Capítulo 11 · Tres horas #2
—Tengo sesenta y cuatro años. Tengo cáncer desde hace seis meses.
No me lo han dicho la red ni los canónigos del Cabildo.
Lo sabe mi médico. Lo sabe mi hermana en Aspai.
Y ahora lo sabes tú. Me queda un año, con suerte.
Año y medio, con muchísima. No voy a permitir que la red me condene a un destierro que mi cuerpo va a cumplir antes que cualquier sanción.
Voy a publicar el libro mientras pueda. Y voy a aceptar lo que pase.
Pero por una vez, en cuarenta años, voy a hacer una cosa por convicción, y no por obediencia.
Aurea no se movió.
Al cabo de un rato preguntó, con una voz que no era la suya:
—¿De qué.
No le salió la pregunta. Le salió sin el signo, sin la entonación, sin nada.
—Páncreas.
Aurea cerró los ojos.
Estuvo con los ojos cerrados mucho tiempo. Severo no dijo nada. Echó un tronco al fuego, con cuidado, para tener algo que hacer con las manos, y volvió a sentarse.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —dijo ella al fin.
—Porque si te lo llego a decir hace tres meses, habrías intentado pararme por compasión. Y yo no quiero compasión. Quiero que la red me confronte como a un traidor, no como a un enfermo. Solo así mi decisión tiene peso. Solo así se van a tomar en serio lo que voy a publicar.
—Eso es una crueldad, Severo.
—Sí. Contigo, sobre todo. Lo siento mucho. Es lo único de todo esto de lo que me arrepiento.
Y entonces sonó el teléfono de Aurea.
Vibró dentro del bolso, contra el suelo, con ese zumbido sordo de las cosas que suenan en un sitio donde nadie quiere que suene nada. Aurea lo sacó. Miró la pantalla. Era Tareixa.
Leyó el mensaje entero, de pie, junto al sillón. Eran cuatro líneas. Tardó en leerlas más de lo que se tarda en leer cuatro líneas.
Después bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesita, al lado de la copa de brandy que no se había terminado.
Severo no había preguntado nada. La miraba.
—¿Es Xoán?
—Es Xoán. Lo han ingresado esta tarde en el Clínico. Tareixa está con él.
—¿Es el final?
—Es el final.
Severo miró el teléfono boca abajo sobre la mesita. Después la miró a ella. Se levantó del sillón. Fue lo primero que hizo con prisa en toda la noche.
—Vete.
—No.
—Aurea, vete. Coge un taxi. Yo no me voy a ninguna parte. Esto lo hablamos mañana, o pasado, o cuando tú quieras. Vete al hospital.
—No.
—¿Por qué no?
Aurea se sentó otra vez. Se alisó la falda sobre las rodillas con las dos manos, un gesto que no le había visto hacer nadie nunca.
—Porque Xoán se me va a morir de todas maneras y tú también.
Y a Xoán lo está cuidando Tareixa, que sabe cuidar mejor que yo.
Y a ti no te está cuidando nadie. Y porque si me voy ahora, mañana ya no voy a poder volver a decirte lo que he venido a decirte, porque mañana Xoán estará muerto y yo no seré capaz. Así que siéntate.
Severo se quedó de pie un momento más.
Después se sentó.
—Está bien.
—Está bien.
Y Aurea le suplicó.
Le suplicó durante cuarenta minutos, y en los cuarenta y un años que llevaba en el archivo del Cabildo de Compostela no había hecho nunca una cosa parecida: ni cuando su madre, ni cuando lo de Ramiro Lobeira, ni siquiera en el noventa y siete.
Le suplicó con argumentos primero y sin ellos después.
Le dijo que aceptara la primera opción. Le dijo que pasaran juntos los meses que le quedaran, trabajando en la apertura del oficio, y que eso sería su legado, y que sería la mejor manera de morir que un hombre como él podía tener.
Le dijo que iría a Aspai con él si su hermana la aceptaba.
Le dijo que lo cuidaría. Le dijo, muy despacio, que pediría una excedencia.
La primera en cuarenta y un años. Que se instalaría en aquella aldea de Lugo donde ella había pasado los veranos de niña sin saber que él pasaba los suyos a doscientos metros.
Y que le leería en voz alta cuando ya no pudiera leer solo.
Porque los textos antiguos se entienden mejor escuchados.
Eso se lo había enseñado él.
Severo dijo que no a las dos cosas. Al pacto y al cuidado.
—Aurea, no quiero que vivas mis últimos meses como una culpa. Quiero que tu memoria de mí sea la del Severo de Mondoñedo, no la del Severo enfermo. Eso te lo regalo.
—No te he pedido un regalo.
—Ya lo sé. Por eso te lo doy.
Eran las doce menos veinte.
Aurea se levantó. Fue hasta la ventana, apartó el cortinón de terciopelo verde con dos dedos, miró la Rúa Nova mojada y vacía, y se quedó allí, de espaldas.
Y entonces dijo la cosa por la que había subido aquellas escaleras y que no había sabido decir en dos horas y media.
—Severo. Publícalo conmigo.
Hubo un silencio en el salón que a ella se le hizo físico, como un cambio de presión.
—¿Qué has dicho?
—Que lo publiques conmigo. Los dos. Con mi nombre al lado del tuyo.
Yo tengo el archivo, tengo los inventarios, tengo cuarenta y un años de catalogación que ningún paleógrafo de Berlín va a poder discutir, y tengo lo que a ti te falta, que es estar dentro.
Tu libro con mi firma no es la denuncia de un traidor.
Es un documento del oficio. Y la red no puede desterrar a las dos personas que sostienen su archivo, porque entonces se queda sin archivo.
Estarían obligados a responder de verdad. Que es lo que tú quieres.
Severo no dijo nada.
—Y hay otra cosa —dijo Aurea, y aquí la voz se le puso rara—. La de verdad.
—Dila.
—Tú llevas cuarenta años buscando el séptimo códice.
—Aurea, no.
—Déjame.
—Aurea, no me hagas esto.
—Yo sé dónde está.
El fuego chasqueó una vez en la chimenea.
—Lo sé desde el noventa y seis. Me lo dijo Ramiro Lobeira dos meses antes de morirse, en una habitación del Clínico, y me hizo repetírselo tres veces en voz alta para asegurarse de que lo había entendido bien. Somos tres. Fabián, Xoán y yo. Xoán se está muriendo esta noche y entonces seremos dos.
Severo tenía las dos manos agarradas a los brazos del sillón.
—Está en una iglesia de valle, a media jornada de aquí —siguió Aurea—, en un sitio que no te voy a decir esta noche pero que te voy a enseñar el jueves si me dices que sí.
Tiene un manantial a tres pasos de la puerta.
La gente del pueblo sube a llenar garrafas y no sabe por qué.
Yo he bajado once veces en veintiocho años. La última en marzo.
—Aurea.
—Y tiene cuatro folios escritos al final que no puso el copista de Iona.
Los escribió Conall en el ochocientos cuarenta y siete.
Los he tenido en las manos once veces, Severo, y no he pasado nunca de la primera línea, porque cada vez que llego a la segunda me acuerdo de que tú llevas cuarenta años preguntándome sin preguntarme y de que yo llevo cuarenta años sirviéndote café y hablándote del tiempo.
Severo se levantó del sillón.
Fue hasta la ventana. Se puso a dos pasos de ella, sin tocarla, con la vista en la Rúa Nova mojada, y estuvo así el tiempo que tarda un hombre de sesenta y cuatro años con un año de vida en decidir qué hace con lo único que ha querido de verdad.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no se dice.
—Cuarenta años, Aurea.
—Cuarenta y tres.
Aurea seguía de espaldas. No se volvió en ningún momento.
—Y no te lo estoy ofreciendo por ti —añadió—.
Que también. Te lo estoy ofreciendo porque llevo veinte años pensando lo mismo que tú y he sido lo bastante cobarde para no decirlo en voz alta ni una sola vez en veinte años.
Tú decidiste actuar. Yo no. Y he tardado veinte años y una noche en darme cuenta de que la diferencia entre nosotros dos no es que tú seas un traidor.
Es que yo soy una cobarde con mejor expediente.
Severo tardó mucho en contestar.
Cuando lo hizo, lo hizo con una voz distinta de todas las que había usado en tres horas.
—No.
Aurea apretó la mano contra el cortinón.
—Severo, es el jueves. Son cuatro horas de coche. Estás en condiciones. En marzo ya no vas a estarlo.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque me quedaría contigo. Y no puedo.
—Explícate.
—Aurea, si tú firmas ese libro, la red se parte.
De verdad. No se abre: se parte. Un canónigo enfermo que publica y se muere es un episodio.
La asamblea lo gestiona, lo digiere y sigue.
La archivera que publica y se queda es otra cosa.
Es una guerra civil de veinte años dentro de una casa donde todos nos conocemos desde niños.
Eladio no te lo perdonaría. Nicanor tampoco.
La mitad de la red dejaría de hablarse con la otra mitad, y el oficio se acabaría por dentro sin que ningún libro tuviera que contarlo.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé perfectamente. Tú también lo sabes. Llevas veinte años sin decir nada precisamente porque lo sabes.
Aurea no contestó.
—Y hay otra cosa —dijo Severo—. Peor.
Aurea no se volvió.
—Dila.
—Que alguien tiene que quedarse a recoger.
Después de que se publique, después de que yo me muera, después de que la red se pase tres años dando gritos, alguien tiene que estar dentro, con las llaves de la cámara en el bolsillo y las manos limpias, para decidir qué se hace a partir de entonces.
Y esa persona no puede ser ninguno de los dos que firmaron el libro.
Tiene que ser alguien a quien la red siga escuchando.
Y solo hay una persona en Compostela a la que esta red vaya a seguir escuchando pase lo que pase, y lleva cuarenta y un años bajando todas las mañanas a la sección IX-C.
Se quedó callado.
—Te necesito ahí, Aurea. Ahí. No a mi lado en una portada. En una portada no me sirves de nada. Me sirves con las llaves.
Se quedó callado un momento.