Capítulo 16 · El solsticio
Los días que siguieron a la asamblea pasaron lentamente.
El jueves por la mañana, Severo cumplió.
Entró al archivo del Cabildo a las diez en punto con una bolsa de cuero pequeña, gastada, color marrón oscuro, que contenía las doce páginas arrancadas.
Las dejó sobre la mesa de Aurea, sin decir nada.
Aurea tampoco dijo nada. Las puso en una carpeta de cartón gris, idéntica a las otras del archivo, y la guardó en la cámara acorazada.
Severo estuvo un instante más en el despacho, en silencio.
Después extendió una mano a Aurea. Aurea se la estrechó.
Severo no añadió ninguna palabra. Salió.
El viernes, Severo escribió a Hans Vogel un correo extenso, que copió a Aurea, en el que le explicaba que el proyecto editorial se reorientaba hacia una fundación gallega que iba a constituirse antes de fin de año.
Vogel respondió en menos de tres horas. Su respuesta fue breve: aceptaba, agradecía la transparencia, esperaba conocer detalles cuando la fundación tuviera estatutos.
Añadía, al final, una frase corta: Severo, tu salud, te ruego, prevalece sobre todo lo demás.
Si necesitas que vaya a Compostela en algún momento, tomo un avión sin avisar.
Severo le contestó dos líneas: Gracias, Hans.
La salud va. La fundación irá. Te llamo.
Ese mismo viernes, los notarios de la red empezaron a redactar el acta fundacional.
Severo, desde su casa, propuso los siete primeros nombres del consejo académico independiente.
Aurea los recibió por correo, los leyó, los aceptó sin cambios.
Eran nombres serios: dos paleógrafos europeos, dos historiadores eclesiásticos peninsulares, un musicólogo medievalista, un arqueólogo, una conservadora de bienes patrimoniales del Vaticano.
Ninguno de ellos era de la red. Severo había tenido cuidado de no incluir a ningún custodio.
La fundación, en su consejo independiente, iba a ser auténticamente independiente.
Adrián y Clara, durante esos días, hicieron poco.
Caminaron por Compostela. Comieron en sitios distintos cada día.
Pasaron una mañana entera en el Pórtico, esta vez sin Tareixa, simplemente mirando la piedra.
La policromía del Pórtico —que Adrián, restaurador de oficio, había estudiado en libros antes de venir— había vuelto a la superficie durante los diez años de trabajos que terminaron en dos mil dieciocho: bajo el polvo y el humo de los siglos habían aparecido hasta tres capas completas, del taller de Mateo al barroco, superpuestas como versiones sucesivas de la misma frase.
Adrián las identificó una a una, a media voz, indicándoselas a Clara: el azul de Mateo, el bermellón que alguien puso encima trescientos años después, el oro del setecientos.
Una mañana se les fue así, contando colores antiguos y discutiendo cuál de todos ellos era el verdadero, hasta que Clara dijo que a lo mejor los tres, y Adrián tuvo que darle la razón.
Una tarde, con las maletas casi hechas pensando en lo que llegaba, Clara pidió pasar otra hora en el archivo.
Aurea les dejó las llaves. Estuvieron solos en la sala de fondos, en silencio, repasando los manuscritos del cuaderno de Mateo que sí estaban completos.
No hablaron mucho. Cada uno repasó lo suyo.
Antes de salir, Adrián abrió por última vez la caja diecinueve de la sección IX-C.
El legajo de cuentas de fábrica del quinientos estaba otra vez cerrado, atado con su cinta, en su sitio.
Entre los pliegos, donde durante cuatro días había estado el folio que él escribió, había ahora una cartulina fina con una nota archivística de dos líneas.
Adrián la miró un buen rato. La página que él había escrito ya no estaba allí.
Aurea la había quemado el miércoles, al alba, en su casa, en la chimenea, en presencia de Fabián, antes de salir hacia el funeral de Xoán.
Las cenizas habían sido tiradas al patio del limonero.
Quedaba solo la nota, con la letra cuidada de Aurea: folio hallado el 8-XII en caja 19 (IX-C), retirado el 18-XII para análisis interno.
Véase acta adjunta en expediente personal A.V.
A las tres de la tarde de ese viernes, Aurea fue al aeropuerto de Lavacolla a recoger a Maire MacEachern.
La mestra cantareira de la abadía de Iona había llegado en un vuelo desde Edimburgo vía Madrid.
Aurea la trajo a la ciudad, la instaló en una pequeña habitación del Hostal contigua a las de Adrián y Clara, y por la noche cenaron los cuatro juntos —Aurea, Maire, Adrián, Clara— en un comedor pequeño de un restaurante de la Rúa do Vilar que Aurea había reservado para ellos solos.
Maire MacEachern hablaba español con un acento ligero, escocés de las islas, una entonación cantarina que recordaba un poco al gallego.
Tenía setenta años. Era alta, delgada, con pelo blanco recogido en moño bajo, ojos azul claro y una pequeña cruz céltica de plata al cuello.
Llevaba treinta y cinco años cantando el solsticio en Iona, en una pequeña abadía sobreviviente —no la antigua, destruida por los vikingos, sino una pequeña comunidad protestante reformada que en mil novecientos treinta y ocho había recuperado parte del antiguo culto céltico— y en cada ciclo solsticio, según una vieja costumbre, una mestra cantareira de Iona viajaba al sur a acompañar a la de Compostela.
La maestra de Maire había sido la última en visitar Compostela, en mil novecientos noventa y cinco.
Maire la había acompañado entonces, recién elegida, con cuarenta y un años y la certeza de que aquel viaje no se repetiría en su vida.
Veintinueve años después, venía sola a ocupar el sitio de su antecesora.
—Conocí a Xoán en mil novecientos noventa y cinco —dijo Maire, durante la cena—.
Tenía sesenta años entonces, y yo cuarenta y uno.
Fui yo quien le tradujo al inglés algunas partes del séptimo códice, durante una semana, en un sitio de Galicia que él me llevó y que prometí no nombrar nunca.
Veintinueve años después, sigo sin nombrarlo.
Lo siento mucho que se nos haya ido. Me ha pesado todo el viaje.
Aurea le puso la mano sobre el brazo, brevemente. Maire le sonrió. Era una sonrisa contenida, de las que se aprenden cuidando de una cosa durante mucho tiempo.
—Aurea, ¿el solsticio va bien?
—Va bien. Tareixa está preparada. Adrián está preparado. Yo estoy preparada. Y tú, ¿estás preparada?
—Estoy preparada. Es la última vez que vengo. La próxima vez me sustituirá una de mis discípulas. Yo ya no voy a cruzar el mar. Esta es mi última.
—Entonces que sea bueno.
—Que sea bueno.
El sábado veintiuno de diciembre, día del solsticio, fue uno de esos días grises de Compostela en que el sol no aparece y la luz no termina de cerrar.
Adrián y Clara descansaron por la mañana.
Comieron una sopa ligera en el comedor del Hostal.
Por la tarde, Adrián salió a caminar solo durante una hora, sin rumbo, dejando que la ciudad lo llevara.
Pasó junto a la fachada del Pazo de Raxoi, donde las luces de Adviento ya estaban encendidas desde el segundo domingo y proyectaban sobre la plaza del Obradoiro una luz suave, dorada, distinta de la blanca de los focos del invierno habitual.
Cruzó la plaza de la Inmaculada, pasó por delante de San Martín Pinario, bajó por la Algalia de Abaixo, donde una panadería tenía la persiana medio levantada y una mujer mayor sacaba un cesto de pan recién hecho mientras una niña pequeña, agarrada a su mano, le tiraba de la falda preguntándole algo en gallego.
Adrián las miró un momento al pasar. La niña miró a Adrián.
Adrián le sonrió. La niña no le devolvió la sonrisa.
Lo miró con esa concentración seria de los niños pequeños que evalúan a los desconocidos antes de decidir si confían.
Volvió al Hostal al anochecer. Cenaron poco. A las nueve y media, salieron del Hostal.
Compostela estaba muy quieta. Hacía un frío seco, distinto del frío húmedo de los primeros días.
El cielo se había abierto en parte y se veían algunas estrellas.
La plaza del Obradoiro estaba vacía, salvo por una pareja que se hacía una fotografía con un móvil.
Adrián y Clara dieron la vuelta a la Catedral por el lado norte.
Llegaron a una pequeña puerta lateral, sin signos visibles, en una callejuela detrás de la fachada de Azabachería.
La puerta era de madera oscura, antigua, con una aldaba pequeña.
La misma puerta por la que Tareixa los había hecho entrar la tarde del Pórtico, dos semanas y media antes.
Adrián golpeó dos veces.
Manuel Ouro abrió. Iba con sotana, con los hombros cubiertos por una capa corta de lana negra.
—Pasad. Adelante.
Cruzaron el umbral. Manuel cerró detrás de ellos. La puerta daba a un pasillo estrecho, con paredes de piedra desnuda y suelo de losa. Una luz amarilla, baja, lo iluminaba apenas.
—Por aquí.
Caminaron tras él en silencio. Pasaron junto a una capilla pequeña, vacía, con un altar lateral sin uso. Después subieron una escalera corta. Después atravesaron una puerta lateral hacia un espacio grande, de techo alto: la sacristía mayor.
La sacristía mayor era una sala enorme, con dos largas mesas de madera oscura y armarios altos de roble en las paredes, llenos de casullas y vestiduras litúrgicas guardadas con orden estricto. En el centro, junto a una de las mesas, había seis personas.