracias.
Aurea siguió.
—Posición dos —señaló otra—: Yo, junto al lateral norte, llevando la lámpara del solsticio.
La lámpara es de aceite, no eléctrica. La encendí esta mañana en mi casa con un fuego nuevo, hecho a partir de una astilla del retablo de la cripta, que es la astilla que se conserva desde la última gran restauración del año mil novecientos sesenta y siete.
Esa astilla, ese fuego, esa lámpara. Lo que se enciende en cada solsticio.
»Posición tres: Fabián, junto a la columna mayor del crucero, custodiando el umbral simbólico. Fabián tiene esa función desde hace cuarenta y un años, desde que fue elegido por su antecesor. Esta es su última también, ¿verdad, Fabián?
Fabián asintió desde su silla.
—La última. El año que viene, alguien me sustituirá. Aún no sabemos quién. Aurea decidirá entre el solsticio y la próxima Cuaresma.
—Posición cuatro: Maire, junto a Tareixa, una unidad atrás. Acompaña el canto con su voz a partir del minuto siete. La línea de Iona, no la de Compostela. Las dos voces se cruzan en el aire del crucero, no se confunden. Maire, ¿cómo estás?
Maire sonrió levemente.
—Estoy. Treinta y cinco años cantando la línea, esta es la última que la canto fuera de Iona. Estoy.
—Posición cinco: Anselmo, en el coro alto, en el órgano. No toca. Acompaña respirando, en silencio. Es testigo. Posición de archivero musical, según la tradición. Anselmo, ¿estás bien?
Anselmo asintió, sin hablar.
—Posición seis: Manuel Ouro, junto al botafumeiro, vigilando que el mecanismo funcione bien. No interviene. Pero está si algo va mal. Manuel ha hecho esta función durante doce años. La conoce.
—Manuel asintió.
—Posición siete: Adrián. Tú abres la cripta con la llave de Xoán cuando el reloj marque las cinco en punto.
Después subes a la nave central, te quedas a un metro y medio de Tareixa, y permaneces allí los veintiocho minutos.
No te muevas. No hables. Cuando la ceremonia termine, sales por la puerta de la cripta, no por la nave. Eso lo entendemos.
Adrián asintió. Reconoció exactamente lo que Xoán le había dicho.
Aurea recogió el plano y lo dobló.
—Una cosa más. Vais a oír cosas que no os explicaremos esta noche. Vais a ver cosas que tampoco. La ceremonia es lo que es. Dura veintiocho minutos. Cuando termine, no preguntéis lo que habéis visto. Solo recordadlo.
Hubo un silencio.
Maire MacEachern, desde su sitio, sonrió levemente.
—Es así desde Iona. Desde antes incluso. Mi maestra me decía: la ceremonia se canta, no se explica. Lo que se canta, dura. Lo que se explica, se gasta. Y este oficio ha sobrevivido mil cien años porque no se ha gastado.
Aurea miró a Tareixa.
—¿Estás bien?
Tareixa asintió. Tenía los ojos muy claros, las manos relajadas. No parecía nerviosa.
—Estoy bien. Solo silencio. Voy a sentarme un rato.
Tareixa se sentó en una silla junto a la pared.
Cerró los ojos. Empezó a respirar sin apurarse, como quien ha hecho ese ejercicio antes de cantar muchas veces.
Maire MacEachern se sentó a su lado, también en silencio.
Las dos cantareiras, la de Compostela y la de Iona, en silencio paralelo, como dos hilos que iban a cruzarse en pocas horas.
A las once y media, todos estaban en silencio. Los siete custodios y Clara. La sacristía, con los armarios cerrados, las casullas dentro, las velas encendidas en los candelabros, parecía haber quedado fuera del tiempo de la ciudad.
El reloj de la torre dio las doce. La una.
Las dos. Las tres. Las cuatro. Cada cuarto, las campanas marcaban con su ritmo habitual, cuatro y uno, cuatro y uno.
Adrián, durante esas cinco horas y media, no se movió mucho.
Estuvo sentado al lado de Clara, las manos cruzadas sobre el regazo, los ojos cerrados a veces, mirando el techo otras veces, escuchando dentro de sí mismo el ritmo de los cuartos.
Pensó en muchas cosas, sin querer. En Sevilla.
En Salvatierra, que esa misma noche estaría también en la sacristía mayor de la Catedral de Sevilla haciendo, según le había dicho Adrián por teléfono el día anterior, el oficio paralelo de Sevilla, distinto pero coordinado.
En Mercè Fiol, en Barcelona, haciendo el suyo.
Las tres redes peninsulares celebraban la noche del solsticio en sus tres formas distintas.
Solo la de Compostela tenía la ceremonia central, la del séptimo códice.
Las otras dos eran derivadas. Pero las tres existían, sincrónicas, en aquella noche del veintiuno de diciembre, y la red entera, de Iona a Sevilla, se mantenía viva por aquel paralelismo silencioso.
A las cuatro y media, Aurea se levantó. Encendió una lámpara antigua de aceite, no eléctrica, que había estado preparada sobre la mesa. La llama prendió con un destello pequeño. Era una lámpara pequeña, de bronce gastado, con una sola mecha plana y un depósito apenas mayor que un puño.
—Es hora.
Los siete se pusieron en movimiento.
Salieron de la sacristía en fila. Adrián fue penúltimo, detrás de Manuel Ouro, delante de Aurea con la lámpara. Clara fue la última.
Entraron por una puerta lateral en la nave norte.
La Catedral, vacía y a oscuras, era enorme.
Solo una luz baja, de seguridad, iluminaba parcialmente algunos puntos.
Los pasos resonaban poco. Todos llevaban calzado de suela blanda.
Adrián, durante los primeros pasos, sintió la dimensión de la nave de un modo que no había sentido durante el día.
La Catedral, a esa hora, sin público, sin canónigos, sin movimiento, era un volumen de aire y de piedra que llevaba ochocientos años sosteniéndose a sí mismo.
La sensación era física: el peso de la piedra encima, la frialdad del aire interior, el silencio vasto que solo a ratos se interrumpía con un crujido pequeño de las maderas viejas del coro.
Aurea apagó la única luz de seguridad de un panel lateral. Solo quedó la lámpara de aceite, que ella sostenía con cuidado.
Cruzaron el crucero. Tareixa, en silencio, fue a su sitio, junto a la cripta.
Maire, detrás de ella, una unidad atrás, según el plano.
Fabián avanzó hasta su columna, despacio, ayudándose del bastón.
Anselmo subió por una escalerilla lateral hasta el coro alto, donde se sentó en silencio frente a la consola del órgano sin tocar las teclas.
Manuel Ouro caminó hasta el botafumeiro y se quedó allí, mirando hacia arriba, junto a las cuerdas que durante los oficios mayores manejaban los tiraboleiros y que, esa noche, iban a quedarse sin nadie tocándolas.
Adrián fue el último en moverse. Se acercó a la puerta de la cripta del Apóstol.
Sacó la llave de hierro del bolsillo interior.
La sostuvo un momento. La luz de la lámpara de Aurea, que estaba a unos metros, le iluminaba la mano por un costado y dejaba la cabeza tallada en espiral en sombra. Adrián la metió en la cerradura.
La cerradura giró con un sonido limpio, antiguo, como un mecanismo que había funcionado mucho. Adrián notó la resistencia mínima que la llave ofrecía al girar, una resistencia cálida, no áspera, la resistencia de un hierro que llevaba siglos siendo manejado por manos del oficio.
La puerta se abrió hacia adentro, despacio.
El interior de la cripta era oscuro. Olía a piedra antigua y a aire frío. Adrián, sin entrar, dio dos pasos atrás. Volvió la mirada hacia el crucero.