Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 13 · La muerte de Xoán #2
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Capítulo 13 · La muerte de Xoán #2

—Aurea me lo contó el sábado por la mañana. Vino a verme antes de salir hacia casa de Severo. Quería que yo lo supiera, por si moría. No tienes que llevar esa página dentro. Hay falsificaciones que no son mentiras. Esa es una de ellas. La hiciste para forzar una verdad. Es distinto.

Adrián cerró un momento los ojos.

—Gracias, don Xoán.

Xoán cerró los ojos otra vez. La respiración se le había hecho más lenta. Adrián siguió inclinado un momento, esperando, pero el viejo no añadió nada.

Cuando se incorporó, Tareixa lo estaba mirando. Tenía los ojos llenos.

—Es la primera vez que oigo todo eso dicho así —dijo, en voz muy baja—. Es lo que vamos a hacer. Lo sabíamos. Pero nunca lo había oído nombrar entero por nadie. Es como si Xoán hubiera estado guardando el orden de la ceremonia para decirlo solo en este momento, ahora, contigo.

Adrián se sentó en una silla junto a la pared. Clara le puso la mano sobre la rodilla.

Estuvieron los tres en la habitación durante mucho rato sin hablar.

Xoán dormía. La luz de la ventana fue cambiando a su ritmo, según las nubes.

Pasó una enfermera dos veces, en silencio, comprobó la vía y el pulso, no dijo nada, salió.

Una sola vez Tareixa se levantó a cambiar la posición de una almohada, con cuidado.

A las once y media, Aurea llegó al hospital. Entró en la habitación, dejó el bolso en el suelo, se acercó a la cama. Cogió la mano derecha de Xoán entre las suyas. Estuvo así un rato, sin hablar.

—¿Cuánto?

—Dicen que horas —respondió Tareixa—. Quizá menos.

Aurea asintió.

Se sentó en otra silla. Sacó del bolso un pequeño libro encuadernado en piel marrón, viejo, con marcador de cinta.

Lo abrió. Empezó a leer, en voz muy baja, casi imperceptible, en gallego.

Era un texto antiguo. Adrián no lo identificó.

No le hizo falta. Aurea estaba leyendo para Xoán, no para los demás.

Los párrafos que iba leyendo eran densos, de prosa elaborada, con una cadencia que Adrián, sin entender la lengua del todo, reconoció como gallego medieval o moderno temprano.

Quizás eran fragmentos de las Cantigas de Santa María .

Quizás era otro texto que Adrián no conocía.

Aurea iba leyendo con parsimonia, siguiendo las líneas con un dedo, deteniéndose de vez en cuando para mirar a Xoán y comprobar que respiraba.

A las doce menos cuarto, Xoán Ferro abrió los ojos otra vez. Buscó con las manos. Aurea le sostuvo la derecha con más fuerza. Tareixa, la izquierda. Adrián se levantó, se acercó a los pies de la cama. Clara también.

Xoán dijo, casi sin voz:

— Cantai, miñas pegas. Cantai.

Y se fue.

No fue como Adrián había imaginado. No hubo último suspiro.

No hubo estertor. Solo una pausa más larga entre dos respiraciones, y la siguiente respiración no llegó.

Los párpados quedaron quietos, los labios entreabiertos, las manos calientes en las manos de las dos mujeres.

El monitor pequeño de la mesilla parpadeó dos veces más en verde, después una vez en amarillo, después se apagó.

Tareixa no soltó la mano. Aurea tampoco. Se quedaron así, los cuatro, durante un par de minutos, sin moverse. Una enfermera entró en silencio, comprobó el monitor, anotó algo en un papel pequeño, salió sin decir nada.

Después Aurea le cerró suavemente los ojos a Xoán con dos dedos.

—Vai con Deus, vello .

Tareixa lloró sin ruido, con la cara contra la mano de Xoán, que aún no había soltado.

Aurea no lloró. Adrián miró un momento por la ventana.

Los pinos, bajo el cielo gris de diciembre, no se movían.

Una bandada de pájaros pequeños, gorriones quizá, cruzó el cristal en un vuelo bajo y desapareció hacia el sur.

Clara, en silencio, se acercó a Tareixa. Le puso la mano en el hombro. Se quedó así.

A las doce y diez, otra enfermera entró con un médico joven. El médico hizo el reconocimiento formal del fallecimiento. Anotó la hora en un parte. Dio el pésame. Salió. Tareixa siguió sin soltar la mano de Xoán durante mucho rato más.

Cuando por fin la soltó, fueron casi las dos de la tarde.

El funeral de Xoán fue al día siguiente, miércoles, en la pequeña iglesia parroquial de San Bieito do Campo, a cinco minutos de su casa.

Una iglesia modesta, sin pretensiones, pequeña, con tres bancos a cada lado del pasillo central, capaz de albergar a no más de cincuenta personas.

Una iglesia en la que el campanero ciego había sido feligrés desde niño, había hecho su primera comunión en mil novecientos cuarenta y dos, había sido confirmado por un obispo gallego que había muerto hacía cuarenta años, había rezado el viacrucis cada Cuaresma sin faltar a ninguno, había leído pequeños fragmentos durante las misas dominicales antes de quedarse ciego.

La oficiaba el padre Manuel Ouro, que había conocido a Xoán desde su llegada al Cabildo, hacía treinta y siete años.

Asistieron veintitrés personas. Más de las que Adrián había esperado, menos de las que merecía un campanero compostelano de ochenta y nueve años.

Aurea, Fabián, Tareixa, Manuel Ouro, Anselmo Pereira, dos canónigos más a los que Adrián no conocía pero que sin duda eran del Cabildo.

Tres vecinos del barrio de Xoán: una mujer de unos setenta años que lloraba en silencio en el primer banco.

Un matrimonio mayor sentado en el segundo.

Una joven estudiante con una bufanda granate, sentada al fondo, con un cuaderno en el regazo, que probablemente era una sobrina lejana o alguien que había conocido a Xoán por su trabajo de campanero.

Un sobrino lejano, hijo de una sobrina muerta hacía años, llegado desde Lugo, hombre de unos cincuenta años, con traje gris, que se había sentado en un banco a la izquierda y miraba al frente sin moverse durante toda la ceremonia.

Adrián y Clara. Y siete personas más que Adrián supuso, sin preguntar, custodios de Compostela: gente normal, vestida sin ostentación, hombres y mujeres de edades distintas, todos con esa mirada particular de los del oficio cuando se reúnen en los enterramientos de los suyos.

No estuvo Severo Anllóns.

Adrián lo notó al entrar. Buscó con los ojos, una vez, sin querer. No estaba.

Aurea, que estaba a su lado en el primer banco, le dijo en voz baja:

—No iba a venir. No habría podido. Y no le hemos pedido que venga.

—¿Está en su casa?

—Está en su casa. Y no sé lo que está haciendo, Adrián, y llevo cuarenta y tres años sabiendo siempre lo que estaba haciendo Severo Anllóns a cualquier hora del día. Eso es lo que más me cuesta de todo esto. Ni siquiera es el libro. Es que se me ha vuelto opaco.

Adrián asintió.

La misa fue corta, sobria. Manuel Ouro habló de Xoán con voz baja, sin grandilocuencia.

Habló del campanero como vecino, como amigo, como hombre.

No mencionó la red. No mencionó las campanas, salvo en una frase.

No mencionó el oficio. Solo dijo, al final, una frase que Adrián recordaría mucho tiempo: «Xoán Ferro no se hizo ver durante noventa años.

Eso, en estos tiempos, ya es una forma de santidad.

» Y, después, una más, cerrando la homilía: «Quien sepa lo que hizo durante esos noventa años, que lo guarde.

Quien no lo sepa, que respete que no lo sepa.

Las dos posiciones son nobles. Tan nobles como Xoán mismo. »

Tareixa no cantó durante la misa. Era la mestra cantareira pero, esa mañana, era también una nieta que enterraba.

La música la puso un pequeño coro parroquial, cuatro voces, dirigidas por una mujer mayor que Adrián supuso, sin certeza, que era una alumna ya jubilada del propio Anselmo Pereira.

Cantaron un canto antiguo, en latín, cuya melodía Adrián no reconoció pero cuya línea sí: subía y bajaba en intervalos pequeños, como había hecho la melodía de Tareixa unos días antes en el Pórtico, aunque más simple.

Después, en el cementerio de Boisaca, en una mañana de niebla baja, lo enterraron junto a sus padres y a una hermana que había muerto siendo niña, en mil novecientos treinta y nueve, pocos meses después del final de la guerra.

La fosa estaba abierta desde primera hora.

Dos enterradores municipales esperaban con respeto a un lado.

El cementerio de Boisaca, situado en una ladera suave al noroeste de Compostela, miraba hacia la ciudad desde una distancia que daba a la Catedral, en el horizonte, el aspecto de un objeto pequeño y compacto, casi una maqueta, distinto del peso aplastante que tenía cuando uno la miraba desde la plaza del Obradoiro.

Tareixa cogió un puñado de tierra y la dejó caer sobre la madera del ataúd.

Adrián, sin saber bien por qué, hizo lo mismo.

La tierra húmeda golpeó la madera con un sonido sordo, leve.

Después, los enterradores empezaron a cubrir despacio.

Tareixa no se quedó hasta el final. Aurea sí.

Aurea y Fabián se quedaron de pie, juntos, hasta que los enterradores terminaron y compactaron la tierra encima.

Adrián y Clara se quedaron también, a pocos pasos.

Cuando se alejaban del cementerio, en grupos pequeños, Aurea se acercó a Adrián.

—La asamblea es esta noche, a las nueve —dijo, sin bajar la voz, ya sin cuidados de discreción dentro del entierro—. La aplazamos al miércoles por respeto al funeral. Lo hablamos con Fabián. Severo va a venir.

—De acuerdo.

—Y os pido una cosa.

—¿Qué?

—Que esta tarde, antes de la asamblea, tú y Clara cojáis el coche. Y que vayáis a Vilarpol.

Adrián la miró sorprendido.

—¿Hoy?