Capítulo 9 · La trampa de la Cuaresma #2
—Lo sé. Y por eso te he convocado a primera hora.
No quiero que decidas con prisa. Si me dices que no lo vas a hacer, lo busco a otra persona.
La red tiene tres restauradores que podrían hacerlo.
Ninguno tan bueno como tú, pero suficientes.
La diferencia es que esos tres son de Compostela, y uno de ellos tiene relación cercana con Severo.
Si lo llamo, hay riesgo de filtración. Tú no tienes esa relación.
Eres el único restaurador del oficio que está fuera del círculo de Severo.
Por eso te lo pido a ti. Pero no te lo impongo. Si me dices que no, lo entenderé.
Adrián miró a Clara. Clara le sostuvo la mirada un momento.
—Adrián —dijo ella, con voz baja—. Esto es decisión tuya.
Yo no puedo decir nada. Pero, si te ayuda saberlo, yo, en tu sitio, lo haría.
Y lo haría no por Aurea, sino por el oficio.
La red tiene derecho a defenderse de quien la quiere desnudar.
Aunque los métodos sean discutibles. Y esa página es un método discutible.
Pero tiene una proporcionalidad: una falsa para detener un libro entero.
Una contra muchas. No es la peor proporción que he visto.
Adrián volvió a mirar a Aurea.
—¿Cuándo?
—Hoy. Esta tarde. Vais a venir aquí a las cinco. Trabajaremos los tres juntos. La página tiene que estar lista esta noche. Mañana domingo, a primera hora, la dejo yo misma donde tiene que aparecer. El lunes por la tarde, cuando Severo entre al archivo, se la pongo delante.
—¿Y nosotros?
—Vosotros os quedáis fuera del proceso a partir del lunes.
No vais a entrar al archivo. Vais a hacer vida normal.
Si Tareixa os llama, salís a tomar algo con ella.
Si os apetece visitar la Catedral, lo hacéis.
Pero no os acercáis al archivo. No quiero que vuestra presencia coincida con la entrada de Severo en el cuaderno.
—¿Y después?
—Después esperaremos. A Vogel. A las preguntas que Vogel empezará a hacer a sus colegas. La red tiene oídos en varias instituciones académicas europeas. Si Vogel manda emails preguntando por una arqueta inexistente en un priorato inexistente, alguien nos avisará.
—¿Cuánto tarda?
—Una semana. Diez días, como mucho.
Adrián se quedó callado un rato largo. Después dijo:
—Lo haré.
Aurea cerró un momento los ojos.
—Gracias, Adrián.
—No me las des. Lo hago por el oficio, como ha dicho Clara. Pero también lo hago por ti. Llevas semanas sola con esto. No es bueno para nadie llevar algo así durante tanto tiempo en silencio.
Aurea asintió, sin sonreír. Se puso las gafas otra vez. Se enderezó.
—A las cinco en punto, entonces. Esta tarde.
Adrián y Clara comieron en una pequeña casa de comidas de la Rúa do Vilar, una taberna estrecha con tres mesas y una barra, regentada por una mujer mayor que los recibió en gallego, y a la que Clara, en el español que se aprende viviendo en Barcelona, contestó con el «boa tarde» justo.
Comieron empanada de zorza, sopa, un pequeño postre de filloas con miel.
Hablaron poco. Clara apenas tocó la sopa.
Adrián, durante el segundo plato, se quedó un momento mirando hacia la ventana, donde una niña de unos seis años, a través del cristal empañado, hacía caras al perro pequeño de un viejo que pasaba.
A la cinco menos cuarto, salieron de la taberna y caminaron hacia el archivo.
A las cinco en punto, Adrián y Clara estaban de vuelta en el archivo del Cabildo.
Aurea había preparado todo lo necesario.
Sobre la mesa larga había una hoja de pergamino antiguo, recortada del tamaño exacto de las páginas del cuaderno de Mateo.
Una pluma de oca, seleccionada con cuidado y cortada esa misma mañana por Aurea con un cuchillo afilado, formándole una punta dura y precisa.
Un tintero pequeño con tinta ferrogálica reciente, mezclada para parecer del siglo doce: agua de roble, sulfato de hierro, goma arábiga, sin las correcciones que se habían introducido en la fórmula a partir del siglo dieciocho.
Una bandeja con varios libros abiertos por páginas concretas, todos con muestras de la letra de Mateo: el cuaderno mismo, abierto por una página en buen estado para tenerla a la vista.
Una transcripción ampliada de una de las páginas.
Una serie de fotografías de detalle de las grafías más características.
Y, sobre la mesa, un papel con el texto que Adrián tenía que copiar, ya redactado por Aurea en latín medieval, dispuesto con saltos de línea calculados para que cupiera igual en el espacio de la página falsa, sin sobras, sin huecos sospechosos.
—Siéntate —dijo Aurea—. Practica primero en hojas de papel normal. No tengas prisa. La página la haremos cuando la mano ya esté hecha.
Adrián se sentó. Cogió la pluma. La sostuvo un momento sin escribir.
Pensó en su taller de Sevilla. En los años de oficio.
En las restauraciones cuidadosas, casi reverenciales, de manuscritos del siglo dieciséis.
Pensó en cómo le habría reído Salvatierra si le hubiera dicho que algún día, en Compostela, iba a falsificar una página del Maestro Mateo para cazar a un canónigo traidor.
Pensó que la falsificación, en sí misma, era el revés moral del oficio del restaurador: el restaurador devolvía a un manuscrito su forma original, intentando borrar las huellas del paso del tiempo sin añadir nada nuevo.
El falsificador hacía lo contrario, añadía algo nuevo y borraba la huella de su propia adición.
Eran dos oficios opuestos. Un buen restaurador, con la práctica, aprendía a reconocer las falsificaciones por instinto.
Un buen falsificador, también con la práctica, aprendía a engañar al restaurador.
Aquella tarde, Adrián iba a pasar por primera vez en su vida del lado del falsificador.
Y, peor aún, lo iba a hacer sabiendo que, si algún colega suyo de Sevilla viera la página, la reconocería como falsa en dos minutos.
—Ten en cuenta —dijo Aurea, sentándose a su lado—, que la página solo tiene que aguantar tres días.
El lunes, Severo la lee. El martes, la fotografía.
El miércoles, se la manda a Vogel. A partir de ahí, ya da igual.
La página podemos retirarla del inventario ese mismo miércoles y sustituirla por una nota que diga: folio ausente, retirado por A. Vilaboa para análisis.
—Tres días.
—Tres días.
Adrián mojó la pluma en la tinta. Y empezó.
Al principio, la mano le tembló más de lo que esperaba.
No era el peso de la pluma, que era la pluma con la que él trabajaba a veces en restauraciones, sino la conciencia de lo que estaba haciendo.
Las primeras letras le salieron irregulares, demasiado nerviosas, sin la calma que la letra de Mateo tenía en sus mejores páginas.
Aurea no le dijo nada. Lo dejó practicar.
Se quedó a su lado, en silencio, mirando la mano de Adrián moverse despacio sobre el papel de prueba.
Al cabo de quince minutos, las letras empezaron a estabilizarse.
Adrián había encontrado el ritmo. Recordó, sin querer, una frase que un restaurador viejo le había dicho en su primer año de aprendizaje, en un taller de Granada, hacía ya veinte años: La mano sigue al maestro, no al dibujo.
Estudia al maestro. Cuando lo conozcas, la mano te seguirá a ti.
Adrián cerró los ojos un momento. Pensó en Mateo.
En el escultor del Pórtico. En el hombre que durante veinte años había firmado cada capitel con un pequeño detalle vegetal.
En el hombre que se había escondido a sí mismo en el parteluz, mirando hacia el suelo.
En el hombre que había escrito, una noche, sobre la piedra negra que sostenía la cripta del Apóstol y que era anterior a la fábrica.
En el hombre que había confiado a Aldonza un texto que ella, después de su muerte, había añadido al cuaderno con su letra para que no se descubriera.
Mateo había sido un escritor cuidadoso pero no perfecto.
Su letra estaba marcada por los años de oficio.
Tenía cierta inclinación lateral, el descuido pequeño en los finales de las líneas, las correcciones tachadas y rehechas, la manera muy particular de cerrar las eñes nasales latinas con un trazo curvo más prolongado de lo habitual.
Adrián abrió los ojos. Volvió a la pluma.
Estuvo escribiendo casi tres horas. Aurea se sentaba a su lado, le iba corrigiendo las letras, le mostraba detalles de la mano de Mateo.
Aquí la pe es más cerrada, mira. Aquí la i no lleva punto, así.
La g final, así, no así. Clara, mientras tanto, repasaba con un cuaderno los textos auténticos para asegurarse de que el latín y el estilo encajaban, comprobando palabra por palabra que el vocabulario del texto falso no tuviera ninguna palabra que Mateo no hubiera usado en el resto del cuaderno.
A las siete, Aurea trajo café y tres pequeños bollos de manteca que se habían quedado en la cocina del archivo. Comieron en silencio, sin levantarse, sin desordenar la mesa. Adrián se mojó los dedos en agua fría antes de seguir, para evitar manchar el pergamino con grasa de la manteca.
Hacia las ocho de la noche, Adrián cogió por fin la hoja de pergamino verdadera.
Se quedó un momento mirándola. La hoja, de un amarillo pálido, mostraba la textura granulada del pergamino antiguo, con un par de pequeñas imperfecciones al borde derecho que le daban credibilidad.
Adrián la palpó con el dorso de los dedos.
Estaba seca pero no quebradiza. Era buena.
El restaurador que la había guardado doce años antes en la cámara acorazada del Cabildo había sabido lo que hacía.
—Estás listo —dijo Aurea.
—Lo estoy.
Adrián mojó la pluma. Respiró un momento. Empezó.