Capítulo 14 · La parroquia de Vilarpol
Adrián condujo. Salieron de Santiago a las dos y media de la tarde, después del almuerzo rápido en la venta de la salida de la autovía, una venta de carretera con manteles de plástico, comida casera barata y un televisor encendido en una esquina pasando las noticias de mediodía sin que nadie las mirase.
Habían comido sin apetito un plato combinado de carne con patatas.
Adrián había pagado. Habían vuelto al coche, el Renault gris que la red había dispuesto para ellos —el mismo con el que Tareixa los había recogido el primer día en la estación—, y Adrián había arrancado.
Clara iba callada en el asiento del copiloto, mirando los montes pelados que rodeaban la carretera. Llevaba el abrigo desabrochado, las manos entrelazadas sobre el regazo, la cabeza apoyada un momento en la ventanilla cuando los tramos eran rectos.
—¿Estás bien? —preguntó Adrián, después de un rato.
—Lo estoy. Solo cansada.
—Sí.
—Adrián.
—Dime.
—Lo que vamos a hacer en Vilarpol no es para Morán. Es para nosotros.
Adrián la miró un momento.
—Lo sé.
—Aurea no nos manda allí porque Morán necesite ser visitado.
Morán no necesita nada. Lleva catorce meses haciendo su vida sin necesitarnos.
Aurea nos manda allí porque tú tienes que ver, antes de la asamblea de esta noche, lo que la red hace con sus traidores.
Y porque, después de hoy, vas a ser un custodio compostelano.
Y los custodios compostelanos, según parece, deben haber visto a su anterior traidor por lo menos una vez, aunque sea sin acercarse, para entender qué tipo de oficio van a ejercer.
—Sí. Yo también lo entiendo así.
—Y aún así me cuesta.
—¿Por qué?
Clara se enderezó un poco en el asiento.
—Porque vamos a ver a un hombre al que la red ha apartado del mundo. Y a verlo desde lejos. Sin saludarlo. Sin reconocerlo. Como si fuéramos turistas de su derrota.
Adrián tardó en responder.
—Aurea no nos pide que seamos turistas. Nos pide que seamos testigos.
—Es la misma palabra usada de dos maneras distintas. Pero el sitio que ocupamos en la iglesia es el mismo en los dos casos.
—Sí.
—Pero iremos.
—Iremos.
Pasaron Melide. Pasaron Palas de Rei, donde el campanario barroco de la iglesia parroquial asomaba sobre el caserío oscurecido por la lluvia.
Pasaron Lugo, sin entrar en la ciudad, por la ronda exterior, con las murallas romanas visibles a lo lejos durante un par de minutos antes de que la carretera las dejara atrás.
Después tomaron la N-VI hacia Castro de Rei y, ya cerca, se desviaron por una carretera secundaria que subía hacia la sierra.
La carretera secundaria era estrecha, mal asfaltada, con curvas cerradas que obligaban a Adrián a frenar con cuidado.
Pasaron junto a granjas pequeñas, cobertizos de piedra con tejados de pizarra a punto de hundirse, dos cruceros viejos en encrucijadas distintas, un horreo abandonado en mitad de un campo.
La sierra se cerró sobre ellos: montes bajos cubiertos de pinares y de matorral, y, en los claros, prados con dos o tres vacas mojándose bajo la lluvia.
Vilarpol estaba al final.
Era un pueblo pequeño. Cuarenta o cincuenta casas dispersas en un valle, con tejados de pizarra y huertas detrás.
La carretera principal cruzaba el pueblo en dos minutos.
Una panadería. Un bar. Un colmado. Un cuartel pequeño de la Guardia Civil.
Y, en una pequeña elevación a las afueras, la iglesia.
Adrián la vio desde el coche, antes de llegar al núcleo del pueblo, asomando entre los pinos: una iglesia de planta sencilla, piedra desnuda, con una espadaña de dos campanas que se recortaba contra el cielo gris.
Eran las cuatro menos cuarto cuando llegaron.
La calle principal estaba casi vacía. Una mujer mayor pasaba con dos bolsas de la compra, pasos cortos, abrigo negro, pañuelo en la cabeza, mirando al suelo.
Un hombre, también mayor, fumaba en la puerta del bar bajo un pequeño toldo que filtraba la lluvia.
Una niña pequeña, agarrada a la mano de su madre, asomaba la cara desde un portal.
Tres perros sin dueño olfateaban entre los contenedores junto al colmado.
Adrián aparcó el coche en una explanada de tierra junto al atrio de la iglesia.
Había otro coche aparcado, un Opel granate muy viejo, con una pegatina del Camino de Santiago en el cristal trasero, del que Adrián supuso que era de alguna de las feligresas.
La iglesia, vista de cerca, era todavía más sencilla de lo que parecía desde lejos: planta única, muros de granito sin enfoscar, atrio cubierto con tejado de pizarra.
La rodeaba un pequeño cementerio con cruces de hierro y algunas tumbas más antiguas, de losas oscuras, con apellidos repetidos: López, Rodríguez, Pereira, Carballo.
Algunos nombres del siglo diecinueve. Otros de la posguerra.
—¿Entras? —preguntó Clara.
—Entro.
—¿Quieres que entre yo?
Adrián tardó un momento.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Sí. Solo no puedo. Tu presencia me ayuda.
Bajaron del coche. La iglesia tenía la puerta entornada. Antes de empujarla, Adrián miró a Clara.
—Si Morán nos ve, nos ve. No vamos a saludarlo. No vamos a hablarle.
—De acuerdo.
—Si nos pregunta algo, le dices que estamos de paso. Que venimos de Lugo. Que entramos por curiosidad.
—De acuerdo.
—Y, sobre todo, no menciones nunca a Aurea. Ni a Salvatierra. Ni a Mercè. Ni el oficio. Ni a Sevilla. Si hace alguna pregunta directa sobre Sevilla, te haces la sorprendida y le dices que tú no eres de Sevilla, que eres de Barcelona y estás visitando.
—Adrián. Está claro.
—Disculpa. Estoy nervioso.
—Lo entiendo. Yo también lo estoy.
Adrián empujó la puerta.
El interior de la iglesia era oscuro y olía a humedad antigua, a cera, a piedra fría.
La nave única, sin pretensiones, tenía cuatro o cinco bancos de madera a cada lado del pasillo central.
Un altar mayor sencillo, de madera pintada en algún tiempo y descolorida ahora hasta el gris claro, con una imagen modesta del Cristo crucificado del siglo diecisiete y dos candelabros antiguos.
En las paredes laterales, dos imágenes de santos sin pretensiones, populares: una de la Virgen del Carmen con su escapulario, otra de san Antonio con el Niño Jesús sobre un libro abierto.
Un pequeño confesionario de madera oscura en la pared izquierda, con la cortina granate descolorida.
Una pila bautismal, del siglo dieciséis, con cuenco de granito esculpido modestamente.
En los bancos, junto al altar, había tres mujeres mayores.
Las tres con pañuelos en la cabeza, las tres con abrigos oscuros, las tres sentadas casi en línea.
Una de ellas tenía un bastón apoyado en el banco.
Otra rezaba con un rosario, en voz muy baja, las cuentas de madera oscura corriendo despacio entre sus dedos.
La tercera, la más joven de las tres —tendría unos setenta años—, tenía un misal pequeño abierto sobre el regazo y leía en silencio.
Adrián y Clara se sentaron en el último banco, al fondo, junto a la puerta. Adrián se sentó del lado del pasillo. Clara, contra la pared. La iglesia estaba fría. Adrián notó el frío de la madera del banco a través del pantalón.
A las cuatro en punto, exactas, se abrió la puerta de la sacristía y salió un sacerdote con casulla morada de Adviento.
Era Morán.
Adrián lo reconoció de inmediato.
Y, casi al mismo tiempo, se dio cuenta de que Morán estaba más viejo de lo que esperaba.
Mucho más. Catorce meses en una parroquia rural pueden envejecer a un hombre lo que tres años en una catedral.
Tenía los hombros más caídos. La cara más estrecha, los pómulos más marcados, una palidez que no era de la luz sino del cuerpo.
El pelo, antes negro y peinado con cuidado, era ahora gris, mal cortado, demasiado corto en los lados, demasiado largo en la coronilla, como si se lo hubiera cortado él mismo o alguien sin oficio.
La casulla le quedaba un poco grande, holgada en los hombros, como si Morán hubiera adelgazado desde que se la entregaron al llegar a Vilarpol y nadie hubiera tenido la atención de ajustársela.
Pero los ojos eran los mismos.
Morán avanzó hacia el altar sin mirar a la nave. Hizo la genuflexión con la rigidez de un sacerdote viejo que ya no se arrodilla del todo. Se levantó. Empezó la misa de los miércoles de Adviento con la fórmula habitual.
—En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
—Amén —contestaron las tres ancianas, con voz cansada, en gallego.
Adrián, sin querer, se persignó. Clara, después, también.
A los pocos minutos, Morán levantó la vista de los textos litúrgicos para hacer la primera lectura. Y entonces los vio.
Adrián y Clara, sentados en el último banco. Quietos.
Morán se quedó un instante callado. Solo un instante.
Tan breve que las tres ancianas no lo notaron.
Pero Adrián sí lo notó. Y Clara también.
Fue una pausa de una respiración, no más, una pausa que Morán recuperó retomando la lectura sin tropiezo, sin vacilación, con la voz pausada de quien lleva treinta años leyendo en voz alta y sabe enmascarar la sorpresa.
Adrián observó. Morán no volvió a mirar hacia el fondo durante toda la lectura.
Ni durante el evangelio. Ni durante la homilía, que fue brevísima, sin lecturas adicionales: una breve reflexión sobre la espera del Adviento, sobre la importancia del silencio interior en los días previos a la Navidad, sobre la pequeñez aparente del nacimiento del Niño en un pesebre y lo que esa pequeñez aparente podía enseñar a quienes habían vivido en sitios grandes y volvían a sitios pequeños.
Las tres ancianas escucharon asintiendo con la cabeza, sin parecer entender del todo, pero con la atención respetuosa de quienes han escuchado a Morán cada miércoles durante catorce meses y han aprendido a seguir el ritmo de su voz aunque el contenido se les escape.