Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 11 · Tres horas
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Capítulo 11 · Tres horas

A las nueve y media de la noche del sábado, Aurea Vilaboa subió las escaleras de la casa de Severo Anllóns, en la Rúa Nova, y golpeó la aldaba con forma de mano femenina dos veces, suaves.

Severo abrió la puerta.

—Aurea.

—Hola, Severo. ¿Tienes un rato?

Severo no se sorprendió. La miró un momento, después abrió más la puerta.

—Pasa.

Aurea entró. Severo cerró la puerta detrás de ella.

La condujo, sin preguntar, hasta el salón.

La chimenea estaba encendida con un fuego bajo.

Servía una luz cálida, poco más. Las velas de la mesa, las que habían iluminado la cena del viernes anterior, estaban guardadas.

La sala estaba más despojada esa noche, sin el aparato de la cena, con la mesa redonda recogida contra la pared y los dos sillones colocados frente a la chimenea con una cortesía que sugería que Severo había preparado la disposición exactamente así, esperando que ella llegara.

—¿Brandy?

—Sí, gracias.

Severo sirvió dos copas pequeñas. Le dio una. Brindaron sin decir nada y bebieron un sorbo.

Después se sentaron, los dos, en sendos sillones junto al fuego. Aurea dejó la copa sobre la mesita. Severo dejó la suya también.

—Sé por qué has venido —dijo él—. Y sé qué me vas a proponer. Llevaba esperándolo cinco días.

Aurea lo miró un momento.

—Entonces empiezo yo.

—Empieza tú.

Aurea empezó. Lo hizo como llevaba cuarenta y un años haciendo los informes de archivo: por orden, sin adjetivos, sin mirar a la cara al que escuchaba.

Le dijo que sabía que llevaba tres años preparando un libro con Hans Vogel.

Que sabía que había arrancado doce páginas del cuaderno de Mateo.

Que sabía que las tenía en su estudio, a doce metros de donde estaban sentados, en una de las nueve carpetas grises del estante alto.

Que sabía que había fotografiado un folio y lo había mandado a Berlín el martes.

Y que el folio era falso, y lo había escrito ella, y lo había escrito Adrián Vega, y lo habían escrito los dos, y que ella lo había dejado en la caja diecinueve el domingo por la mañana con la puerta del archivo cerrada por dentro.

Severo escuchó sin moverse. Cuando Aurea terminó, se quedó mirando el fuego un rato largo.

—Aurea. Sabía que harías algo así. No la página falsa, eso no me lo esperaba: ahí me has ganado limpiamente.

—Severo…

—Déjame. Esto quiero decirlo bien, porque no lo voy a decir dos veces.

Aurea calló.

—La leí un martes por la mañana. A las cuatro y diez, cuando me la pusiste delante, pensé que era una nota de fábrica.

A las cuatro y veinte ya sabía lo que tenía en las manos y estaba haciendo esfuerzos para que no me temblaran, porque tú estabas a tres metros y llevas treinta y cinco años sabiendo qué hago yo con las manos.

Cuarenta años buscando una mención escrita a ese original, y me llega en un folio suelto dentro de una caja de cuentas de fábrica del quinientos, con la mano de Mateo hecha por alguien que sabe lo que hace.

Salí de allí a las siete y media. Vine andando.

Me senté en este sillón. Y no dormí esa noche.

Hizo una pausa.

—Hasta el jueves, cuando Hans me escribió diciendo que en Mondoñedo no había ni rastro de ese priorato, fui el hombre más feliz de Compostela.

Aurea cerró los ojos. Tenía las dos manos abiertas sobre las rodillas y no se atrevía a moverlas.

—No me la creí por mala —siguió Severo—. Era muy buena. La mano es de un profesional, la tinta está bien, el pergamino era del quinientos, y el latín tenía una construcción del trece tardío que yo tendría que haber visto en tres minutos y no vi en cuatro días. ¿Sabes por qué no la vi?

—No.

—Porque llevaba tres años necesitando creérmela. Eso es lo que un paleógrafo no puede cotejar: lo que quiere que sea verdad.

Severo cogió la copa. Bebió. La dejó otra vez.

—No te disculpes, por favor. Es lo mejor que has hecho en cuarenta años de oficio y lo has hecho contra mí. Yo, en tu sitio, habría hecho lo mismo. Peor: yo lo habría hecho antes.

—No he venido a disculparme.

—Lo sé. Has venido a ofrecerme dos cosas.

—He venido a ofrecerte dos cosas.

—Pues ofrécemelas. Pero antes déjame hablar una hora. Te lo debo. Llevo tres años hablando solo.

Aurea asintió, despacio.

Y Severo habló durante una hora.

Habló bien. Habló como hablaba en clase, en la Universidad, cuando Tareixa Bouzas tenía veintiséis años y salía de aquellas aulas convencida de haber entendido algo que no volvería a entender hasta muchos años después.

Habló del derecho a la verdad histórica.

Habló de los archivos custodiados de media Europa, de los fondos que las instituciones cierran por prudencia y abren cuando ya no queda nadie a quien puedan hacer daño.

Habló de que la historia de la Iglesia occidental está escrita, en su mayor parte, con lo que la Iglesia occidental decidió dejar ver.

Habló de Iona, del séptimo códice, de una liturgia del agua que Roma no habría aceptado y que sobrevivió porque un obispo viejo de una sede recién nacida decidió, una tarde de noviembre del año ochocientos veinticinco, mirar hacia otro lado.

Habló de que aquella decisión fue exactamente la misma que la red llevaba tomando mil doscientos años, y de que a la primera se la llamaba prudencia y a todas las demás, oficio.

Aurea lo dejó llegar hasta el final. Solo lo interrumpió una vez.

—Severo.

—Dime.

—Todo eso que estás diciendo es verdad.

Severo se detuvo.

—¿Y?

—Y no es un argumento. Es una descripción. Yo también sé describir esto. Llevo cuarenta y un años describiéndolo. Lo que quiero saber es qué pasa el día después de que se publique tu libro.

Severo tardó en responder.

—Pasa que alguien tiene que contestar.

—Contestar qué.

—Cualquier cosa. Que existimos, que no existimos, que somos una cofradía de viejos con manías.

Me da igual la respuesta. Lo que necesito es que exista la pregunta, y que la pregunta esté fuera, donde no la podamos administrar nosotros.

Aurea, dentro de esta casa hay nueve carpetas.

Nueve. Y solo yo sé lo que hay en cada una.

¿Te parece bien eso? ¿A ti, que has pasado la vida ordenando fondos para que cualquiera pueda encontrar cualquier cosa?

Aurea no contestó.

—Eso pensaba —dijo Severo—. Venga. Las dos opciones.

Aurea se las dio.

La primera le costó ocho minutos. La había preparado durante tres semanas, la había defendido delante de Fabián en dos conversaciones muy duras, y la expuso en el orden en que la había escrito: Severo retira el manuscrito, devuelve las copias, no publica.

Y la red, a cambio, empieza a abrirse al mundo académico de manera selectiva, y él es el interlocutor.

Con papel. Con nombre. Con firma. Los detalles se negocian en la asamblea, pero el principio es ese: él cede el libro, la red cede el silencio.

Cuando terminó, Severo estuvo callado casi un minuto.

—Aurea, te agradezco la primera opción. Sé lo que te ha costado proponerla. Sé que la has defendido tú frente a Fabián.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Fabián no la habría propuesto nunca y sigue estando de tu lado. Solo hay una manera de que eso pase.

Aurea bajó la vista.

—Pero no la voy a aceptar.

—¿Por qué no?

Y entonces Severo dijo la cosa que Aurea llevaba tres semanas sin considerar y a la que iba a dar vueltas durante veinte años.

—Porque el problema no es que la red no se abra. El problema es que va a abrirse mal si lo hago yo.

—Explícate.

—Si yo retiro el libro a cambio de un puesto de interlocutor, voy a ser yo el que controle qué se cuenta y cuándo.

Yo. Un canónigo de sesenta y cuatro años que lleva cuarenta aquí dentro y que tiene sus manías, sus preferencias y sus rencores como todo el mundo.

Y dentro de nada voy a estar muerto, y la apertura va a quedarse a medias, dependiendo de quién me suceda.

Que será alguien que no habrá pactado nada, porque el pacto lo habré firmado yo.

La red necesita un sacudón que no controle nadie.

Necesita una publicación que la obligue a responder, no que la deje negociar. Por eso voy a publicar.

Aurea se quedó mirando el fuego.

—Entonces te doy la segunda.

—Dámela.

—Podría ofrecerte lo que le ofrecimos a Morán. Una parroquia.

Severo levantó la vista, y por primera vez en toda la noche se rio. Fue una risa corta, de dos golpes, sin ninguna amargura.

—Aurea, por Dios.

Ella no se rio.

—Lo digo en serio. Es lo que la red hace.

—Es lo que la red hace con los que venden.

A mí me pones en Vilarpol y en tres semanas tengo a las tres ancianas transcribiendo el libro parroquial y a los cuatro meses he publicado un artículo sobre la fábrica de la iglesia en el Boletín de Lugo.

Sería el mejor destierro de la historia del oficio. Me estaríais haciendo un regalo.

—Ya lo sé.

—Entonces no me ofrezcas parroquias. Ofréceme lo que has venido a ofrecerme.

Aurea asintió.

—El destierro académico total. Ni un editor serio.

Ni una universidad. Ni un congreso. Ni una reseña.

Los oídos de la red están en más sitios de los que tú crees, y en marzo, cuando Vogel suba a la tarima de Múnich, va a haber tres personas en esa sala que ya sabrán qué decir.

Tus discípulos se van a ir alejando sin saber por qué.

Tus colegas van a dejar de contestarte los correos.

Y no va a haber vuelta atrás, Severo. Esto es para el resto de tu vida.

Severo la miró un buen rato. Tenía los ojos muy claros a la luz del fuego y una calma que a Aurea le pareció, en aquel momento, la cosa más insoportable de la noche.

—Aurea, lo sé. Y precisamente por eso lo voy a hacer.

Aurea lo miró.

—No lo entiendo.

—Lo vas a entender ahora.

Y se lo dijo.

Se lo dijo sentado, con las manos quietas, sin cambiar de tono, del mismo modo en que le había dicho durante treinta y cinco años que se le había acabado la tinta o que había llegado un legajo nuevo de la parroquia de Bugallido.