Capítulo 12 · La conversación de Aurea #2
Subieron al segundo piso. Aurea les abrió antes de que llamaran.
Tenía los ojos hinchados, no de llorar reciente, sino de haber llorado mucho y haber dejado de llorar hacía un rato.
Llevaba un jersey gris claro, pantalón negro, calcetines de lana gruesa y zapatillas de fieltro.
No llevaba gafas. El pelo blanco, peinado hacia atrás con cuidado, parecía un poco más blanco que de costumbre, no por las horas sino por la falta de la luz natural a la que Aurea solía exponerse cada mañana en el archivo y que hoy no había recibido.
—Pasad.
La casa era luminosa pese al invierno. Suelo de madera oscura.
Paredes encaladas. Una sala amplia con un sofá viejo de orejeras, dos sillones, una mesa baja de madera y, al fondo, una mesa de comedor cuadrada con cuatro sillas.
Estanterías altas en dos paredes, llenas de libros sin orden aparente.
Algunos libros académicos, sí, pero también muchas novelas, libros de poesía, biografías, cuadernos en blanco.
Una ventana grande daba a un patio interior con un limonero, las hojas verdes intensas pese al invierno, dos limones colgados de una rama baja, todavía verdes, que no madurarían hasta enero.
Adrián se acercó a la ventana mientras Aurea servía el té. Miró abajo, al patio mojado, y después, sin buscarlas, levantó la vista hacia la cornisa de enfrente.
Estaban allí.
Dos pájaros de granito, pequeños, esculpidos hacía siglos por un cantero anónimo, tan gastados por el agua que un ojo cualquiera los habría tomado por dos gárgolas mal hechas. Pico afilado. Cola larga. Adrián, que llevaba veinte años mirando piedra, supo lo que eran antes de terminar de mirarlas.
—Aurea.
—Dime.
—Hay dos urracas en la cornisa de enfrente.
Aurea no levantó la vista de la tetera.
—Las hay.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que naciera mi madre. Nadie sabe quién las puso.
Adrián esperó a que dijera algo más. Aurea no dijo nada más. Le tendió la taza con las dos manos, y en el gesto de tendérsela había una advertencia tan cortés que Adrián no volvió a preguntar en toda la tarde.
Se sentó. Y, sin querer, contó.
Dos.
No sabía todavía lo que significaba. Tardaría diez días en saberlo, y para entonces Aurea llevaría ya cuatro llorando a Severo Anllóns por las noches, sola, en aquel mismo sillón, con las dos urracas de granito mirando el patio y sin decir nada, como llevaban haciendo desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera contarlas.
Sobre la mesa baja, una bandeja con tres tazas de cerámica blanca, una tetera, una jarra pequeña de leche. Aurea había preparado todo antes de que llegaran. Los esperaba.
—Os he hecho té. ¿Queréis?
—Sí, gracias —dijo Clara.
Aurea les sirvió. No habló mucho mientras lo hacía.
Los movimientos eran un poco más lentos de lo habitual.
Adrián notó, sin querer, que le temblaba ligeramente la mano al servir, no de modo evidente, pero sí lo suficiente como para que el chorro de té tuviera un pequeño desvío que ella corrigió levantando la tetera otra vez.
Cuando los tres tuvieron la taza delante, Aurea se sentó en el sillón frente a ellos.
Cruzó las piernas. Se quedó un momento mirando el limonero por la ventana.
La luz baja de la tarde le daba en el lateral derecho de la cara, dejando el izquierdo en sombra.
La hacía parecer mayor de lo que era, y al mismo tiempo más calma, más asentada.
—Os voy a contar lo que pasó el sábado por la noche —dijo, sin volverse del todo—. Os lo voy a contar porque tenéis derecho a saberlo, y porque Xoán se nos está yendo, y detrás vienen el funeral y la asamblea, y conviene que vayáis con la cabeza ordenada.
Adrián asintió.
—Te escuchamos.
Aurea bebió un sorbo de té. Después empezó.
—Llegué a su casa a las nueve y media. Estuvimos hablando hasta las doce y media. Os voy a contar lo que se dijo.
Y lo contó.
Lo contó bien, con el orden de siempre, sin adjetivos. Contó que Severo la estaba esperando y que se lo dijo nada más abrir la puerta. Contó que le expuso las pruebas y que él no se inmutó. Contó lo del folio, y aquí, por primera vez, se detuvo un momento antes de seguir.
—Me dijo, punto por punto con estas palabras: No me la creí por mala. Me la creí porque llevaba tres años necesitando creérmela. Eso es lo único que un paleógrafo no puede cotejar: lo que quiere que sea verdad.
Adrián se quedó muy quieto.
Aurea siguió. Contó la hora que Severo pasó defendiendo la apertura del oficio: el derecho a la verdad histórica, los archivos cerrados por prudencia, Iona, Teodomiro mirando hacia otro lado una tarde de noviembre del ochocientos veinticinco.
Contó que le ofreció la primera opción y que él la agradeció y la rechazó.
Contó por qué la rechazó, y lo contó entero, sin ahorrarse una palabra, que era lo que menos le convenía y lo que más le honraba:
—Me dijo: el problema no es que la red no se abra. El problema es que va a abrirse mal si lo hago yo. Y tenía razón, y lo sabéis los dos igual que lo sé yo.
Contó la segunda opción. Contó que Severo le dijo lo sé, y precisamente por eso lo voy a hacer .
Y contó el cáncer.
Lo contó como si estuviera leyendo un parte, y solo se le quebró en la palabra páncreas, y ni siquiera se le quebró: se le fue el aire un momento y volvió.
—Me quedan tres frases más y ya está —dijo—.
Le pregunté por qué no me lo había dicho antes.
Me dijo que si me lo hubiera dicho hace tres meses, yo habría intentado pararlo por compasión.
Y que no quiere compasión. Quiere que la red lo confronte como a un traidor, no como a un enfermo.
Le pedí que aceptara la primera opción y que pasáramos juntos los meses que le queden.
Le dije que iría a Aspai con él, si su hermana me aceptaba, y que lo cuidaría.
—¿Y? —preguntó Clara, con la voz muy baja.
—Me dijo que no a las dos cosas. Al pacto y al cuidado. Me dijo: Aurea, no quiero que vivas mis últimos meses como una culpa. Quiero que tu memoria de mí sea la del Severo de Mondoñedo, no la del Severo enfermo. Eso te lo regalo.
Hubo un silencio largo.
Adrián miró a Clara. Clara tenía los ojos brillantes. Aurea, frente a ellos, no estaba llorando. Estaba contando lo que tenía que contar, con la disciplina seca de quien ha pasado el día anterior llorando lo necesario y ahora ya no le quedan lágrimas, al menos no para hoy.
—Y eso es todo —dijo—. Salí a las doce y media.
Se llevó la taza a los labios. Bebió. Le temblaba un poco la mano, esta vez sí de modo visible.
Adrián no dijo nada. Clara tampoco.
Y en el silencio de aquella sala, con la luz baja de la tarde entrando por la ventana del limonero, ninguno de los dos supo, ni lo iba a saber nunca, que la mujer que acababa de contarles tres horas de conversación con una precisión de archivera, sin ahorrarse el cáncer ni la crueldad ni la palabra páncreas, se había dejado fuera cuarenta segundos.
Cuarenta segundos, de pie junto a un cortinón de terciopelo verde, de espaldas, a las doce menos veinte de la noche.
Adrián se quedó mirando a Aurea un momento más de lo necesario.
Le pareció que había algo raro en el modo en que había cerrado el relato — y eso es todo —, porque Aurea Vilaboa no cerraba nunca los informes diciendo y eso es todo .
Los cerraba diciendo qué faltaba. Pero pensó que era el cansancio, y que la mujer que tenía delante llevaba dos días enterrando a dos personas a la vez, y no preguntó.
Fue el único error que Adrián Vega cometió en Compostela. No lo supo nunca. Y no le habría servido de nada saberlo.
—Aurea —dijo Clara, después de un rato—. ¿Y ahora?
Aurea dejó la taza sobre la mesa baja, con cuidado.
—Ahora voy a defender una tercera opción. Una que no había considerado hasta esta mañana.
—¿Cuál?
Aurea miró el limonero del patio. Uno de los limones, todavía verde, se balanceaba apenas en la rama, movido por una corriente de aire que entraba por algún resquicio invisible.
—Voy a defender que la red compre el libro. Que pague a Severo, sin regatear, lo que él quiera, para tener los derechos exclusivos del manuscrito. Que el manuscrito quede en propiedad de la red. Que la red, después, decida qué hacer con él.
Clara levantó las cejas.
—¿Comprarlo?
—Sí.
—¿Y eso le va a parecer aceptable a Severo?
Aurea sonrió, sin alegría.
—Le va a parecer despreciable. Pero le voy a poner una condición.
Que el dinero que pague la red no vaya a él.
Vaya a una fundación, creada esta misma semana en nombre de Severo Anllóns Vilas, dedicada a la divulgación rigurosa del patrimonio gallego.
Una fundación que, en su nombre, publique cosas.
No el libro de la red. Pero otras cosas.
Y que esa fundación tenga, además, una cláusula obligatoria, escrita en su acta fundacional, no negociable: dentro de igual veinte años, el manuscrito sobre la red podrá ser publicado por la fundación con el aval de un consejo académico independiente.
Adrián tardó un momento en procesar.
—Veinte años.
—Sí.
—¿Por qué veinte?
—Porque es el tiempo que la red necesita para reorganizarse internamente y prepararse para una apertura controlada.
Y porque Severo, cuando muera, no estará ya, pero su nombre seguirá.
Y la fundación cumplirá su voluntad. Sin los condicionamientos del propio Severo.
Sin las urgencias de su enfermedad. Sin las negociaciones del momento.
Adrián la miró.
—Aurea. Esa propuesta no es solo una sanción. Es una solución.
—Lo es.
—¿Crees que la asamblea la aceptará?
Aurea se quedó mirando el vaso de agua que había, también sobre la mesa baja, junto a la tetera.