Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 13 · La muerte de Xoán
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Capítulo 13 · La muerte de Xoán

A las ocho y media de la mañana, Adrián y Clara entraron en el Hospital Clínico Universitario de Santiago.

El edificio era moderno, alto, con grandes ventanales que daban a las nubes bajas del invierno gallego, una mole pálida de hormigón y vidrio recortada contra los pinares de Conxo, en la zona sur de la ciudad.

El frío seco de la mañana se quedaba pegado a la fachada del hospital, que parecía absorber el invierno y devolverlo, ya tibio, al interior.

Habían cogido un taxi desde el Hostal. Había, esa mañana, mucho tráfico en la avenida que subía hacia el complejo hospitalario: ambulancias entrando y saliendo, taxis, coches privados con familiares que llegaban a horas de visita.

En recepción, una mujer de unos cincuenta años, con bata blanca y gafas de cordón, los miró sin pedir documentación. Aurea había llamado antes a las siete y media, había dado los nombres, y la mujer los esperaba.

—Sexta planta, ala oeste. Habitación seiscientos veintidós. La señorita Bouzas está con él. Por el ascensor del fondo, a la izquierda.

—Gracias.

—¿Pueden traerle algo de la cafetería al subir? Lleva ahí desde el sábado y no ha bajado a comer.

Adrián asintió. Cogieron un café para Tareixa de la cafetería del vestíbulo, una bolsita pequeña con un bocadillo de queso, una botella pequeña de agua.

Subieron en ascensor. La planta sexta tenía ese silencio particular de las salas donde no hay ya tratamientos activos, donde solo se acompaña.

La luz era blanca, cansada, fluorescente, distinta de la luz de Compostela en general, una luz hospitalaria que aplanaba los volúmenes y daba a todo un aire de irrealidad.

Una enfermera pasó por delante con un carro de medicación, sin mirarlos.

Una mujer de unos sesenta años, en el pasillo, lloraba en silencio apoyada en la puerta de una habitación.

Un médico joven, de bata abierta, miraba un historial en una tablet, caminando despacio.

La habitación seiscientos veintidós estaba al final del pasillo, con la puerta entornada. Adrián golpeó suavemente con los nudillos.

—Entra.

Era la voz de Tareixa, casi en un susurro.

Entraron. La habitación era pequeña, individual, con una cama hospitalaria en el centro y una butaca al lado.

La luz natural entraba por una ventana grande que daba a unos pinos.

Había, sobre la mesilla de la habitación, una jarra pequeña de agua, un vaso de plástico, una tetera pequeña que Tareixa había llevado de su casa, una bolsa de tela con dos libros pequeños, y un termo que Tareixa quizá había rellenado por la noche con caldo, no por necesidad médica sino por la costumbre gallega de cuidar a los enfermos sirviéndoles caldo aunque ellos no lo pidan.

Junto a la cama, en la butaca, estaba Tareixa.

Tenía el pelo recogido en una coleta baja, sin maquillaje, con una manta de lana gris sobre las piernas.

Llevaba un libro en el regazo, cerrado, marcado por una cinta a media altura.

Tenía los ojos rojos, pero no estaba llorando.

Había llorado durante la noche. Ahora estaba simplemente cansada.

En la cama, tapado hasta el pecho con una sábana blanca, estaba Xoán Ferro.

Parecía aún más pequeño que en su casa. La piel translúcida, casi sin color, con un tono ligeramente amarillento alrededor de los ojos cerrados que no había tenido la última vez que Adrián lo había visto.

La respiración era audible, lenta, irregular, con pausas más largas entre cada inhalación que cualquiera de las anteriores.

Le habían puesto una vía en el dorso de la mano izquierda.

No tenía mascarilla de oxígeno. No tenía monitores, salvo uno pequeño en la mesilla que registraba el pulso, en silencio, con un parpadeo verde que no emitía sonido.

La habitación, salvo por la cama hospitalaria, parecía más un cuarto antiguo que un cuarto de hospital.

Tareixa había traído también, pegada a la pared con cinta adhesiva, una pequeña estampa de la Virgen del Pilar, que era, según le había contado a Adrián la noche del comedor del Hostal, la advocación favorita de Xoán desde que era pequeño.

—Pedí que no le pusieran tubos —dijo Tareixa, en voz baja, sin levantarse—. Él no quería. Lo dejó dicho hace meses. Solo morfina, si la necesita. Y no la necesita. Está tranquilo. Yo creo que la cabeza la sigue trabajando, pero el cuerpo, no.

Adrián se acercó despacio. Clara se quedó en el umbral, dejó la bolsa con el café y el bocadillo en una pequeña mesa auxiliar, y después pasó al lado de la butaca.

—Te hemos traído café —dijo Clara, casi en un susurro—. Y un bocadillo.

—Gracias.

Tareixa cogió el café, le dio un sorbo, sostuvo el vaso entre las dos manos.

—¿Te ha reconocido? —preguntó Adrián.

—Esta mañana sí. Habló un poco. Dijo dos cosas y se durmió otra vez.

—¿Qué dijo?

Tareixa sonrió apenas, sin alegría.

—Dijo: Adrián tiene la llave. Y después dijo: Que la red sea buena con Severo.

Adrián se quedó muy quieto.

—¿Lo de Severo lo sabe?

—Lleva meses sabiéndolo. Aurea no se lo había dicho. Pero Xoán tiene oído fino, aunque los ojos no le sirvan. Lo intuyó hace tiempo. Y la semana pasada, antes de que ingresara, me lo dijo a mí.

—¿A ti?

Tareixa miró a Xoán un momento. Después volvió a mirar a Adrián.

—Sí. Me lo dijo el viernes. Después de que vosotros vinierais a verlo.

Me dijo: Tareixa, en la red está pasando algo que no te van a contar antes del solsticio.

Tienen razón en no contártelo. Pero tú tienes que saber que lo sé yo.

Por si no llego. Yo no le contesté nada en ese momento.

Le pasé un trozo de pan con miel. Lo masticó poco a poco, lentísimamente, durante casi diez minutos.

Y al final dijo: Bueno, miña. No te enfades.

Lo del solsticio no se altera por estas cosas.

Y se durmió otra vez. Yo me quedé sentada a su lado durante una hora más, hasta que llegó la cuidadora de la noche.

Se callaron.

—¿Estás bien? —preguntó Clara, después de un rato.

Tareixa asintió.

—Lo estoy. Llevo tres meses preparándome para esto. La cantareira anterior, mi maestra, la que me enseñó, murió hace siete años. Yo la cuidé durante los últimos cuatro. Sé cómo es. Sé que el momento es el momento. Y sé también que el solsticio no se altera. Aunque me duela.

Clara le puso una mano en el hombro. Tareixa, sin moverse, cerró un instante los ojos.

Clara sacó una segunda silla del rincón, la acercó al pie de la cama, se sentó.

Adrián se quedó mucho tiempo de pie junto a la cama.

Miró a Xoán durante mucho tiempo. El campanero ciego de Compostela respiraba despacio, los párpados quietos, las manos quietas sobre la sábana.

Las manos finas, de dedos delgados, con las uñas cortadas, las mismas manos que cuatro días antes habían sostenido la taza de caldo en la sala de su casa.

Adrián sacó la llave de hierro del bolsillo interior de la chaqueta.

La sostuvo un momento. Después la colocó, con cuidado, sobre la mano izquierda de Xoán, junto a la vía.

La cabeza tallada en espiral apoyada contra los nudillos del viejo.

La llave, contra la piel translúcida, parecía más oscura de lo habitual, casi negra contra el blanco de las sábanas.

Xoán abrió los ojos.

Eran los mismos ojos blancos, sin pupila, que Adrián había visto la semana anterior.

Pero esta mañana, al abrirlos, parecieron mirarlo de frente.

Adrián no supo si era porque Xoán había aprendido, en sus años de ceguera, a girar la cabeza con la precisión exacta hacia la voz que había hablado, o si era porque, en la cercanía del final, algo en el interior del campanero estaba mirando con una fuerza distinta de la que había tenido antes.

Puede que era simplemente lo primero. Pero pareció lo segundo.

—Adrián.

—Don Xoán.

—Has venido.

—He venido.

—¿Aurea ha hablado con Severo?

—Sí.

—¿Y no aceptó?

—No aceptó.

Xoán cerró los ojos. Estuvo callado un buen rato. Adrián pensó que se había dormido otra vez. Pero al cabo de un rato Xoán habló otra vez, sin abrir los ojos.

—Adrián. Acércate.

Adrián se inclinó. Acercó la oreja a la boca del viejo. La voz salía baja, casi sin aire.

—La llave —susurró Xoán—. Tú la llevas el solsticio. Aunque yo llegue. La llevas tú.

—Sí.

—Tareixa canta. Tú abres. Aurea lleva la luz. Fabián custodia el umbral. Esos son los cuatro principales. Los otros tres son los que la red elige cada año, sin que se sepa antes. Vais a ser siete. Como siempre.

—Sí.

—Y el séptimo, Adrián. El séptimo es el que viene de fuera. No de la red compostelana. De otra red. Este año va a venir alguien. Aurea lo sabe.

—¿Quién?

Xoán sonrió con la boca cerrada. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que la piel translúcida apenas alcanzaba a moldear.

—Una mujer de Iona. Ya vino una vez, hace veintinueve años, detrás de su maestra.

Yo tenía sesenta años entonces y me pasé una semana enseñándole un sitio de esta diócesis que no te voy a nombrar.

Ella tampoco lo ha nombrado nunca. Y eso, meu, en veintinueve años, es lo único que hace falta saber de una persona.

—¿Cómo se llama?

—Eso no me corresponde. Se llamará cuando llegue.

Adrián asintió, aunque el viejo no podía verlo.

—Adrián.

—Dime.

—Una cosa más.

—Le escucho.

—Cuando se balancee, no mires al botafumeiro. Mira a Tareixa. Ella es la que sostiene todo. El humo es teatro. La voz es lo que importa.

Adrián se quedó esperando. El viejo tomó aire dos veces antes de seguir.

—Y cuando termine, sal solo. Antes que los demás. Sal por la puerta de la cripta, no por la nave. Eso lo va a entender Aurea cuando la veas hacerlo.

—De acuerdo.

—Y otra cosa, Adrián.

—Dime.

—No te quedes con culpa por la página falsa.

Adrián se quedó muy quieto.

—¿Cómo lo sabes?

Xoán abrió los ojos otra vez. Los volvió hacia donde estaba Adrián.