Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 13 · La muerte de Xoán #3
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Capítulo 13 · La muerte de Xoán #3

—Hoy. Tienes tiempo. Hay hora y media larga en coche, hora y media larga de vuelta, y la misa de Morán de los miércoles es a las cuatro de la tarde.

Eso lo confirmé esta mañana con la diócesis de Lugo.

Salís ahora del cementerio, coméis algo rápido en la carretera, os ponéis en marcha a las dos, estáis allí a las cuatro menos cuarto, asistís a la misa, salís, y a las siete y media estáis de vuelta en Compostela.

Os sobra hora y media para ducharos y llegar a la asamblea sin ir corriendo.

—Aurea, ¿por qué hoy?

Aurea se detuvo. Le miró un momento. Tenía la cara más calma de los últimos días. La paz extraña de quien acaba de enterrar a un amigo y, paradójicamente, ya no tiene miedo de las próximas decisiones porque la peor de todas, la pérdida, ya ha ocurrido y la ha sobrevivido.

—Porque necesitas haberlo visto antes de votar esta noche.

—No tengo voto.

—No de derecho. Pero la asamblea va a tener en cuenta lo que tú digas.

Y para que digas con autoridad, tienes que haber visto las dos formas que la red tiene de tratar a sus traidores.

La forma de Morán. Y la forma que vamos a inventar esta noche para Severo.

Si ves solo una, hablarás como un invitado. Si ves las dos, hablarás como custodio.

Adrián tardó en hablar.

—¿Has hablado de esto con Fabián?

—Lo decidimos juntos hace una hora, durante la misa. Cuando vi que faltaba Severo, supe que era el momento.

Adrián miró a Clara. Clara asintió sin decir nada.

—Iremos.

Aurea le tendió un papel pequeño, escrito a mano. Una dirección. Una hora. Una pequeña indicación al lado:

Vilarpol, Lugo. Misa ferial, miércoles a las cuatro. Salida 14:00. Llegada estimada 15:45. Salida estimada 16:45. Vuelta a Compostela: estimada 19:30.

—El coche está aparcado donde el otro día. Las llaves en el contacto.

Y se fue, con Tareixa del brazo, hacia la salida del cementerio, mientras la niebla baja se levantaba despacio sobre las cruces de granito y los pinos del cementerio compostelano.

Fabián las siguió a un paso. Manuel Ouro y Anselmo Pereira se quedaron unos minutos más en la fosa, en silencio.

Los siete custodios anónimos se fueron dispersando en pequeños grupos hacia la salida.

Adrián y Clara se quedaron un momento más en el lugar.

Adrián miró la lápida sencilla que llevaba el nombre del padre de Xoán y, debajo, un espacio en blanco que pronto llevaría también el de Xoán.

La hermana muerta en mil novecientos treinta y nueve estaba en una losa pequeña, casi a ras de suelo, con un nombre que Adrián no llegó a leer entero.

—Adrián —dijo Clara—. ¿Te encuentras bien?

—Sí. Estoy bien. Solo estoy pensando una cosa.

—¿Qué?

—Que la última frase de Xoán fue Cantai, miñas pegas.

Cantai . Pegas es urracas en gallego. Y la voz de la cantareira siempre fue, según el cuaderno de Mateo, la de las pegas.

Las urracas. Xoán se ha ido pidiéndoles a las cantareiras —a Aldonza, a Tareixa, a la siguiente que vendrá— que canten.

Que sigan cantando. Que el oficio no se interrumpa.

Clara le cogió la mano.

—Vamos. Si paramos a comer rápido, en la carretera, llegamos a Vilarpol a tiempo.

Adrián asintió.

Caminaron hacia la salida del cementerio.

Pasaron junto al sobrino lejano de Xoán, que estaba parado a unos metros, mirando hacia un par de tumbas más antiguas, con una mano en el bolsillo del abrigo y la otra ajustándose el cuello.

No dijeron nada. El sobrino tampoco. Era un hombre con cara de funcionario, con el pelo casi blanco, que probablemente no había visto a Xoán en décadas y que había venido al funeral solo por obligación familiar lejana.

Adrián pensó, sin querer, que aquel hombre era todo lo que quedaba de la familia natural de Xoán Ferro.

Y que la familia verdadera del campanero ciego —la que llevaba luto esa mañana sobre sus tumbas y la que iba a llevar luto durante meses— estaba, en su mayor parte, formada por personas con las que el sobrino no había compartido nunca un apellido.

Salieron del cementerio. Cogieron el coche.

Comieron rápido en una venta junto a la salida de Santiago, en la autovía hacia Lugo, dos platos combinados y una botella de agua.

A las dos y media estaban en la carretera.

La niebla se había levantado del cementerio, sí, pero seguía instalada en las primeras estribaciones de la sierra de Lugo, baja, gris, perdida entre los eucaliptos.

Y mientras conducía, con Clara callada en el asiento del copiloto, Adrián pensó en Xoán.

En la última frase. En la llave, ahora otra vez en su bolsillo, que el campanero ciego le había entregado seis días antes en una casa de la ciudad vieja.

En el solsticio, que era el sábado siguiente.

En todo lo que iba a ocurrir entre el momento presente y la noche del veintiuno de diciembre.

Y pensó, también, sin poder evitarlo, en una cosa.

En que una de las cosas que él más iba a echar de menos, en los meses y años que venían, era no haber podido oír cantar a Xoán Ferro alguna vez en su vida.

El campanero ciego no cantaba —era cosa de las cantareiras, no de los campaneros—, pero Adrián tenía, sin saber por qué, la certeza pequeña de que Xoán, en algún momento de su juventud, había cantado para sí mismo, en una plaza vacía o en un rincón de la torre de la Catedral, alguna melodía gallega antigua.

Y de que, si lo hubiera oído, habría reconocido en aquella voz, ya entonces, lo que después se le había concentrado en la mano, en la cuerda de las campanas, y en la cabeza de hierro tallada en espiral de la llave que ahora descansaba en el bolsillo interior de la chaqueta de Adrián.