Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 10 · La carta interceptada #2
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Capítulo 10 · La carta interceptada #2

—Yo. Severo no quiere revelarlo todo. Quiere publicar un libro académico que demuestra la existencia histórica de la red custodia.

Eso no es revelar el contenido. Es revelar la existencia.

Y la existencia, en cierto modo, ya está revelada: la red sabe que hay académicos que sospechan, y otros que han escrito sobre estas cosas con muchas menos pruebas.

La diferencia es que Severo tiene pruebas internas que ningún académico ha tenido nunca.

—Y por eso es peligroso.

—Y por eso es peligroso. Pero también por eso es legítimo, Adrián. Severo no está vendiendo. No está mintiendo. Está documentando algo que existe. Lo está documentando con rigor académico. La red puede no querer que lo haga. Pero negar que tenga el derecho intelectual de hacerlo es otra cosa.

Adrián la miró.

—¿Crees que tiene derecho?

Clara tardó en contestar.

—Creo que la pregunta es muy difícil. Y creo que es la pregunta más importante que hemos tenido delante en estos dos años.

Adrián asintió, despacio.

—¿Lo has hablado con Aurea?

—No. No he querido. Aurea está con el peso entero del caso encima. No es buen momento para que yo me ponga a discutirle el principio del oficio. Será para después. Si esto se resuelve bien, Aurea y yo tendremos esa conversación. Y si no se resuelve bien, también.

—¿Y conmigo, por qué lo has hablado esta noche?

—Porque tú eres el único que puede entenderlo. Y porque mañana, o pasado, va a llegar la confirmación. Y a partir de ese momento ya no va a haber tiempo para pensar. Solo va a haber tiempo para actuar.

Adrián cogió el cuenco de vino. Bebió con parsimonia.

—¿Y qué hacemos, Clara?

—Lo que estamos haciendo. Aurea nos ha pedido ayuda. Le hemos dado palabra. La trampa está puesta. No podemos retirarnos ahora.

—Lo sé.

—Pero podemos pensar, después, qué papel queremos tener cuando la red lo confronte. Y qué le vamos a decir si pide hablar con nosotros.

Adrián la miró.

—¿Crees que lo va a pedir?

—Sí. Lo va a pedir. Y va a tener razones, parciales pero razones, para algunas de las cosas que diga. Lo único que tenemos que hacer, tú y yo, es estar preparados para no descomponernos cuando las oigamos.

Adrián guardó silencio. Acabó la empanada. Pidió otra ronda de vino. La mujer mayor de la otra mesa cerró su libro, se levantó despacio, pagó en la barra, salió a la calle. La taberna quedó casi vacía.

—Clara.

—Dime.

—Cuando todo esto termine, tú y yo tenemos esa conversación que dijiste el sábado.

—Sí.

—¿Te la has preparado ya?

Clara levantó la vista. Lo miró un rato.

—Llevo cinco meses preparándomela.

Adrián no preguntó más.

El jueves y el viernes fueron días sin novedades.

Adrián y Clara iban al archivo por la mañana, salían a comer juntos al mediodía, daban un paseo después por el casco viejo, volvían al archivo media tarde, volvían al Hostal a las siete.

Aurea trabajaba en su mesa, atenta al teléfono, con el correo abierto siempre en una pestaña del ordenador del archivo.

Tareixa entraba y salía con la regularidad habitual, dando sus visitas oficiales en el Pórtico, comiendo a veces con ellos, cenando una noche con Adrián y Clara en el comedor del Hostal cuando Aurea se quedó trabajando hasta tarde.

Durante esa cena con Tareixa, Adrián se enteró por primera vez de algunas cosas pequeñas.

Tareixa había nacido en una aldea cerca de Lestedo, casualmente, de donde venía la propia Aldonza de Lestedo del cuaderno de Mateo.

Tareixa lo había descubierto cuando estudiaba el máster, comparando archivos parroquiales medievales: su propia familia llevaba siglos viviendo en la misma aldea que había dado, ochocientos años antes, a la primera mestra cantareira documentada del oficio compostelano.

Era una coincidencia que Tareixa había decidido no contar nunca a Aurea durante los tres primeros años en la red, por miedo a que se interpretara como un intento de ganarse un lugar en la cadena.

Solo se lo había confiado a Xoán Ferro, en una conversación de invierno de hacía cinco años, en la casa del campanero.

Xoán había escuchado, asentido, y le había dicho una cosa que Tareixa repitió aquella noche en el comedor del Hostal:

— Miña, las coincidencias del oficio son las que confirman que el oficio nos eligió, no nosotros a él. No tengas miedo de eso. Ten miedo solo de los que dicen que las coincidencias no existen.

Adrián la escuchó sin interrumpir. Clara, también. La cena se prolongó hasta casi la medianoche. Tareixa se fue a su casa en taxi. Adrián y Clara subieron juntos a las habitaciones, sin prisa, hablando poco.

El sábado, la espera terminó.

A las once de la mañana, Aurea les pidió que fueran al archivo de inmediato.

Cuando llegaron, los recibió en la puerta del despacho con la cara contraída de quien no ha dormido.

Tenía las gafas en la mano, no en la cara.

Llevaba el mismo jersey gris del día anterior.

El pelo, peinado con menos cuidado que de costumbre, le caía sobre la frente en mechones cortos.

—Pasad. Cerrad. Sentaos.

Sobre la mesa había dos hojas impresas. Aurea las giró hacia ellos.

—Esto me lo acaba de mandar un colega de Múnich. Ha llegado por correo electrónico hace tres horas.

Adrián cogió una. Era el texto de un correo, en alemán, con una traducción adjunta debajo. La traducción decía:

Estimado Hans, recibí tu mensaje del jueves.

Acerca del objeto que mencionas —copio tu propia transcripción: «theca lignea taxi cum laminula plumbi», arqueta de tejo con lámina de plomo, en el priorato de San Pedro de Vilanova, diócesis de Mondoñedo—, no he podido localizar referencias en ningún registro consultable.

Ni en Salamanca ni en Burgos ni en Toledo.

La descripción, sin embargo, encaja con un tipo de arqueta que se documentó en monasterios benedictinos del norte de la península durante los siglos doce y trece.

Si la pieza existe físicamente, no aparece catalogada en ningún sitio al que tengamos acceso.

¿Tienes idea de en qué fondo monástico podría estar?

Sin esa pista, va a ser muy difícil. Pero te ayudo en lo que pueda.

He preguntado también a Wachtmeister, en Frankfurt, por si él tiene alguna referencia. Te responderé en cuanto sepa algo.

Adrián levantó la vista.

—¿Quién lo manda?

—Un profesor de paleografía de Múnich. Es una persona seria, no de los nuestros, pero amigo personal de un canónigo de Burgos que sí lo es.

El canónigo de Burgos lo redirigió a mí en cuanto vio el contenido.

Vogel lleva tres días preguntando a varios paleógrafos europeos sobre un objeto custodio que solo está mencionado en una página del cuaderno de Mateo. La página falsa.

Clara cogió la hoja y la leyó completa.

—Vogel está actuando a partir de la copia que Severo le mandó.

—Exactamente.

—¿Tenemos prueba de que Severo se la mandó él, no otra persona?

Aurea asintió.