Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 11 · Tres horas #3
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Capítulo 11 · Tres horas #3

—Y hay una tercera razón, y es la única que me importa, y te la digo porque me la vas a sacar igual.

Si el jueves me llevas a esa iglesia y me pones ese libro delante, yo lo leo.

Y en cuanto lo lea, se acabó. Se me acaba el enfado, se me acaba la prisa, se me acaba lo único que me está manteniendo de pie desde junio.

Voy a estar tranquilo y voy a estar acabado, y me quedan doce meses.

Aurea, no me quites la única cosa que todavía no tengo. Es lo que me queda por no tener.

Aurea seguía de espaldas a la ventana.

Estuvo así un rato larguísimo, y lo que se oía en el salón era el fuego bajo y, muy lejos, muy amortiguado por el cristal doble y por los siglos, el ritmo de una campana de convento en alguna calle del casco viejo. Cuatro toques rápidos. Una pausa. Un quinto toque sostenido.

—Me estás pidiendo que sea la que te condene.

—Te estoy pidiendo que seas la que quede. No es lo mismo.

—A mí me lo parece.

—Ya lo sé —dijo Severo—. Pero yo no te lo estoy pidiendo como amigo. Te lo pido como custodio. Y tú, cuando te lo piden así, no sabes decir que no. Eso también lo sé desde mil novecientos ochenta y uno.

Aurea dejó caer el cortinón.

Se volvió por fin. Tenía la cara seca. Cogió el bolso del suelo y el teléfono de la mesita, que seguía boca abajo, y no lo miró.

—Está bien.

—Aurea.

—Está bien, Severo. La asamblea es el miércoles. Vas a venir. Vas a hablar tú primero. Y yo voy a contarles lo del cáncer al principio de la sesión, con tu permiso o sin él.

—Con mi permiso.

—Gracias.

Severo se levantó. La acompañó hasta el recibidor, le dio el abrigo, se lo sostuvo por los hombros mientras ella metía los brazos, como llevaba haciendo cuarenta y tres años y como iba a hacer nueve veces más antes de morirse. En la puerta, con la mano en el picaporte, Aurea se detuvo.

—Severo.

—Dime.

—Lo que te he ofrecido en la ventana.

—No se lo voy a contar a nadie.

—No es eso.

—¿Entonces?

Aurea lo miró un momento.

—Que lo he dicho en serio. Quiero que lo sepas. No era un truco de archivera para que aceptaras la primera opción. Era verdad. Si me dices que sí, lo firmo.

Severo sonrió. Fue una sonrisa cansada, la primera de la noche que le llegó del todo a la cara.

—Aurea, si no lo hubieras dicho en serio, no me habría hecho falta decirte que no.

Y le abrió la puerta.

Al salir, hacia las doce y media de la noche, Aurea bajó las escaleras de la Rúa Nova sin acelerar, con el paso pesado.

En el portal, antes de salir a la calle, se quedó un momento parada. Apoyó una mano contra la pared.

Después salió.

La calle estaba mojada. Llovía sin prisa.

Aurea caminó hacia su casa sin paraguas, dejando que la lluvia le cayera encima.

Pasó por delante del callejón que daba a la plaza de Cervantes.

Pasó junto a la fachada barroca de la iglesia de la Compañía.

Pasó por delante de un bar que estaba cerrando, donde un camarero recogía las sillas de la terraza con la gorra calada hasta las cejas.

A media calle se detuvo. Sacó el teléfono móvil del bolsillo. Marcó un número.

Fabián descolgó al cuarto tono. Se notaba que llevaba un rato despierto, esperando.

—Aurea.

—Fabián. No ha aceptado.

Hubo un silencio largo al otro lado.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Qué hacemos?

Aurea cerró un momento los ojos. La lluvia le caía sobre el pelo, mojándole los mechones de la frente.

—Convoca la asamblea. Para el martes por la noche, no, para el miércoles por la noche, después del funeral. Tenemos tres días hasta el solsticio. No podemos esperar más.

—¿Después de qué funeral?

—De Xoán.

Hubo otro silencio al otro lado.

—¿Xoán?

—Sí. Tareixa me llamó hace media hora, mientras yo estaba con Severo. Lo ingresaron esta tarde en el Clínico. Está mal. No es seguro que llegue al lunes. El funeral, si pasa lo que tiene que pasar, será el miércoles. Lo de la asamblea hay que aplazarlo a esa noche. Por respeto.

—Aurea. No me lo habías dicho.

—No te lo había dicho porque no he tenido tiempo. Acabo de salir de casa de Severo. He hablado tres horas con él y, todo este tiempo, sabía que Xoán se nos estaba muriendo en el hospital y no podía irme.

Y otra vez nada. Fabián, al otro lado, respiró despacio.

Era una respiración que Aurea, de tanto conocer al hombre, podía interpretar entera: era la respiración de un canónigo de ochenta y tres años que llevaba quince esperando la muerte de su amigo Xoán y que, recibiendo la noticia, intentaba ordenarse por dentro antes de hablar.

—Y dile a Adrián y a Clara que mañana descansen. Que yo no iré al archivo en todo el día.

—¿Por qué?

—Porque mañana voy a estar en mi casa, sentada. Llorando, seguramente. Y no quiero que nadie me vea. Salvo, quizás, ellos. A última hora.

Hubo un silencio.

—Aurea. Te quiero.

—Lo sé, Fabián. Yo también.

Y colgó.

Aurea permaneció un instante más en la calle, bajo la lluvia. Después siguió caminando hacia su casa, despacio, mientras la Catedral, al fondo, se alzaba contra el cielo negro de invierno con sus torres iluminadas por focos amarillos.

Pasó por la plaza del Obradoiro. Subió por la Algalia de Arriba hasta el veintitrés.

Subió a su segundo piso. Abrió la puerta de su casa.

Encendió la luz del recibidor. Colgó el abrigo, mojado, en el perchero.

Se quitó las botas. Caminó descalza por el suelo de madera oscura hasta el dormitorio. Se metió en la cama vestida.

No durmió hasta el amanecer.

Y, cuando por fin se durmió, soñó con Severo.

Soñó que estaban los dos otra vez en el patio del seminario de Mondoñedo, en una tarde de mayo de mil novecientos ochenta y dos, repasando un examen de patrología medieval, sentados en un banco bajo un naranjo.

En el sueño, Severo no estaba enfermo. No tenía nada.

Era el Severo de veintiún años. Y le decía a ella, en gallego, una frase que Aurea no recordaría al despertarse, pero que en el sueño le había parecido la cosa más justa que nadie le hubiera dicho jamás.