Capítulo 10 · La carta interceptada
Pasaron seis días.
El domingo por la mañana, Aurea dejó el folio falso en la caja diecinueve, como había planeado.
Había llegado al archivo a las ocho y veinte, había cerrado la puerta con llave por dentro, había bajado a la sección IX-C, había sacado la caja, había abierto el legajo de cuentas por la mitad exacta y había deslizado allí, con una pinza fina de archivero y dos minutos de calma, la página escrita por Adrián.
La había dejado con el borde asomando un milímetro, lo justo para que un ojo entrenado lo viera y no lo suficiente para que pareciera puesto.
Había cerrado la caja. Había subido. Había redactado el parte de hallazgo con su letra cuidada, lo había fechado, lo había firmado.
Había encendido la lámpara verde y había esperado a que el día empezara.
El lunes, Tareixa entró a las nueve. Saludó. Aurea le contestó con la misma cortesía de siempre. No le preguntó nada. Tareixa, sin saber qué pasaba, tampoco preguntó. Llevaba meses entrenándose en no preguntar. Era la disciplina que el oficio le exigía durante las semanas previas al solsticio.
Severo Anllóns entró al archivo a las cuatro en punto, con la puntualidad casi mecánica que llevaba treinta años practicando.
Saludó a Aurea con la cordialidad habitual, sin nada distinto, sin tensión visible.
Aurea le devolvió el saludo del mismo modo.
Severo pidió el cuaderno. Aurea se lo dio sin protocolo, dentro de su caja archivística, con los guantes de algodón y los paños limpios encima.
Lo dejó sobre la mesa lateral, bajo la lámpara que quedaba reservada para él los lunes. Severo se sentó.
Estuvo allí tres horas y media.
Aurea, desde su escritorio, lo observó de reojo durante todo ese tiempo, sin que él lo notara.
Severo cogía sus notas en un cuaderno de tapas negras que llevaba siempre, marca Moleskine, hojas blancas sin pautar, escritas siempre con un bolígrafo Pilot fino de tinta negra que él mismo se traía.
De vez en cuando levantaba la vista, miraba hacia la ventana, pensaba un momento, y volvía a escribir.
Pasaba las páginas del cuaderno de Mateo poco a poco, deteniéndose unos segundos en cada folio, otra vez para volver atrás dos o tres páginas, repasando una sección que ya había leído, comparando.
Aurea le puso el folio delante a las cuatro y diez, dentro de una carpetilla de conservación, sin ceremonia, del mismo modo en que se habían pasado documentos el uno al otro durante treinta y cinco años.
—Apareció ayer en la diecinueve. Suelta. Dime qué es.
Severo se puso los guantes. Miró el folio treinta segundos sin tocarlo. Después lo tocó.
Aurea volvió a su mesa y no levantó la vista.
Severo estuvo con aquel folio, sin pasar a otra cosa, hasta las siete y media.
En algún momento de la tarde dejó el bolígrafo sobre la mesa y se quedó mirando la ventana durante mucho rato, y Aurea, que llevaba media vida sabiendo lo que significaba cada uno de los silencios de aquel hombre, tuvo que apretar los dientes y seguir escribiendo.
A las siete y media Severo cerró el cuaderno de Mateo, recogió sus cosas, devolvió el folio a Aurea con una sonrisa amable, y se despidió hasta el lunes siguiente.
Le deseó buenas tardes. Comentó, de pasada, que el invierno se estaba alargando este año más que el anterior.
Aurea le contestó con un tópico equivalente.
Severo salió por la puerta del archivo y bajó al patio interior, donde Aurea, desde la ventana de la primera planta, lo vio caminar hacia el portón de salida con la misma calma de siempre, sin acelerar el paso, deteniéndose un segundo a saludar al portero del Cabildo antes de irse.
Aurea esperó hasta que la puerta se cerró tras él.
Después se acercó a la mesa lateral. La carpetilla estaba allí, cerrada, con el folio dentro, intacto.
Severo no se lo había llevado. No hacía falta: Aurea había visto, desde su sitio, sin mirar, el reflejo del flash del móvil de Severo dos veces contra el cristal de la vitrina.
Se sentó. Se quitó las gafas. Se apretó el caballete de la nariz con dos dedos, a su ritmo, y estuvo así más tiempo del que ninguna de las dos personas que la conocían bien le habría permitido si hubiera estado delante.
Aurea volvió a su escritorio y escribió un mensaje breve a Adrián y a Clara.
Lo escribió en un papelito amarillo, doblado, que mandó a entregar al Hostal por una de las personas de mantenimiento del Cabildo, una mujer mayor llamada Guadalupe que llevaba veinte años siendo enlace discreto de Aurea para mensajes que no convenía escribir por móvil.
Severo ha leído. Y ha copiado. Empieza la cuenta atrás.
Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Adrián y Clara siguieron yendo al archivo cada mañana, como si nada hubiera cambiado.
Aurea les mantenía ocupados con tareas reales: catalogación de algunas piezas menores, repaso de fragmentos del cuaderno que ya tenían identificados, traducción de pasajes en latín que no estaban del todo claros.
Era trabajo de archivero corriente, el tipo de cosa que se hacía siempre, y servía para no levantar sospechas si Severo entraba en algún momento sin avisar y los veía allí.
Severo no entró. Su turno habitual era el lunes. Y Severo, que era un hombre de costumbres, raramente alteraba sus turnos.
Pero, por debajo de la rutina, todos esperaban lo mismo: una llamada, un correo, una señal de algún oído de la red europea avisando de que Hans Vogel había empezado a preguntar.
El miércoles por la noche, Adrián cenó con Clara en una taberna pequeña cerca del Hostal.
Habían escogido un sitio donde nadie los conocía, una taberna que ofrecía pulpo y vino joven, con cuatro mesas mal iluminadas, regentada por una pareja de mediana edad que servía sin protocolo.
Adrián pidió empanada de bacalao y un plato pequeño de queso.
Clara, una sopa de marisco modesta. Compartieron una jarra de vino blanco joven que el dueño les sirvió en cuenco de barro, la manera tradicional gallega que Adrián no había visto antes en ningún sitio salvo en libros viejos sobre tabernas del interior.
—¿Crees que va a tardar mucho? —preguntó Clara, mientras servía vino.
—Aurea dijo una semana o diez días.
—Pueden ser más. Vogel es un académico ocupado.
Si Severo le mandó la copia el martes, Vogel quizás no la abrió hasta el miércoles.
Si decidió escribir a colegas, quizás no lo hizo hasta el jueves o el viernes.
Estos días entre semana, con sus clases, con sus comités universitarios, son días en los que un email a un colega se aplaza con facilidad.
—Y los colegas de Vogel, cuando reciban su pregunta, también pueden tardar.
Comieron en silencio un rato.
—¿Has pensado en Severo estos días?
Adrián miró el plato.
—Todos los días.
—¿Y?
—Pienso en él cada noche, antes de dormir. Pienso en lo que va a pasar cuando la red lo confronte. Pienso en si la red va a saber confrontarlo bien. Pienso en la mesa de su casa, la del viernes por la noche, con las velas y el aguardiente y el lacón. Y pienso en las nueve carpetas del estante alto.
—Yo también. Yo pienso, sobre todo, en una cosa que dijo después de la cena, cuando ya nos íbamos. Lo de que él tomó una decisión hace tres años. Eso me llama la atención.
—¿Tres años?
—Tres años. Lo dijo así. Os enfrentáis a un hombre que tomó una decisión hace tres años y que la asume. Si la decisión la tomó hace tres años, eso significa que el libro lleva tres años en proceso. No un año, como Aurea cree.
Adrián se quedó pensando.
—Es posible.
—No solo es posible, Adrián. Es probable.
Un libro académico de la categoría que él pretende publicar no se hace en seis meses.
Tres años es justo lo que tarda un proyecto serio.
La decisión es de hace tres años. Las páginas las arrancó hace dos meses.
Lo demás lo hizo en privado, con sus copias personales del cuaderno, sin tocar el original.
—Aurea no había barajado esto.
—No.
—¿Crees que cambia algo?
Clara dejó el cuenco sobre la mesa.
—Sí. Cambia que Severo no actuó por impulso. No es un hombre que se desplomó moralmente en algún momento de septiembre y empezó a arrancar páginas a la desesperada. Es un hombre que llevaba pensando esto durante tres años, y solo arrancó las páginas cuando ya no le quedaba más remedio.
—¿Más remedio?
—Cuando ya tenía el libro escrito en lo esencial, y necesitaba el material físico para certificarlo.
Aurea ha visto solo la fase final. Ha visto el momento en que Severo, después de tres años de preparación silenciosa, dio el paso visible.
Pero el resto, los tres años anteriores, han ocurrido sin que la red se enterara.
Adrián levantó la vista.
—Y eso significa que cuando lo confrontemos, no vamos a confrontar a un canónigo que se equivocó hace dos meses. Vamos a confrontar a un hombre que llegó a esa decisión despacio, con cuidado, y que ha tenido tres años para preparar todas sus respuestas.
Adrián dejó el cuenco sobre la mesa sin haber bebido.
Nadie contestó.
Comieron sin hablar durante un rato más. La taberna estaba casi vacía. Una mujer mayor en otra mesa cenaba sola, leyendo un libro pequeño bajo la luz baja. El dueño, detrás de la barra, secaba copas con un trapo blanco.
—Adrián. Hay otra cosa.
—Dime.
—Llevo seis días pensando si la red está en lo correcto al silenciar a alguien que ha decidido revelar al mundo lo que la red guarda. Y no termino de tener la respuesta clara.
Adrián la miró.
—¿Tú?