Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 12 · La conversación de Aurea
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Capítulo 12 · La conversación de Aurea

El domingo amaneció gris, con la lluvia caída durante la noche todavía sobre las losas.

Aurea no fue al archivo. Tampoco contestó al teléfono.

Fabián, que la llamó tres veces durante la mañana —a las diez, a las once y media, a la una—, terminó dejando que sonara.

Sabía cómo era Aurea cuando se encerraba.

La conocía desde el seminario de Mondoñedo, hacía cuarenta y tres años, y la había visto encerrarse otras seis veces en su vida.

Cada una de aquellas seis veces, había habido una razón importante por debajo.

Y cada una de aquellas seis veces, Aurea había salido del encierro al cabo de un día, dos como mucho, con la decisión tomada y la cara lavada.

Adrián y Clara desayunaron en el comedor del Hostal sin hablar mucho. Habían recibido a primera hora un mensaje de Fabián en el móvil de Adrián, breve: Aurea no va al archivo hoy. Descansad. Os llamará por la tarde si quiere veros. F. No había explicación. No hacía falta.

—Va mal —dijo Clara, mientras comía media tostada sin convicción.

—Mal.

—¿Qué crees que ha pasado?

—Lo previsto. Severo no aceptó la primera opción. Y Aurea ha vuelto a casa con esa decisión encima.

—Sí. Pero hay algo más. Algo más, Adrián. Si fuera solo eso, Aurea estaría hoy en el archivo trabajando. La Aurea que conocemos no se enclaustra por una decepción profesional. Se enclaustra por una decepción personal.

Adrián asintió. No tenía respuesta.

Después salieron a caminar. La ciudad estaba más vacía de lo habitual.

Era el tercer domingo de Adviento. Los escaparates del casco viejo empezaban a llenarse, despacio, con guirnaldas pequeñas y belenes en miniatura.

En la fachada del Pazo de Raxoi, los operarios municipales ajustaban las luces que se habían encendido el segundo domingo de Adviento, según la costumbre compostelana, y que iluminarían las calles centrales hasta el seis de enero.

Algunas familias salían de misa en la iglesia de San Bieito do Campo, los niños abrigados con anoraks gruesos y bufandas, las madres con bolsas de la compra ya preparadas para el almuerzo.

Un grupo pequeño de niños de no más de diez años cantaba un villancico en gallego frente a una panadería de la Rúa Nova, sin orden, con una niña al frente que llevaba la voz cantante mientras los demás la seguían a destiempo.

Adrián los miró un momento. La niña que llevaba la voz cantaba bien.

Con seguridad. Sin nervios. Mantenía el tono incluso cuando los otros se desviaban.

Adrián pensó, sin querer, que aquella niña, dentro de veinte años, podría ser una mestra cantareira más, si el oficio entonces aún quería mestras cantareiras.

Encontraron una cafetería pequeña en la Rúa do Vilar, con cristales empañados por dentro y olor a leche caliente.

Pidieron café y se sentaron en una mesa al fondo.

Casi no había nadie. Una pareja mayor desayunaba juntos, sin hablarse, en otra mesa.

Detrás de la barra, una camarera pasaba un trapo por la encimera con la lentitud de los domingos.

—Ha rechazado —dijo Clara, sin tono.

—Sí.

—¿Qué crees que le ha dicho a Aurea?

Adrián se quedó un momento mirando la taza.

—No lo sé. Pero ha tenido que decirle algo grande, para que ella saliera de allí como salió.

—Lo de llorar todo el día.

—Sí. Aurea no es mujer de llorar. Si lo hace, es porque no le queda otra.

Clara cogió la taza con las dos manos. Tenía las manos frías.

—Adrián. Lo que hicimos con la página… lo que tú escribiste… no me arrepiento. Pero me cuesta.

—A mí también.

—Sé que era necesario. Sé que sin la trampa la red habría tardado meses en confirmar. Pero hicimos algo que en cualquier otro contexto consideraríamos una falsificación. Y la falsificación es lo opuesto a lo que tú y yo defendemos cada vez que hablamos del oficio.

Adrián asintió.

—Lo es.

—Y me pregunto si Severo, ahora, lo sabe.

—¿Si sabe que la página era falsa?

—Aurea iba a decírselo anoche. Para confrontarlo. Entonces lo sabe.

Adrián cerró los ojos.

—Lo sabe.

—Y eso significa que Severo está esta mañana, en su casa, sabiendo que la mujer que ha sido su mejor amiga durante cuarenta y tres años fabricó un documento falso para cazarlo.

Adrián no contestó.

—Y que el restaurador que cenó con él hace una semana fue quien escribió la página.

Adrián tardó mucho en responder. Cuando lo hizo, no la miró.

—Fui yo, Clara. No «el restaurador». Fui yo.

Clara dejó la taza sobre la mesa. Apoyó las manos sobre el regazo.

—Adrián, esto va a quedarse con nosotros mucho tiempo.

—Lo sé.

—Y va a quedarse con Aurea para siempre.

Volvieron al Hostal a media mañana. Adrián, sin saber qué hacer con el día, se quedó leyendo en el sillón de su habitación un libro que había encontrado en una estantería del comedor, una novela corta de Manuel Rivas en castellano.

Clara fue a su habitación. Salió otra vez al cabo de un rato.

Cruzó el pasillo. Llamó a la puerta de Adrián. Entró.

—Voy a la Catedral.

—Bien.

—¿Vienes?

—No. Quédate tú sola. Te hace falta.

Clara asintió. Salió. Adrián volvió al libro.

La Catedral, a mediodía de un domingo de Adviento, estaba llena.

Clara no había contado con eso. Había peregrinos con las botas mojadas haciendo cola para abrazar al Apóstol, familias enteras con niños, un grupo de coreanos con cazadoras amarillas idénticas, dos monjas jóvenes que se reían de algo en la nave sur.

Olía a gente, a lana húmeda, a incienso viejo.

Clara se quedó parada en el crucero, en medio de todo aquello, y estuvo a punto de salir.

Después no salió.

Buscó un sitio. Encontró uno en el banco tercero de la nave sur, contra una columna, donde el paso de la gente no llegaba. Se sentó. Se quitó el gorro. Puso las manos sobre las rodillas.

Clara Bru no rezaba desde los catorce años y no empezó aquel domingo. Se quedó sentada, sin más, mirando la piedra.

Y pensó, por este orden, en cuatro cosas.

Pensó en Moro, que llevaba cinco meses enterrado en Llançà y del que aquella semana no se había acordado ni una sola vez, y en que dejar de acordarse era sin más lo que le habían prometido que pasaría y en que nadie le había avisado de que iba a doler así.

Pensó en su archivo del Born, que llevaba cuatro años ordenando con una paciencia que a ratos le parecía una vocación y a ratos una manera educada de no moverse de sitio.

Pensó en Severo Anllóns, al que había visto tres veces en su vida, y en que aquel hombre iba a morirse habiendo hecho una única cosa por convicción, y en que ella tenía cuarenta y un años y no había hecho todavía ninguna.

Y pensó en Adrián, arriba, en la habitación cuarenta y dos, leyendo una novela de Manuel Rivas que no le interesaba, con la llave de hierro de un muerto en el cajón de la mesilla y toda su vida ya decidida sin que él lo supiera.

Y entendió, con una claridad que no le pareció triste, que llevaba cinco meses esperando a que Adrián eligiera para no tener que elegir ella.

Estuvo así casi dos horas.

En algún momento pasó un sacerdote empujando un carrito con hostias y vinajeras y le hizo un gesto pequeño con la cabeza.

En algún momento un niño de tres o cuatro años se soltó de la mano de su madre, llegó corriendo hasta el banco de Clara, la miró muy serio, y volvió corriendo.

En algún momento las campanas dieron la una, y después la una y media, y después las dos, cuatro toques rápidos y un quinto sostenido cada vez, y Clara las oyó las tres veces y no se movió.

Cuando por fin se levantó, tenía frío en las manos y una decisión tomada.

No se la contó a nadie. Iba a tardar once días en contársela, y se la iba a contar a Adrián, de pie, al borde de un acantilado, mirando el Atlántico.

Salió por la puerta de Platerías. Comió sola en una taberna de la Rúa do Vilar, un caldo y una empanada, leyendo el periódico local de la primera página a la última con una concentración que no había tenido en toda la semana.

Hacia las dos de la tarde, Adrián comió en el comedor del Hostal una sopa ligera y un trozo de queso.

Clara no apareció. A las cuatro, Adrián salió al patio interior segundo, se sentó en uno de los bancos junto al crucero de piedra, y se quedó allí durante una hora, viendo cómo se iba apagando, con calma, la claridad de la tarde de diciembre.

Pasó un peregrino joven, alemán o austriaco, con una mochila grande, que le saludó en inglés.

Adrián le devolvió el saludo. El peregrino se sentó en el banco de enfrente.

Estuvieron un rato así, en silencio, los dos solos en el patio.

Después el peregrino se levantó y se fue. Adrián no le había dicho nada más.

A las cinco y media, justo cuando Adrián estaba subiendo a la habitación porque el frío del patio empezaba a meterse en los huesos, Aurea les escribió un mensaje breve.

Mañana, lunes, en mi casa, a las siete de la tarde. No al archivo. A mi casa. Algalia de Arriba 23, segundo. A.

Era la primera vez que los citaba en su casa.

Llegaron a la Algalia de Arriba el lunes a las siete menos diez.

La calle era estrecha, antigua, con soportales de granito.

El número 23 era un edificio austero, de tres plantas, con una puerta de madera oscura.

En la fachada, sobre el dintel, había una pequeña piedra labrada con la fecha MDCCXIV —1714— y un escudo eclesiástico desgastado por los siglos.

El edificio había sido propiedad del Cabildo durante siglos, y solo había pasado a manos privadas en los años cuarenta del siglo veinte, cuando el Cabildo vendió parte de sus inmuebles y permitió que algunos canónigos jubilados compraran las viviendas que ya ocupaban.