Capítulo 15 · La asamblea de la red
Aurea les indicó dos sillas a su derecha, vacías.
Adrián y Clara se sentaron. Tareixa quedó de pie junto a la pared, no en la mesa.
Era la mestra cantareira, no parte de la asamblea formal.
Sería, esa noche, testigo, no juez. Llevaba la misma ropa del funeral, pero había dejado el pelo recogido como cuando estaba de servicio en el archivo, no como en el hospital.
Era una manera, sin decirlo, de marcar que la noche del miércoles era una noche de oficio, no de duelo.
Aurea esperó hasta que todos estuvieron quietos.
Después dio dos golpecitos suaves en la mesa con los nudillos.
Era el modo antiguo de abrir las asambleas del Cabildo, una costumbre que se había mantenido desde el siglo dieciocho cuando los canónigos se reunían bajo presidencia del deán y nadie hablaba hasta que el deán daba los dos golpes mínimos sobre la mesa.
—Buenas noches a todos.
Las voces bajas se apagaron. La sala quedó en silencio.
—Esta noche convoco asamblea extraordinaria de la red de Compostela.
Asisten siete custodios, en sus puestos.
Asisten tres invitados: Adrián Vega, custodio de la red de Sevilla, en condición itinerante.
Clara Bru, custodia de la red de Barcelona, en condición itinerante.
Tareixa Bouzas, mestra cantareira, en condición de testigo.
Y asiste también, por petición propia y con la autorización de esta asamblea, Severo Anllóns Vilas, sobre cuyo caso se va a deliberar.
Antes de empezar, quiero recordar a Xoán Ferro, hermano custodio de Compostela durante cuarenta y tres años, fallecido ayer, cuyo funeral hemos celebrado esta mañana.
Hubo un momento de silencio. Algunas cabezas se inclinaron levemente.
Aurea continuó.
—El procedimiento será el siguiente. Severo hablará primero.
Tendrá el tiempo que necesite. Cuando termine, saldrá de la sala.
La asamblea deliberará a puerta cerrada.
Cuando se llegue a una decisión, se le llamará para comunicársela.
Severo podrá entonces aceptar o rechazar lo que se decida.
Si la rechaza, la asamblea decidirá las consecuencias en una segunda fase de la sesión.
Adrián miró un momento a los demás canónigos.
A Aurea ya la conocía. A Fabián, también.
A Manuel Ouro y a Anselmo Pereira, los había visto en la cena de Severo.
Los otros tres se le presentaban por primera vez en aquella noche.
A la izquierda de Aurea, un hombre robusto, de unos setenta años, con barba blanca corta y mirada clara: don Eladio Carballo, canónigo del Cabildo desde mil novecientos ochenta y dos, con fama de ser el voto más conservador del oficio compostelano.
Junto a él, una mujer de unos sesenta y dos años, con el pelo gris recogido en un moño bajo, ojos atentos detrás de unas gafas de pasta oscura: doña Mercedes Aldao, bibliotecaria del Cabildo durante más de treinta años, custodia desde mil novecientos noventa y tres.
Frente a ella, un hombre alto, delgado, con gafas de lentes pequeñas y una expresión severa: don Nicanor Suárez, secretario del Cabildo, custodio desde principios de los dos mil.
Y, al lado de Nicanor, callado, con las manos grandes de quien ha trabajado con ellas y un traje que se ponía tres veces al año, un hombre de unos cincuenta y cinco: Xurxo Beade, maestro de obras de la fábrica de la Catedral, custodio desde el dos mil ocho, el único de los siete que no había pisado una universidad en su vida y el que, según le había dicho Tareixa a Adrián de pasada, más veces tenía razón.
Siete custodios en la mesa: Aurea, Manuel Ouro, Anselmo Pereira, Eladio Carballo, Mercedes Aldao, Nicanor Suárez, Xurxo Beade. Más Fabián, en la cabecera, como voz veterana sin voto formal pero con una autoridad que nadie en la sala iba a discutir.
—Cuando estés listo, Severo —dijo Aurea.
Severo levantó los ojos. Adrián notó que tenía la cara más blanca que la semana anterior.
Más estrecha. Las manos seguían cruzadas sobre la mesa, pero los nudillos estaban un poco apretados.
Llevaba un traje gris oscuro, de buena confección, con camisa blanca y corbata negra, una corbata que en cualquier otro contexto habría sido demasiado formal pero que, en aquella noche, después del funeral de la mañana, encajaba con la solemnidad del momento.
Habló sin papeles. La voz, al principio, pausada, sin vacilaciones. La misma voz cálida de la noche de la cena, esta vez modulada en otro registro, más institucional, más medido.
—Aurea. Fabián. Hermanos custodios. Adrián, Clara, Tareixa. Os agradezco a todos esta noche.
Bebió un sorbo de agua del vaso que tenía delante.
—No voy a hacer un discurso. No voy a defenderme. Voy a contaros lo que he hecho, por qué lo he hecho, y qué pretendía hacer. Después os toca a vosotros.
»Llevo desde hace tres años preparando un libro académico, en colaboración con el profesor Hans Vogel, paleógrafo de la Universidad Libre de Berlín, que documenta la existencia histórica de la red custodia compostelana, sus orígenes en la Iona del siglo nueve, su consolidación durante los siglos doce y trece a través del taller del Maestro Mateo y de la mestra cantareira Aldonza de Lestedo, y su pervivencia hasta nuestros días.
Para preparar ese libro, he extraído del archivo del Cabildo doce páginas del cuaderno personal del Maestro Mateo, las he fotografiado para Vogel, y he conservado yo mismo los originales en mi casa.
Ese material está actualmente en mi estudio.
Podría devolverlo esta misma noche, si la asamblea lo solicita.
Don Eladio Carballo levantó levemente las cejas, sin interrumpir.
—El libro está completado en un noventa por ciento.
La parte que falta es la conclusión, donde no he decidido aún qué tono adoptar.
Tengo borradores de tres conclusiones distintas.
La más dura: una denuncia abierta del oficio como anacronismo institucional.
La más matizada: una valoración histórica sin juicio moral.
La intermedia: una invitación al oficio a abrirse al mundo académico, escrita en términos respetuosos.
»Mi intención original era publicarlo el verano que viene, después del congreso de paleografía de Múnich, donde Vogel iba a presentarlo como ponencia.
Si lo publicamos juntos, en una editorial académica seria, el libro tendría un impacto considerable en los círculos de historia eclesiástica europea.
No sería un libro de masas. Pero sería un libro citado.
Y, una vez citado, ya no se podría ignorar.
»¿Por qué lo hago? Lo expliqué a Aurea el sábado por la noche.
Tengo cáncer. Me queda un año, según los oncólogos.
Puede que menos. He decidido pasar los meses que me queden haciendo, por una vez en cuarenta años, algo en lo que creo.
Y creo, profundamente, que una red como la nuestra no puede sobrevivir mil quinientos años más en su forma actual.
Que las sociedades del siglo veintiuno no toleran ya las custodias institucionales en silencio.
Que una de dos cosas va a pasar en los próximos cincuenta años: o el oficio se abre y evoluciona, o el oficio se descubre y se desprestigia.
Si se abre y evoluciona, será reconocido por lo que es: una tradición histórica con valor patrimonial.
Si se descubre, será visto como una conjura eclesiástica.
Y eso, hermanos custodios, sería el final de todo lo que hemos defendido durante mil años.
Hizo una pausa larga. Bebió otro sorbo de agua. Doña Mercedes Aldao, frente a él, lo miraba con una atención profunda, sin intervenir, las manos quietas sobre la mesa.
—Aurea me ofreció el sábado dos opciones.
Las rechacé las dos por las razones que ella ya os habrá contado.
Sigo creyendo que ninguna era aceptable en su forma original.
Sin embargo, he venido aquí esta noche porque creo en este oficio.
Lleva en mí cuarenta años y no me lo voy a quitar de encima por una decisión personal.
Y porque le debo respeto a esta asamblea.
Y porque, después de hablar con Aurea, he empezado a pensar si no habrá una tercera opción, una que ninguno de los dos habíamos considerado aún.
Severo levantó la vista, miró a Aurea.
—Si hay una tercera opción, escucharé. Y la consideraré con la honestidad que esta asamblea merece. Es lo que puedo prometer esta noche.
Volvió a bajar la vista.
—He terminado.
Hubo un silencio largo.
Aurea tardó en hablar. Cuando lo hizo, su voz era la misma de siempre, pausada, contenida.
—Severo. Gracias. Sal ahora. La asamblea va a deliberar.
Severo se levantó. Inclinó la cabeza hacia los siete custodios, después hacia Fabián, después hacia Adrián y Clara, después hacia Tareixa. Después salió. Tareixa cerró la puerta detrás de él.
Aurea miró a la asamblea.
—Hermanos. Antes de pasar a la deliberación, hay una cosa que tenéis que saber. La he hablado solo con Fabián, hasta ahora. Severo me dio permiso esta tarde, por teléfono, para contarla aquí.
Hizo una pausa.
—Severo tiene cáncer de páncreas. Lo lleva desde junio. Se lo ha confirmado un oncólogo de Vigo. Tiene un año, con suerte. Año y medio como mucho. La asamblea, al deliberar, debe tener en cuenta este hecho. No para ablandar la decisión, sino para que la decisión sea coherente con la realidad.
Hubo un silencio.
Don Eladio Carballo fue el primero en hablar. Su voz, grave, pausada, tenía la entonación de los canónigos rurales gallegos del interior, distinta de la urbana de Aurea o Severo.
—Aurea. ¿Por qué no nos lo dice antes?