Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 15 · La asamblea de la red #2
81%

Capítulo 15 · La asamblea de la red #2

—Porque quería que la asamblea juzgara primero a Severo como traidor.

Y solo después como hombre. Pensaba que si se mezclaban las dos cosas desde el principio, la decisión iba a estar viciada por la compasión.

Severo me pidió esto el sábado. Y yo lo respeté.

Lo respeto ahora. La asamblea juzgará primero al traidor que ha hablado y, una vez decidido, considerará al hombre.

—Pero ya nos lo has dicho.

—Os he dicho lo justo. Para que la decisión que toméis sea proporcionada al tiempo real disponible.

No es lo mismo decidir una sanción para un canónigo de sesenta y cuatro años que tiene veinte por delante, que decidirla para un canónigo de sesenta y cuatro que tiene uno. La proporcionalidad importa.

Don Eladio asintió, sin replicar.

Manuel Ouro intervino.

—Severo ha hablado de una tercera opción. Aurea, ¿la tienes pensada?

Aurea miró a Fabián. Fabián, desde su sitio, asintió levemente con la cabeza.

—La tengo. La voy a presentar. La voy a defender. Pero quiero que la asamblea tome la decisión libremente, después de escucharla y de oír alternativas, si las hay.

—Adelante.

Aurea respiró un momento. Miró a los siete custodios uno a uno. Los siete le sostuvieron la mirada.

—Mi propuesta es la siguiente. La red compra el manuscrito de Severo y de Vogel por el precio que ellos pongan.

El dinero no va a Severo, ni a Vogel. Va a una fundación, creada esta misma semana en nombre de Severo Anllóns Vilas, dedicada a la divulgación rigurosa del patrimonio gallego.

La fundación, durante los próximos veinte años, financia proyectos de divulgación histórica seleccionados por un consejo académico independiente.

Y la fundación tiene una cláusula obligatoria, escrita en su acta fundacional, no negociable: dentro de exactamente veinte años, el manuscrito sobre la red podrá ser publicado por la fundación con el aval del consejo académico independiente.

Hizo una pausa.

—Eso significa, hermanos custodios, dos cosas.

Primero. Severo ya no publica. La asamblea consigue el resultado inmediato que necesita.

Segundo. Dentro de veinte años, el manuscrito se publica.

La asamblea cede el control a largo plazo.

Eso significa que tenemos veinte años, exactos, para reorganizar el oficio internamente, decidir cómo nos presentamos al mundo, y prepararnos para una apertura controlada cuando la publicación llegue.

El silencio duró más de lo que ninguno de los dos quiso.

Don Eladio Carballo tomó la palabra otra vez. Levantó una mano, despacio, no para pedir turno, sino para enmarcar lo que iba a decir.

—Aurea. Esto es una capitulación.

—No, padre. Es un pacto.

—Es ceder a la presión de un traidor.

—Es reconocer que el oficio no puede sobrevivir cien años más sin abrirse. Severo lo dice antes que nosotros. Pero todos lo sabemos, en el fondo. Llevo veinte años pensándolo. Fabián, treinta. Y lo sabéis vosotros también.

Don Eladio se inclinó un poco hacia delante.

—Aurea. Yo llevo cuarenta y dos años en esta red.

Soy el más viejo aquí, después de Fabián.

Y nunca, en cuarenta y dos años, he pensado que el oficio tuviera que abrirse.

Lo digo claro: no comparto esa premisa. El oficio funciona porque está cerrado.

Si lo abrimos, ya no es oficio. Es un departamento universitario más.

Y esos departamentos se mueren en cincuenta años, no en mil.

—Eladio —dijo Manuel Ouro, en tono conciliador—.

El oficio funciona porque está cerrado, sí, pero también porque sabe acomodarse a los tiempos cuando es necesario.

La red de Compostela ha cambiado tres veces en mil cien años: cuando se trasladaron los códices durante las incursiones normandas, cuando se reorganizó tras Almanzor, cuando se ocultó durante la desamortización.

Cada una de esas tres veces, alguien dijo: si cambiamos esto, dejaremos de ser red.

Y cada vez, el cambio mantuvo la red viva.

Ahora, con Severo, podemos estar ante el cuarto cambio. O ante el quinto. He perdido la cuenta.

—Manuel, el cambio no es lo mismo que la apertura. La red ha cambiado de formas, sí. Nunca ha cambiado de naturaleza. Lo que Aurea propone cambia la naturaleza. Convierte la red en algo que dentro de veinte años va a ser visible, citable, criticable. Eso, en mi opinión, no es la red.

Doña Mercedes Aldao habló por primera vez.

—Don Eladio. Con todo respeto. Yo entré en este oficio hace treinta y un años.

Lo hice porque Aurea me invitó. Antes de eso, había trabajado en la biblioteca catedralicia durante años, sin saber lo que había debajo.

Cuando Aurea me explicó lo que la red era, lo acepté con la condición que, en mi cabeza, no hice explícita: que la red, algún día, encontrara la manera de hacer compatible su silencio con el respeto a la verdad histórica.

Estaba dispuesta a guardar el secreto durante mi vida.

No estaba dispuesta a guardarlo más allá.

Esperaba que la red, en algún momento, encontrara su salida del silencio.

Lo de Severo, esta noche, me parece la primera oportunidad real que tenemos. No la voy a perder.

Don Eladio la miró un momento.

—Mercedes, eres más joven que yo.

—Por ocho años, sí. Que en esta mesa, don Eladio, no es una generación. Es un descuido.

—Y tu generación, perdóname si lo digo así, no tiene la responsabilidad histórica que tenemos los que entramos en el oficio antes del concilio.

Nosotros vimos la red durante los años más oscuros.

Vimos lo que pasaba cuando se filtraba algo.

Vimos a Ramiro Lobeira, el predecesor de Aurea, soportar la presión de mil novecientos sesenta y nueve, cuando casi se filtró el séptimo códice por una indiscreción de un colaborador externo.

Lo conjuró. Lo hizo a costa de un esfuerzo enorme.

Esa generación no querría una apertura, sea controlada o no.

—Y, sin embargo, hermanos —dijo Fabián, hablando por primera vez, con una voz baja que en aquella sala sonó con el peso particular que su edad y su jerarquía le daban—, esa generación, que es también la mía, no es la que tiene que decidir esta noche.

Yo tengo ochenta y tres años. Yo veo lo que veo desde mi posición.

Pero la red, después de mí, va a estar en manos de los que están aquí sentados.

Eladio, Manuel, Anselmo, Mercedes, Nicanor, Xurxo, Aurea.

Los siete. La decisión la tienen que tomar ellos.

No los que entramos hace medio siglo. Los que se van a quedar otros treinta años.

Nadie contestó.

Anselmo Pereira tomó la palabra. Tenía una voz baja, suave, que en cualquier otra reunión habría pasado desapercibida pero que en aquella sala, en aquel momento, hizo que todos se inclinaran un poco para escucharlo.

—Aurea. ¿Cuánto va a cobrar Severo personalmente?

—Cero. Esa es la condición. El dinero va a la fundación. Severo no recibe ni un euro. Lo único que recibe Severo es algo distinto.

—¿Qué?

—Recibe el privilegio de que, durante los meses que le quedan, sea él quien diseñe el consejo académico independiente. Quien proponga los miembros. Quien defina los criterios de selección. Será su legado.

—¿Y si Vogel quiere cobrar?

—A Vogel se le compensa aparte. La red tiene fondos suficientes. Pagaremos lo que pida.

Don Nicanor Suárez, hasta ese momento callado, intervino. Hablaba con una voz pausada, con las articulaciones precisas de un hombre acostumbrado a redactar actas y resoluciones.

—Aurea. La cantidad de fondos que vas a comprometer es considerable.

Hablamos, presumiblemente, de doscientos mil euros mínimo, más los emolumentos a Vogel, más la dotación inicial de la fundación.

Estamos hablando de una operación que, en total, podría rondar los trescientos cincuenta mil euros, repartidos entre el año que viene y el siguiente. ¿La red está en condiciones?

—Lo está. La caja del oficio compostelano tiene reservas de algo más de un millón de euros, acumuladas durante los últimos cuarenta años.

Ramiro Lobeira lo previó. El propio Severo, durante muchos años, contribuyó a mantener esa caja por si llegaba un caso extraordinario.

Este es ese caso. La caja sigue disponible.

—¿Lo aprueba Fabián?

Fabián levantó la cabeza.

—Lo apruebo. Lo he discutido con Aurea durante toda la mañana. Es la mejor opción que tenemos. No es perfecta. Pero es la única que respeta a Severo y respeta al oficio.

Don Nicanor asintió.

Don Eladio se reclinó en la silla. Cruzó los brazos.

Era la postura de un canónigo que, sin ceder del todo, empezaba a aceptar la posibilidad de no ganar la votación.

Adrián lo notó. Era el mismo gesto que Salvatierra hacía en Sevilla cuando el cabildo discutía algún asunto y él veía que su posición no iba a prevalecer.

Se hizo el silencio.

Aurea miró a Adrián.

—Adrián. Quería pedirte algo. Antes del voto.

Adrián levantó la vista.

—Sí.

—Tú vienes de fuera. Has estado esta tarde en Vilarpol.

Has visto a Morán. Has visto cómo la red trata a un traidor cuando la red puede hacerlo a su modo.

Y ahora estás viendo cómo la red está debatiendo qué hacer con otro traidor de modo distinto.

Te pido que digas, en la frase que tú elijas, qué piensas. La asamblea quiere oírte.

Adrián permaneció un instante callado.

Miró a los siete custodios. Miró a Fabián. Miró a Tareixa, junto a la pared. Miró a Clara.

Después habló, despacio, con la voz baja, intentando que cada palabra cayera con la pesadez exacta de lo que llevaba pensando todo el día.