Capítulo 12 · La conversación de Aurea #3
—No lo sé. Es una propuesta que muchos van a rechazar de entrada porque obliga al oficio a reconocer, ahora, que dentro de veinte años se va a abrir.
Eso va a sonar a derrota. Pero yo lo veo distinto.
Yo lo veo como un pacto entre dos generaciones de custodios.
Severo cede el control del libro. La red cede el control del oficio.
Los dos pierden algo. Los dos ganan algo.
—¿Y crees que Severo la aceptará?
Aurea sonrió, esta vez con una sonrisa más entera.
—Severo, Adrián, lleva toda la vida buscando una manera de que el oficio evolucione sin destruirse. Esta es la primera manera que se le ofrece que lo hace de verdad. Si la asamblea la aprueba, Severo la aceptará. Estoy convencida.
—¿Aunque no le permita ver el libro publicado?
—Aunque no se lo permita. Y no porque no quiera verlo, Adrián: lo querría más que nada en el mundo.
Sino porque ya ha hecho la cuenta y sabe que no lo va a ver de ninguna de las maneras.
Ni publicando él ni publicando la fundación.
Un libro académico tarda dos años en salir.
A Severo le queda uno. Así que la elección de verdad que tiene delante no es entre verlo y no verlo.
Es entre morirse peleado con nosotros y morirse habiendo dejado el asunto atado.
Eso sí lo puede elegir. Y eso es lo que le estamos ofreciendo.
Nadie dijo nada.
Adrián miró a Clara. Clara miró a Aurea.
—Aurea —dijo Clara—. ¿Qué papel quieres que tengamos nosotros mañana en la asamblea?
Aurea bebió el último sorbo de té. Dejó la taza despacio sobre la mesa.
—Vais a estar. Como invitados. Sin voto, pero con voz. Si os preguntan, contáis lo que habéis vivido en Compostela esta semana. Lo de la página falsa, no. Eso lo cuento yo. Pero sí lo demás. Y luego, si os apetece, daréis vuestra opinión.
—¿La nuestra?
—La vuestra. Vosotros sois los únicos en esta historia que vienen de fuera. Los únicos que han visto a Severo sin las cuarenta años de lealtad encima. Los únicos que pueden decir lo que ven sin que les pese la amistad. La asamblea os va a escuchar.
Adrián tardó en hablar.
—Iremos.
—Lo sé.
Aurea estuvo un instante callada. Después dijo:
—Una última cosa.
—Sí.
—Mañana por la mañana, antes del funeral, quiero que hagáis algo. Quiero que vayáis al hospital.
—¿Al hospital?
—Sí. A ver a Xoán Ferro. Está ingresado desde el sábado por la tarde.
Ayer creía que no llegaría al lunes. Esta mañana me ha llamado Tareixa para decirme que ha pasado mejor noche, que se ha estabilizado un poco.
Pero el médico dice que está en los últimos.
Cuestión de horas, quizá un día. No es una crisis aguda.
Es el final, despacio. Tareixa está con él.
Si queréis ir, Tareixa os lo agradecerá. Y Xoán, también.
—¿Llegará al solsticio?
Aurea se quedó un momento mirando las manos.
—Eso ya nadie lo sabe.
Adrián asintió, en silencio.
—Pero nosotros tenemos que estar preparados —dijo Aurea, después de un rato—. Si Xoán muere, el funeral es al día siguiente. La asamblea, esa misma noche. El solsticio, cuatro días después. Es un calendario apretado. No nos podemos permitir más.
—Lo entendemos.
Aurea asintió.
Adrián se levantó. Clara también. Aurea los acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, los miró un momento, primero a Clara, después a Adrián.
—Gracias por venir.
—Gracias a ti, Aurea —dijo Clara.
Aurea sonrió levemente. Era una sonrisa cansada. Le tendió la mano a Clara. Clara, en lugar de estrecharla, la abrazó. Aurea, sorprendida un instante, le devolvió el abrazo. Estuvieron así unos segundos.
Cuando se separaron, Aurea miró a Adrián.
—Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches, Aurea.
Salieron de la casa de Aurea hacia las nueve de la noche. La calle estaba vacía. La lluvia, esta vez, no caía, pero el frío era seco y cortante, de los fríos que se meten en los pulmones al respirar.
Caminaron hacia el Hostal en silencio.
Cuando llegaron al portal, Adrián se detuvo.
—Clara.
—Dime.
—Mañana es el día más importante desde que empezó todo esto.
Clara lo miró.
—Sí.
—Y no estoy del todo preparado.
Clara le puso la mano en el brazo.
—Nadie lo está. Nunca.
Adrián asintió.
Subieron a la habitación. Adrián sacó la llave de hierro de Xoán Ferro de la mesilla y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, donde había estado los primeros días.
La llave, tras pasar varios días en el cajón, estaba fría y seca.
Adrián la sostuvo un momento contra el pecho, por encima de la camisa. La llave se calentó despacio.
Esa noche durmió poco. En la oscuridad, escuchó dos veces el ritmo lejano de las campanas de algún convento. Cuatro toques rápidos. Una pausa. Un quinto toque sostenido.
Cuatro y uno.
La segunda vez que lo oyó, le pareció que, en algún sitio, otro reloj le respondía. Quizás era el suyo propio, dentro del pecho, latiendo a un ritmo que en aquellos días había empezado a marcar el tiempo con la misma cadencia que las campanas de Compostela en invierno.
Cuatro tareas le quedaban. Y una espera.
Cuatro tareas: ir al hospital, asistir al funeral, asistir a la asamblea, asistir al solsticio.
Y una espera: la de Clara, la conversación pendiente, la que iba a llegar después y la que iba a cambiar todo lo de los próximos años.
Adrián cerró los ojos. Y no se durmió hasta las cuatro de la mañana.