Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 14 · La parroquia de Vilarpol #2
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Capítulo 14 · La parroquia de Vilarpol #2

Adrián, escuchando la homilía, pensó, sin querer, que aquellos dos minutos de homilía estaban escritos para ellos, no para las tres ancianas.

Morán había improvisado, en el momento de verlos, una pequeña reflexión sobre quienes habían vivido en sitios grandes y volvían a sitios pequeños.

Era un mensaje. Era un mensaje para Adrián.

Era una manera, sin saludo, sin gesto, sin acercamiento, de decirle: te he visto, sé por qué estás aquí, y te voy a dar mi versión sin pedirte que la escuches.

Adrián escuchó la homilía hasta el final.

Durante la consagración, Morán levantó la hostia con las dos manos, y por encima del cáliz miró un instante hacia el fondo. Adrián sintió la mirada. La sostuvo.

Morán siguió.

La misa terminó a las cuatro y veinticinco.

Las tres ancianas se persignaron, se levantaron sin acelerar, se acercaron a la pila del agua bendita y salieron en silencio por la puerta lateral, no por la principal.

Una de ellas, la del bastón, tardó en pasar entre los bancos.

Se apoyó en el respaldo del banco que estaba junto al de Adrián.

Lo miró un momento. Pero solo era una mirada de pueblo, una mirada de mujer mayor que ve a un desconocido en la iglesia, sin más curiosidad que esa.

Le hizo un pequeño gesto con la cabeza. Adrián le devolvió el gesto. La mujer salió.

Cuando la última anciana salió, Morán quedó solo en el altar, recogiendo los objetos de la celebración, las vinajeras, el cáliz, el corporal.

Sus movimientos eran pausados, sin teatralidad, los movimientos de un sacerdote que ha hecho la misma operación quinientas veces y ya no piensa en ella.

Plegó el corporal con cuidado, lo metió en su funda, lo colocó dentro del cáliz, lo cubrió con la palia.

Cerró el sagrario con la pequeña llave que llevaba en una cadenita al cuello. Bajó del altar.

Adrián miró a Clara. Ella, casi imperceptiblemente, hizo un gesto con la cabeza.

Adrián se levantó.

No se acercó al altar. Se quedó de pie, junto al banco. Esperando.

Morán terminó de recoger. Cogió el cáliz, ya cubierto. Lo llevó hacia la sacristía. Antes de cruzar la puerta, se detuvo. Se volvió.

Miró a Adrián.

Estuvieron así, mirándose desde los dos extremos de la nave, durante varios segundos.

Diez metros entre ellos. Quizá doce. Adrián, durante esos segundos, vio en la cara de Morán algo que no había visto nunca en sus tiempos de Sevilla.

Una serenidad seca. No paz, exactamente.

Tampoco resignación. Algo intermedio. Una asunción.

El saber del que ha aceptado una condena justa y que, por esa aceptación, ha recuperado un grado pequeño de la dignidad que la propia condena le había quitado.

Morán inclinó levemente la cabeza. Una inclinación pequeña, casi imperceptible. Un saludo. O un reconocimiento. O ambas cosas.

Adrián inclinó la cabeza también, una vez.

Morán volvió a girarse y entró en la sacristía. La puerta se cerró sola detrás de él, con su peso, sin ruido.

Adrián se quedó un momento más en pie. Después volvió a sentarse en el banco, junto a Clara.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó ella, en voz muy baja.

Adrián se quedó un momento mirando hacia el altar vacío.

—Nada. Ya he hecho lo que tenía que hacer.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Esperaron un par de minutos más, sentados, en silencio.

La iglesia, con las velas del altar todavía encendidas pero ya solos, parecía aún más pequeña, aún más fría.

Adrián escuchó, desde la sacristía, un pequeño ruido: el de Morán cerrando un armario pequeño, donde probablemente guardaba los objetos litúrgicos.

Después, otro: el de una silla arrastrándose levemente. Después, silencio.

Adrián se levantó. Mojó los dedos en la pila de agua bendita, se persignó. Clara, sin mojarlos, hizo el gesto a su lado.

Salieron al atrio.

Llovía aún más despacio que cuando habían entrado. Casi solo humedad suspendida.

Caminaron hasta el coche. Adrián se detuvo parado junto a la puerta del conductor, mirando hacia la sacristía.

La luz dentro estaba encendida. Se veía moverse una sombra al otro lado de la ventana.

Probablemente Morán, ya sin casulla, recogiendo los últimos detalles antes de cerrar la iglesia y volver a su casa, una pequeña casa parroquial detrás de la iglesia que Adrián vio entonces por primera vez, separada del cementerio por un muro bajo de piedra: una construcción modesta, de una sola planta, con tejado de pizarra y un huerto pequeño detrás del que asomaba un nogal sin hojas.

Adrián abrió la puerta. Se metió en el coche.

Clara también. Adrián arrancó. Salió de la explanada sin prisa, despacio.

Se incorporó a la carretera principal del pueblo.

Pasó otra vez por delante del bar, del colmado, del cuartel.

El hombre que fumaba bajo el toldo del bar seguía allí.

Le vio salir, no le saludó, no le miró tampoco.

Era la mirada neutral de los pueblos pequeños cuando pasan coches con matrícula de fuera.

Cuando ya estaban saliendo de Vilarpol, Adrián habló.

—No quería que me hablara.

—¿Por eso te quedaste de pie sin acercarte?

—Sí.

—¿Crees que él lo entendió?

—Lo entendió. Por eso inclinó la cabeza.

—¿Estás bien?

Adrián no respondió enseguida. Conducía sin prisa, mirando la carretera secundaria que bajaba hacia el valle.

—Estoy bien. Pero acabo de entender una cosa.

—¿Qué?

—Que la red, cuando hace lo que hace con un traidor, no le quita la dignidad. Le quita el ruido. Pero la dignidad no.

Clara asintió.

—Sí.

—Morán no es un derrotado. Es un hombre que dice misa los miércoles para tres ancianas, y la dice bien, y respeta el silencio del oficio. Lleva catorce meses haciéndolo. Probablemente lleve quince años más, si su cuerpo aguanta. Y nunca va a romper el acuerdo.

—No.

—Y la homilía de hoy.

—¿La has notado?

—La he notado. La improvisó cuando nos vio.

Estaba escrita para mí. Para que yo entendiera, sin gestos, sin palabras directas, que la condena la asume, que ha encontrado una vida en este sitio pequeño, que el Adviento le ha enseñado algo.

No me lo iba a decir directamente. Pero me lo ha dicho a través de las tres ancianas que le escuchan cada miércoles. Es una manera muy particular de hablar.

—Es la manera del oficio.

—Es la manera del oficio.

—Adrián. ¿Te das cuenta de que él, en cierto modo, también es ya un custodio?

Adrián se tomó su tiempo.

—¿Custodio de qué?

—De su propio silencio. Lo custodia con cuidado. Cada miércoles. Cada domingo. Sabe lo que sabe y sabe que no se puede contar. Y custodia ese silencio durante catorce meses ya. La red lo apartó como traidor, sí. Pero el oficio, sin querer, ha vuelto a entrar en él. Por la rendija del castigo.

—No había pensado en eso.

—Yo, mientras él hablaba, sí. Hay algo en su manera de oficiar que ya no es solo de un párroco rural.

Es la manera de alguien que sabe lo que está custodiando aunque ya no lo nombra.

Es lo que la red, sin proponérselo, ha conseguido al desterrarlo aquí.

No solo lo apartó. Lo devolvió, en cierto modo, al oficio en silencio. Que es lo que él había roto en Sevilla.

Adrián se quedó pensando. Conducía con calma. La carretera secundaria desembocaba ya en la nacional. La señalización indicaba Castro de Rei a tres kilómetros.

—Clara, eso significa que la red tiene formas de redimir que ni la propia red conoce del todo.

—Eso significa.

—Y eso, esta tarde, lo necesitaba ver.

Clara le puso la mano en el muslo, brevemente.

—Por eso te lo pidió Aurea.

Adrián condujo un par de kilómetros sin decir nada.

—Lo que la red haga con Severo esta noche tiene que ser algo equivalente.

No igual. Equivalente. Justo y respetuoso.

Pero no puede ser un castigo cualquiera.

Severo no es Morán. Pero la red tampoco es ya la red de hace catorce meses.

Hemos aprendido cosas. Tú esta tarde. Ellos durante los meses anteriores.

La asamblea de esta noche no puede ser solo una decisión.

Tiene que ser una decisión que la propia red asuma, después, durante años, como una decisión propia.

—Lo sé.

Salieron de la sierra de Lugo. Pasaron Castro de Rei.

Pasaron Lugo. Volvieron a la autovía. La tarde se fue cerrando despacio, mientras la luz de invierno se hundía detrás de los montes.

La lluvia, fina, no cesaba. Los faros de los coches que venían de frente iluminaban brevemente el interior del Renault y volvían a dejarlo en penumbra.

—Adrián.

—Dime.

—¿Has pensado lo que vas a decir si Aurea te pide hablar en la asamblea?

—Lo he ido pensando durante todo el día. Desde el funeral. He pensado más de una versión.

—¿Cuál te has decidido a decir?

—Aún no lo sé. Voy a improvisar al final. Lo que sí sé es lo que he visto hoy. Y lo que hemos visto entre los dos esta semana. Lo que diga, va a salir de eso.

—Yo, Adrián, no voy a decir mucho. Si me preguntan, diré poco.

—¿Por qué?

—Porque tú eres el que se queda. Yo me voy. Y quien se queda es el que tiene que articular la decisión, no quien se va.

Adrián la miró un momento.

—No has dicho que te vas. Lo has dicho como si lo hubiera dicho.

Clara sonrió levemente.

—Adrián. Llevamos seis días sabiendo que me voy. No hace falta que lo diga.

—No.

Ninguno de los dos habló.

—¿Cuándo me lo vas a decir, oficialmente?

—Después del solsticio. En Finisterre.

—¿En Finisterre?

—Quiero ir, después del solsticio, a Finisterre. Sola contigo. Y allí te lo voy a decir entero.

—De acuerdo.

—Adrián.

—Dime.