Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 15 · La asamblea de la red #3
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Capítulo 15 · La asamblea de la red #3

—Esta tarde, en Vilarpol, vi a un hombre dignamente derrotado.

Es lo que la red supo hacer hace dos años con quien lo merecía.

Y vi una cosa más: vi a ese hombre, en una iglesia rural, con tres ancianas y dos extraños al fondo, oficiando una misa de Adviento que había entendido como una pequeña forma de regreso al silencio del oficio.

La red, sin saberlo, lo ha redimido al desterrarlo.

No es un derrotado del todo. Es un hombre que, en su sitio nuevo, ha vuelto a ser custodio de un silencio menor, parroquial, suficiente.

Hizo una pausa.

—Esta noche, en esta asamblea, vamos a juzgar a un hombre que no está derrotado.

Que tiene razones. Que está enfermo. Y que va a morir antes de que la sanción surta efecto.

La red tiene que hacer algo distinto esta noche.

La propuesta de Aurea me parece honesta.

No es una capitulación. Es un pacto. Y los pactos, hermanos custodios, son lo único que distingue a un oficio que se renueva de un oficio que se petrifica.

Bajó la vista un momento. Después la levantó otra vez.

—Don Eladio, con todo respeto. Yo soy el más nuevo aquí.

Llevo dos semanas en la red de Compostela.

No he visto lo que usted ha visto en sus cuarenta y dos años.

Pero sí he visto lo que ha pasado en Sevilla en los últimos dos años, y lo que ha pasado en Barcelona en el último.

Y, en los dos casos, las redes locales aprendieron una cosa: que las decisiones tomadas por miedo a perder lo que se tenía siempre nos costaban más de lo que las decisiones tomadas con claridad.

Severo le da a la red, esta noche, la oportunidad de decidir con claridad.

Esa oportunidad no se va a repetir. La fundación con cláusula a veinte años es la decisión clara.

El silencio puro es la decisión miedosa.

Y no es por respeto a Severo que digo esto. Es por respeto al oficio.

Bajó la vista.

—No tengo voto. Pero esa es mi opinión.

Nadie dijo nada durante un rato. Don Eladio Carballo miraba a Adrián con una expresión que no era de hostilidad sino de cálculo, la expresión de un canónigo veterano que mide las palabras de un recién llegado y decide, despacio, hasta qué punto el recién llegado merece ser escuchado más allá de la cortesía formal.

Aurea asintió, una vez.

—Gracias, Adrián. Y Clara, ¿quieres añadir algo?

Clara tardó un momento.

—Solo una cosa. Severo, esta noche, ha dicho que cree en este oficio.

Lo creo. Y eso significa, paradójicamente, que la asamblea tiene a su lado a alguien que la quiere lo suficiente como para arriesgarse a destruirla por mejorarla.

Eso, en otros oficios, se llamaría reformismo.

En el nuestro, lo llamamos traición. Y quizá esa palabra, traición, hoy no sirva para describir lo que pasa.

—Y otra cosa, si me permitís —añadió Clara—.

Yo he sido custodia de Barcelona. Voy a serlo todavía durante un tiempo.

Y os hablo desde la red más joven de las tres, la que tiene menos siglos detrás, la que acumula menos historia.

Lo que veo en Compostela esta semana es algo que en Barcelona también vamos a tener que afrontar antes o después.

Sevilla ya lo ha empezado a afrontar a su manera, en silencio, sin asambleas como esta.

La cuestión de cómo abrirse, de cómo dejar de ser solo silencio, es la cuestión común de las tres redes para los próximos veinte años.

Compostela, esta noche, puede dar un paso que las otras dos vamos a tener que dar después.

Si Compostela lo da bien, las otras dos podremos seguirlo.

Si Compostela lo da mal, las otras dos vamos a tener que inventar nuestros propios caminos.

Y los caminos sin precedentes son siempre peores que los precedentes con error.

Con error o sin él, lo importante es que haya precedente.

Aurea sonrió levemente. La primera sonrisa de toda la noche.

—Gracias, Clara.

Don Eladio Carballo, desde su sitio, miró a Clara durante un largo momento. Después, sin decir nada, bajó la vista y asintió, una sola vez, un asentimiento mínimo que en aquella sala equivalía a la concesión que su edad y su rango habían escogido entregar.

Aurea se enderezó. Miró a los siete custodios.

—Voto. Quien apoye la propuesta, levante la mano.

Las manos se levantaron despacio.

Una. Manuel Ouro.

Dos. Anselmo Pereira.

Tres. Mercedes Aldao.

Cuatro. Aurea misma.

Y después nada.

Hubo un silencio que a Adrián se le hizo largo de un modo físico, como si el aire de la sala hubiera cambiado de densidad.

Cuatro manos arriba. Tres abajo. Don Eladio Carballo miraba la mesa con los brazos cruzados.

Don Nicanor Suárez tenía las manos quietas delante, una sobre otra, y la cara de un secretario que ya está redactando el acta en la cabeza.

Xurxo Beade miraba a Aurea sin parpadear.

Y entonces Xurxo Beade levantó la mano. Despacio, hasta arriba del todo, con el brazo entero, como levantan la mano los hombres que no están acostumbrados a que se les pregunte.

Cinco.

—Cinco a favor —dijo Aurea, con la voz justo igual que antes—. ¿En contra?

Don Eladio levantó la suya sin mirar a nadie. Don Nicanor, un segundo después, levantó la suya mirando a Aurea a los ojos.

—Dos en contra. Aprobada por cinco a dos.

Nadie dijo nada. Nadie aplaudió, nadie protestó, nadie se movió.

En mil cien años, la red de Compostela no había hecho jamás una cosa como aquella, y ninguno de los que estaban en la sala sabía todavía si acababan de salvar el oficio o de partirlo por la mitad.

Adrián comprendió, en ese silencio, que las dos cosas eran sin duda ciertas y que iban a seguir siéndolo durante veinte años.

Don Nicanor Suárez habló entonces, con su voz de actas.

—Que conste en el acta que he votado en contra. Y que conste también que voy a cumplir el acuerdo como si lo hubiera votado a favor. Lo digo por si alguien, dentro de veinte años, lee esto y se pregunta cómo funcionábamos.

Don Eladio asintió, una sola vez, sin levantar la vista.

—Lo mismo digo.

Aurea cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, los tenía húmedos.

—Que conste. Llamen a Severo.

Tareixa abrió la puerta. Severo entró. Caminó hasta su sitio, en la cabecera opuesta. Se mantuvo de pie.

Aurea le explicó, en cinco minutos pausados, la propuesta.

La fundación. Los veinte años. La cláusula vinculante.

El consejo académico independiente. Su papel personal en el diseño del consejo.

La compra del manuscrito por la red. Los emolumentos a Vogel.

La constitución de la fundación antes de fin de año.

Severo escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, se quedó mirando la mesa.

Después levantó la vista.

—Aurea. Esto no es lo que yo querría. Yo querría publicar el libro yo, con mi nombre, mientras estoy vivo. Lo que me ofrecéis es una versión póstuma, controlada por una fundación, dentro de veinte años, cuando yo lleve mucho tiempo muerto.

Hizo una pausa.

—Pero acepto. Lo acepto porque es lo único que va a obligar al oficio a evolucionar de verdad.

Y porque la fundación, durante veinte años, podrá publicar otras cosas que también importan, aunque no sean el libro de la red.

Y porque mi nombre, en el acta fundacional, va a obligar a esta asamblea a recordar, todos los años, que Severo Anllóns Vilas existió.

Y eso, en cierto modo, es más de lo que yo había soñado cuando empecé esto hace tres años.

Hubo un silencio.

Severo cogió un vaso de agua. Bebió un trago largo. Después continuó, en un tono más suave, casi reflexivo.