Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 15 · La asamblea de la red #4
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Capítulo 15 · La asamblea de la red #4

—Quiero deciros una cosa más, hermanos custodios, antes de aceptar formalmente.

La asamblea de esta noche es el punto más alto que he visto del oficio en cuarenta años.

Ha sido una asamblea libre. Ha habido voces distintas.

Ha habido un debate real. Don Eladio ha planteado la objeción de los conservadores sin que nadie le interrumpiera.

Doña Mercedes ha expresado lo que muchos pensábamos sin atrevernos.

Adrián ha dicho con claridad lo que un custodio externo puede ver.

Clara ha encajado a la red de Compostela en la lógica común de las tres redes.

Y Aurea, con Fabián, ha encontrado la fórmula.

Hemos hecho, en una noche, lo que el oficio no había hecho en mil años de su historia: hemos deliberado sobre nosotros mismos sin escudarnos detrás del silencio.

Si esto es lo que el oficio puede hacer cuando hace falta, entonces el oficio está vivo.

Y, si está vivo, va a sobrevivir los próximos veinte años, sea cual sea la fundación que se constituya.

Eso me reconcilia con la decisión. Eso, hermanos custodios, era lo que yo necesitaba ver antes de morir.

Hubo un silencio largo.

—Acepto. Devolveré las páginas mañana al archivo. Vogel será informado pasado mañana. La fundación se constituirá antes de fin de año.

Aurea se levantó. Severo, en su sitio, también se levantó.

Se miraron a través de la mesa larga, durante mucho rato.

Después Aurea rodeó la mesa. Llegó hasta Severo. Le abrazó.

Severo le devolvió el abrazo. Estuvieron así durante varios segundos, un canónigo y una archivera de sesenta y cuatro años los dos, que se habían conocido a los dieciocho en el seminario de Mondoñedo, abrazándose en una sala iluminada con luz cálida frente a los retratos de los canónigos del siglo dieciocho, que los miraban desde sus marcos dorados sin entender nada.

Don Eladio Carballo, desde su sitio, miraba el abrazo con una expresión que Adrián no había visto nunca en un canónigo viejo: una mezcla de respeto, derrota y, debajo de todo, alivio.

Había votado que no y estaba aliviado de haber perdido.

Adrián pensó que aquello, y no el pacto, era lo más parecido a un milagro que había visto en tres años de oficio.

Cuando Aurea se separó de Severo, Fabián se levantó también.

Se acercó. Le tendió la mano. Severo se la estrechó, primero con una mano, después con las dos.

Fabián, sin soltarlas, le dijo en voz baja una frase corta que Adrián no llegó a oír, pero que vio cómo Severo, al recibirla, asintió con la cabeza dos veces.

Y los siete custodios de Compostela, de pie en sus sitios —los cinco que habían votado a favor y los dos que no—, lo vieron sin decir una palabra, mientras en la calle, debajo, Compostela seguía durmiendo bajo el cielo limpio de invierno.

A las once y media de la noche, Adrián y Clara salían del edificio.

Severo había salido antes, con Aurea acompañándolo hasta el portal.

Fabián y Tareixa se habían quedado dentro para cerrar la sala.

Los tres canónigos a los que Adrián no conocía, don Eladio, doña Mercedes y don Nicanor, se habían despedido cordialmente y habían bajado las escaleras antes que ellos.

Don Eladio, antes de irse, se había acercado a Adrián y, sin decir mucho, le había estrechado la mano con una firmeza inesperada.

—Adrián.

—Don Eladio.

—Tu intervención de antes, sobre Vilarpol. Eso lo apunto.

—Gracias.

Don Eladio asintió. No añadió más. Bajó las escaleras detrás de Mercedes y Nicanor.

Tareixa los alcanzó en la calle, después de cerrar.

—El solsticio es dentro de tres días.

—Sí.

—Vamos a poder hacerlo.

—Sí.

Tareixa miró un momento hacia el cielo. Las nubes se habían abierto en una franja alta y dejaban ver una luna casi llena, brillante, recortada contra la silueta de la torre de la Berenguela al fondo.

—Sin Xoán.

—Pero con su llave —dijo Adrián.

Tareixa asintió.

Caminaron juntos hacia el Hostal. Cuando llegaron, Tareixa los dejó en la puerta.

—Hasta el sábado.

—Hasta el sábado.

—Adrián.

—Dime, Tareixa.

—Lo que has dicho de Morán esta noche. Lo de la redención por el destierro. ¿Lo has pensado tú o te lo dijo Clara?

Adrián miró a Clara. Después miró a Tareixa.

—Lo pensamos los dos a la vez, en el coche, volviendo de Vilarpol. Pero quien lo articuló primero fue Clara.

Tareixa sonrió levemente.

—Le debes mucho a esa mujer.

—Lo sé.

—No la pierdas, Adrián.

Y se fue.

Adrián y Clara subieron a la habitación. Adrián sacó la llave del bolsillo, la dejó sobre la mesilla. Se sentó al borde de la cama. Clara también se sentó.

—Tres días —dijo Clara.

—Tres días.

—Adrián.

—Dime.

—Después del solsticio, vamos a Finisterre.

—De acuerdo.

—¿Sabes ya lo que vas a decirme allí?

Adrián no contestó de inmediato. Miró la llave sobre la mesilla. La luz baja de la lámpara la iluminaba en el lateral, dejando la cabeza tallada en espiral en sombra parcial, dibujando una pequeña silueta proyectada sobre la madera de la mesilla, una espiral pequeña que se replicaba en sombra.

—No del todo. Pero tengo una idea aproximada.

—Yo también.

—¿Lo decimos antes?

—No. En Finisterre.

—De acuerdo.

Clara se levantó. Se acercó a la puerta. Antes de salir, se volvió un momento.

—Adrián.

—Dime.

—Has estado bien esta noche. En la asamblea.

—Lo intenté.

—Lo conseguiste.

Y salió.

Adrián se quedó un rato mirando la llave bajo la lámpara. No la guardó esa noche. La dejó sobre la mesilla, a la vista. Se desvistió despacio, se acostó, apagó la luz.

En la oscuridad, escuchó, lejos, el ritmo de las campanas de algún convento. Cuatro toques rápidos, una pausa, un quinto toque sostenido.

Cuatro y uno.

La cadencia de las horas en Compostela. Llevaba ya dos semanas y media oyéndola cada hora. Empezaba a no oírla más. Lo cual, según Aurea le había explicado una vez de pasada, era el momento en que uno pasaba de visitar Compostela a vivirla.

Adrián cerró los ojos.

Esa noche durmió siete horas seguidas. La asamblea, en algún sentido que no terminaba de entender bien, le había aliviado un peso que llevaba dos semanas cargando sin notarlo.