Capítulo 9 · La trampa de la Cuaresma #3
Escribió, despacio, la página entera. La pluma, esta vez, ya no temblaba.
La mano había encontrado al maestro. Las letras salían con la inclinación correcta, con el ritmo correcto, con los descuidos pequeños que dan a una página manuscrita la apariencia de espontaneidad.
Aurea, a su lado, no decía nada. Solo miraba.
Cuando terminó, dejó la pluma. Tenía la mano cansada. Los dedos, ligeramente manchados de tinta. Una pequeña gota de sudor en la sien que se había secado sola sin que él lo notara.
Aurea cogió la página. La miró bajo la luz de la lámpara verde. La giró. Comprobó la disposición del texto, la inclinación de las letras, la calidad del trazo. Sacó una lupa pequeña del cajón. La pasó por encima del pergamino, despacio, examinando cada línea.
—Está bien, Adrián. Está muy bien. Mejor de lo que esperaba.
Adrián asintió, sin alegría. Se levantó. Caminó hasta la ventana. Apoyó la frente contra el cristal, frío, durante un momento.
—¿Cuándo se deja?
—Mañana domingo, a primera hora. Yo misma lo haré.
El archivo está cerrado al público los domingos.
Solo entro yo, con permiso del cabildo, una vez al mes para tareas de mantenimiento.
Mañana entraré con esa coartada. Nadie sabrá.
Y el parte de hallazgo llevará la fecha de mañana, que es precisamente el día en que a mí me toca revisar fondos ajenos.
Todo encaja. Eso es lo que más me avergüenza: lo bien que encaja.
—¿Y Severo?
—Lo verá el lunes por la tarde. Severo tiene el cuaderno los lunes.
Es un acuerdo antiguo entre los dos: el cuaderno de Mateo no se saca de la cámara más que un día a la semana, y ese día es suyo.
Los demás días trabaja en lo suyo, en su mesa, a tres metros de la mía, y no lo pide.
Lo leerá. Lo copiará. Es lo que hace siempre con las páginas nuevas que él considera importantes.
Y, esta página, va a considerarla importante.
—¿Y después?
—Después esperaremos a Vogel. A las preguntas que Vogel empezará a hacer. La red tiene oídos en varias instituciones académicas europeas. Si Vogel manda emails preguntando por la arqueta del priorato inexistente, alguien nos avisará. Una semana, diez días, como mucho.
Aurea cogió la página falsificada. La metió con cuidado en una carpeta de cartón gris, sin etiqueta. La carpeta se cerró con un broche pequeño de metal.
—Hemos hecho lo que teníamos que hacer.
Adrián volvió a la mesa. Recogió las hojas de prueba donde había practicado durante la tarde. Aurea le sostuvo la mirada un momento.
—Esas las quemamos.
Aurea fue al rincón del despacho, abrió un pequeño armario empotrado, sacó una bandeja metálica, una caja de cerillas. Volvió a la mesa. Adrián puso las hojas en la bandeja. Aurea les prendió fuego con una sola cerilla.
Las hojas ardieron despacio. La tinta ferrogálica, al quemarse, soltaba un olor leve a hierro oxidado y a madera.
Los tres se quedaron mirando el fuego sin hablar.
Cuando el fuego se apagó, Aurea recogió las cenizas con una pequeña pala, las echó en una bolsa de papel, y se la guardó en el bolsillo del abrigo.
—Las tiraré por el desagüe del patio. No conviene dejar restos en el archivo.
Salieron del archivo a las nueve. Habían trabajado más de cuatro horas.
Adrián tenía la mano dolorida, los ojos cansados, y una sensación rara en el pecho: una mezcla de orgullo profesional —la página había salido buena, mejor de lo que él mismo esperaba— y de náusea ética que no se quitaba con nada.
Mientras caminaban hacia el Hostal por las calles vacías, Clara dijo, en voz baja:
—Adrián.
—Dime.
—Lo que acabamos de hacer no se puede deshacer.
—Lo sé.
—Aunque la página la quememos al final, hemos cruzado una línea.
Adrián dejó pasar unos segundos. Se miró la mano derecha, que le seguía oliendo a hierro.
—La hemos cruzado.
—¿Estás bien?
Adrián se detuvo un momento. Miraron la fachada de la Catedral, iluminada en la noche por focos amarillos, recortada contra el cielo negro de invierno. La torre de la Berenguela, alta, oscura, con la pequeña veleta que apenas se distinguía contra las nubes.
—Estoy bien, Clara. Pero esta noche me cuesta mirar la Catedral sin pensar que dentro hay alguien escribiendo el libro que la va a desnudar entera. Y que si no le paramos, lo va a publicar.
Clara no dijo nada. Esperó.
—Y al mismo tiempo no consigo pensar en Severo como un enemigo.
Es lo que más me cuesta. En Sevilla, con Morán, era distinto.
Morán era un canónigo vendido por dinero.
La emoción dominante era el desprecio. Aquí, con Severo, no tengo desprecio.
Tengo otra cosa. Tengo un respeto incómodo.
Y eso, para hacer lo que estamos haciendo, es lo peor que puedo tener.
Clara le puso la mano en el brazo.
—No es el peor sentimiento. El peor sería la ligereza.
La ligereza con la que un restaurador joven, hace veinte años, te habría escrito esa página sin darle muchas vueltas, pensando solo en la calidad técnica del trabajo.
Tú no estás haciendo eso. Tú estás haciendo lo que tienes que hacer, y al mismo tiempo no estás dejando de pensar en lo que significa. Eso es lo que te diferencia.
Adrián la miró.
—¿De Severo?
Clara tardó un segundo.
—De Severo, también. Severo está haciendo lo que él cree que tiene que hacer, y al mismo tiempo no está dejando de pensar en lo que significa. Por eso no podemos pensar en él como en un enemigo. Es el reverso exacto de nosotros. Solo que en el otro lado de la moneda.
Caminaron en silencio el resto del camino.
Cuando llegaron al Hostal, antes de subir a la habitación, Adrián se detuvo en el vestíbulo. Sacó la llave de Xoán Ferro del bolsillo. Se quedó un momento sosteniéndola bajo la luz tenue.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
—Que esta semana, todo lo que pase, va a pasar muy rápido.
—Sí.
—Y nosotros también.
Clara no respondió.
Subieron a la habitación. Adrián guardó la llave en el cajón de la mesilla, no en la chaqueta esta vez. Se quitó los zapatos. Se sentó al borde de la cama. Clara se sentó frente a él, en el sillón.
—Adrián.
—Dime.
—Cuando todo esto termine, tú y yo tenemos que tener una conversación.
—Lo sé.
—Pero no esta noche.
—No esta noche.
—Hoy, lo que necesito es saber que estás bien.
Adrián la miró un momento.
—Estoy bien.
Clara asintió. Se levantó. Le besó en la frente, brevemente, y salió de la habitación.
Adrián se quedó solo. Apagó la lámpara. Se metió en la cama. La habitación quedó en penumbra, con la única claridad que entraba de la calle, una claridad amarilla, baja, que se movía lentamente sobre el techo según pasaba algún coche por la plaza.
Esa noche durmió seis horas seguidas, por primera vez desde que habían llegado a Compostela. Seguramente la fatiga del trabajo en la página falsa lo había vaciado por dentro lo suficiente como para que el sueño llegara sin resistencia.
Al amanecer del domingo, Aurea entraría al archivo a las ocho y veinte.
Habría unos minutos sola en el despacho, antes de que llegara nadie.
Bajaría a la sección IX-C. Sacaría la caja diecinueve, un legajo de cuentas de fábrica del quinientos que nadie había abierto desde el noventa y uno.
Y allí, con la calma de cuarenta y un años de archivera, dejaría el folio que Adrián había escrito, entre dos pliegos, ni muy visible ni muy escondido, con el borde asomando lo justo.
Después subiría, redactaría el parte de hallazgo, lo fecharía, lo firmaría, y esperaría a que el día empezara como cualquier otro.
A las cuatro de la tarde del lunes siguiente, Severo Anllóns entraría al archivo, como hacía cada lunes, a sentarse tres horas con el cuaderno.
Saludaría a Aurea. Y Aurea, sin levantar la vista de su mesa, le diría que antes de que se pusiera con lo suyo le agradecería que echara un ojo a una cosa que había aparecido el domingo en un sitio donde no debía estar.
Y él leería la página.
Y no dormiría esa noche.
Pero esta vez la copia se la mandaría a Hans Vogel, en Berlín, con una nota en la que pediría que le buscara información sobre una arqueta de madera de tejo conservada en un priorato inexistente de un convento que nunca había existido.
Y entonces la red lo sabría con certeza.
Y aquella semana, mientras Compostela cubría poco a poco sus calles con las primeras luces de Adviento que los comerciantes empezaban a colgar, y mientras los peregrinos finales del año caminaban hacia la Catedral por la Rúa do Franco con la lentitud cansada de quienes han hecho un Camino largo, la red compostelana, en silencio, esperaba.