Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 10 · La carta interceptada #3
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Capítulo 10 · La carta interceptada #3

—La tenemos. Mirad la primera línea: el de Múnich le copia a Vogel su propia transcripción, palabra por palabra, con el nombre del objeto inventado escrito como yo lo escribí y con la falta de concordancia que yo puse a propósito en el genitivo.

Theca lignea taxi cum laminula plumbi. Esa frase solo existe en dos sitios del mundo: en mi cuaderno y en el folio.

Y por el folio han pasado justo tres pares de manos: las mías, las de Adrián y las de Severo.

Yo no se lo he enseñado a nadie más. Tareixa estuvo el lunes en la sala y no supo nunca qué había dentro de aquella carpetilla.

Anselmo Pereira no ha entrado en la sección IX-C en su vida.

Manuel Ouro no baja a la cámara desde octubre.

La única persona de este mundo que ha leído esas cinco palabras, aparte de nosotros tres, está en la Rúa Nova, catorce, primero.

Adrián se quedó pensando.

—¿Y ahora?

Aurea cerró los puños sobre la mesa, sin violencia, solo apretándolos como quien necesita estabilizar las manos. Tenía los dedos blancos en los nudillos.

—Ahora voy a hablar con él.

—¿Cuándo?

—Esta noche. En su casa. Después de cenar.

—¿Quieres que vayamos contigo?

—No. Iré sola.

—Aurea —dijo Clara—, ¿es prudente?

Aurea levantó la vista. Sonrió muy poco. Era una sonrisa que en esa cara, ese día, parecía costarle.

—Severo no me va a hacer daño, Clara. Severo me va a recibir con un brandy y me va a escuchar como ha escuchado todas las cosas importantes de los últimos cuarenta años. La cuestión no es si es prudente. La cuestión es si va a servir.

—¿Y qué le vas a decir?

—Le voy a decir lo que sé. Le voy a decir lo que la red sabe. Le voy a dar la oportunidad de retirarse antes de la asamblea. Y le voy a explicar las dos opciones que tiene.

—¿Las dos opciones?

—Sí. Como hicimos con Morán. Pero distintas, porque Severo no es Morán.

—¿Cuáles son?

Aurea bebió un sorbo de café. Dejó la taza. Apoyó las dos manos en la mesa y habló despacio, como si fuera leyendo de un papel mental que llevara preparado desde hacía semanas.

—La primera. Severo retira el manuscrito que está preparando con Vogel, devuelve las copias que ha hecho, no publica nada.

La red, a cambio, le concede algo que no le ha concedido a nadie en mil años: empieza a abrir el oficio de manera selectiva al mundo académico.

No todo. Pero algo. Severo será nombrado interlocutor.

Tendrá un papel oficial en esa apertura.

Los detalles los negociaríamos en la asamblea.

Pero el principio es ese: Severo cede el libro, la red cede el silencio absoluto.

Clara levantó las cejas.

—¿Eso lo va a aceptar la asamblea?

—No lo sé. Pero voy a defenderlo. Y Fabián también. Es la única salida que respeta a Severo y respeta al oficio.

—¿Y la segunda opción?

Aurea bajó la voz.

—La segunda opción es lo que la red hizo con Morán, adaptada.

El destierro académico total. No a una parroquia rural, en el caso de Severo, porque Severo no aceptaría nunca lo que aceptó Morán, y porque a un canónigo del Cabildo con treinta y cinco años de archivo no se le manda a decir misa a tres ancianas sin que el Cabildo entero se pregunte por qué.

Sino el bloqueo de todas las publicaciones, el veto de todas las editoriales académicas serias, la imposibilidad de cualquier carrera futura.

Y el silencio impuesto por todos los oídos de la red.

—Sería el fin de su vida intelectual.

—Sí.

Se hizo el silencio.

—Aurea —dijo Adrián—. ¿Tú querrías que aceptara la primera?

Aurea le sostuvo la mirada un momento.

—Sí.

—¿Por motivos de afecto?

—También. Pero sobre todo por una razón.

—¿Cuál?

—Porque si Severo acepta la primera, el oficio empieza a evolucionar. Después de mil cien años en silencio, da un primer paso hacia el siglo veintiuno. Y eso, aunque suene raro decirlo así, es lo que la red necesita.

Adrián la miró sorprendido.

—¿Tú crees que la red necesita evolucionar?

Aurea le devolvió la mirada con una calma extraña.

—Adrián. Llevo cuarenta y un años en el archivo y veintiocho en la red. Y llevo veinte años pensando que algo tendría que cambiar. Severo, en el fondo, no es tan diferente de mí como yo querría. La diferencia es que él decidió actuar y yo no.

Otra vez el silencio, y más largo. Adrián notó que aquella frase había sido dicha en voz baja, no como una concesión a Severo sino como una confidencia íntima.

Aurea, en aquel momento, estaba diciendo lo que no había dicho nunca en cuarenta años: que el oficio que ella custodiaba, y que defendía con todas sus fuerzas frente a la traición de su mejor amigo, era también un oficio que ella misma, en privado, llevaba cuestionando durante dos décadas.

Clara se inclinó hacia delante.

—Aurea. Si Severo acepta la primera opción, ¿estarás en paz con él?

Aurea sonrió, con una sonrisa que tenía algo de cansancio.

—No del todo. Pero suficientemente.

—¿Y si la rechaza?

Aurea se quedó mirando hacia la ventana.

—Si la rechaza, entonces la asamblea decidirá. Y yo aceptaré lo que la asamblea decida. Aunque me duela.

Pasó un rato largo sin que nadie hablara.

Adrián cogió la hoja del correo de Vogel. La releyó. Después la dejó sobre la mesa.

—Aurea.

—Dime.

—Cuando vayas a verlo esta noche, ¿quieres que te llamemos al móvil al final, para asegurarnos de que estás bien?

Aurea sonrió.

—No hace falta. Voy a estar bien. Severo es lo último de lo que tengo que protegerme físicamente. Aunque me decepcione, no me hará daño. Pero gracias.

—Si cambias de idea, llámanos tú.

—Lo haré.