Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 14 · La parroquia de Vilarpol #3
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Capítulo 14 · La parroquia de Vilarpol #3

—Hoy ha sido un día muy largo. Empezamos en el hospital y vamos a terminar en una asamblea. Y tú, durante todo el día, has hecho lo que tenías que hacer sin desplomarte. Quería que lo supieras.

Adrián no respondió. Conducía sin apartar la vista de la carretera.

Cuando llegaron a la altura de Arzúa, paró un momento en una estación de servicio, no para repostar, sino para estirar las piernas dos minutos.

Bajaron del coche. La estación estaba casi vacía.

Un camionero comía un bocadillo dentro de su camión, con la cabina iluminada.

Una mujer de la limpieza pasaba un trapo por las máquinas de café del exterior.

Adrián se acercó a una de las máquinas. Pidió un café americano. Le dio uno a Clara también. Bebieron de pie, junto al coche, en silencio. Hacía frío. El café estaba demasiado caliente al principio y se enfrió rápido.

—¿Cuántos minutos?

—Tres.

—Tres minutos.

Volvieron al coche. Adrián arrancó. Siguieron hacia Compostela.

Hacia las siete y media estaban entrando otra vez en Santiago. Adrián aparcó el coche en el sitio donde lo había recogido. Subieron al Hostal. Tenían una hora y media hasta la asamblea.

Adrián se duchó. Se vistió con una camisa limpia y un jersey gris oscuro.

Se peinó con cuidado, una cosa que no hacía casi nunca.

Clara también se cambió, eligió una blusa color crema y un pantalón negro, se recogió el pelo en un moño bajo.

Se encontraron en el pasillo, frente a las dos puertas, sin haberlo acordado.

—Estás guapa.

—Tú también.

A las ocho y media bajaron al vestíbulo. El conserje les indicó la dirección sin preguntar.

—Rúa da Conga, número doce. La señorita Bouzas los espera en el portal.

—Gracias.

Salieron. La noche compostelana era fría y limpia. Había dejado de llover. En el cielo, entre nubes, se veía alguna estrella, lejana, con la nitidez particular de los cielos del norte cuando se abre un hueco breve entre las nubes.

Caminaron hacia la Rúa da Conga en silencio.

Cuando llegaron, Tareixa los esperaba en el portal, con un abrigo largo y un paraguas plegado en la mano.

Llevaba el pelo todavía recogido como en el funeral, sin maquillaje, con los ojos enrojecidos por el cansancio acumulado de los últimos días.

Pero estaba erguida. Había logrado, en algún momento de la tarde, juntar el ánimo suficiente para presentarse a la asamblea sin temblor.

—Subid. Tercer piso. Es la sala de la fundación parroquial. Se usa para reuniones del Cabildo. Esta noche la usamos nosotros.

Adrián miró el portal. Era un edificio de granito antiguo, con puerta de madera oscura. Una placa pequeña indicaba Fundación de la Parroquia de San Bieito .

—¿Todos los demás están ya?

—Todos. Solo faltáis vosotros. Y Severo.

Clara levantó la vista.

—¿Severo?

—Sí. Aurea le ha pedido que asista. Y ha aceptado.

Adrián se quedó un momento parado.

—¿Va a estar Severo en la asamblea?

—Sí. Por petición expresa de Aurea. Y con el acuerdo de Fabián. Severo va a hablar antes que nadie. Va a contar él mismo lo que ha hecho. Y lo que pretende. Y por qué.

—¿Y después?

—Después la asamblea decide. Severo se va y vuelve cuando se le llame.

Adrián miró a Clara. Clara le sostuvo la mirada.

—Vamos —dijo Adrián.

Subieron las escaleras. En el rellano del tercer piso, una puerta entornada dejaba entrever una sala iluminada con luz cálida. Se oían voces bajas dentro.

Tareixa empujó la puerta.

—Aurea. Ya están aquí.

Adrián cruzó el umbral.

La sala era amplia, de techo alto, con vigas oscuras de madera.

Una larga mesa de roble en el centro, con doce sillas.

Sobre la mesa, una jarra de agua, vasos, varias carpetas de cartón.

En las paredes, retratos antiguos de canónigos compostelanos del siglo dieciocho, hombres severos con sotanas negras y el ceño fruncido, mirando hacia abajo desde sus marcos dorados con una severidad que aquella noche hacía juego con la atmósfera de la sala.

Sentados a la mesa estaban Aurea, Fabián, el padre Manuel Ouro, Anselmo Pereira, y otros cuatro a los que Adrián no conocía pero a los que reconocía por la postura: tres hombres y una mujer, todos con esa mirada particular de los del oficio cuando se reúnen.

Y, al fondo de la mesa, en la cabecera opuesta a Aurea, sentado solo, con las manos cruzadas sobre la mesa, estaba Severo Anllóns.

Cuando Adrián cruzó el umbral, Severo levantó los ojos.

Lo miró un momento.

Después inclinó la cabeza, una vez, igual que Morán había hecho aquella tarde en la iglesia de Vilarpol.

Adrián, sin pensarlo, inclinó la cabeza también.

Y aquel gesto pequeño, repetido en dos lugares distintos en una misma tarde, le pareció, mientras se sentaba en la silla que Aurea le indicaba, la cosa más exacta que había sucedido en todo el día.

Dos hombres separados por mil consideraciones, en dos puntos distintos del mapa de Galicia, le habían inclinado la cabeza en silencio aquella tarde. Y en los dos casos, sin saberlo ninguno de los dos, con el mismo significado: te he visto, y lo que vas a hacer, lo respeto.