Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 9 · La trampa de la Cuaresma
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Capítulo 9 · La trampa de la Cuaresma

El sábado por la mañana, Aurea los recibió en el archivo a las nueve, una hora antes de lo habitual.

La luz de diciembre, gris pálida, entraba por los ventanales del despacho con esa indecisión propia de las mañanas compostelanas en las que tarda en hacerse de día y al mediodía la claridad sigue siendo lechosa.

Aurea había encendido la lámpara verde y un segundo flexo articulado que no estaba el día anterior, dirigido hacia la mesa lateral.

La cafetera estaba ya servida. Había tres tazas dispuestas, vacías.

Sobre la mesa larga, unas hojas de papel grueso, cuadradas, junto a una tinta y dos plumas antiguas.

—Sentaos. Hay café. Servíos vosotros.

Adrián y Clara se sirvieron. Aurea, esta vez, se quedó de pie junto a la mesa, con las dos manos apoyadas en el borde.

—Quería veros antes que a nadie hoy. Voy a contaros lo que pienso hacer. Va a ser fuerte. Necesito vuestra opinión antes de decidir definitivamente. Y necesito vuestro consentimiento si el plan os incluye, que lo hace.

Clara levantó la vista.

—Adelante.

Aurea respiró un momento. Era un gesto que Adrián le había visto durante la semana solo dos veces: cuando había contado lo del cuaderno dañado y cuando había hablado del séptimo códice. Aurea respiraba así cuando se preparaba para decir algo que llevaba mucho tiempo callado.

—Lo que cenasteis ayer con Severo confirma lo que yo ya pensaba.

Severo no se está escondiendo. Severo está esperando.

Lo que él espera es que la red lo confronte.

Y lo que él espera para esa confrontación es tener, ya en sus manos, el material físico que sostiene su libro.

Eso significa que en algún momento de los próximos días Severo va a llevar las páginas arrancadas, o copias suficientemente buenas de ellas, a Hans Vogel, en Berlín.

Vogel tiene un congreso de paleografía a finales de marzo.

Es la fecha probable de presentación pública.

Si llegamos al solsticio sin haber actuado, Severo tendrá tres meses para cerrar el libro. No se puede esperar tanto.

Adrián asintió.

—¿Qué quieres hacer?

—Quiero poner una trampa.

Se callaron.

—¿Qué tipo de trampa?

Aurea cogió una de las hojas cuadradas de la mesa y la levantó.

—Esto es un fragmento de pergamino del siglo dieciséis.

Sobrante de una restauración que el Cabildo encargó hace doce años.

Tenemos cinco hojas como esta, sin uso, en la cámara acorazada.

La consistencia es buena. La textura es suficiente.

Si se prepara bien y se trabaja bien, puede pasar por una hoja del siglo trece.

Especialmente si se imita la mano de Mateo.

Mateo es un escultor, no un escriba. Su letra es irregular, con variaciones, con descuidos pequeños.

Es más fácil de imitar que la letra de un copista profesional.

Hablo en términos relativos, claro. Ningún paleógrafo de primera mira una mano de imitación y la confunde con la original a la primera.

Pero podemos engañar a alguien que no esté buscando el engaño.

Clara levantó la vista de la hoja.

—Aurea. Hay un problema.

—Dilo.

—Severo arrancó las páginas de la ochenta y siete a la noventa y ocho.

Las arrancó él, con sus manos. Sabe exactamente qué hueco dejó y sabe que ese hueco está vacío.

Si mañana abre el cuaderno y encuentra una hoja dentro del hueco, no va a leer un hallazgo.

Va a leer una trampa. Y va a leerla en tres segundos.

Aurea la miró un momento largo. Después sonrió, por primera vez en toda la mañana, con una sonrisa muy pequeña.

—Exacto. Por eso la página no va a aparecer dentro del cuaderno.

—¿Entonces?

—Va a aparecer fuera. En la caja diecinueve de la sección IX-C, entre un legajo de cuentas de fábrica del quinientos que nadie ha abierto desde el noventa y uno.

Yo la voy a encontrar. Voy a redactar un parte de hallazgo, con fecha y firma, diciendo que un folio suelto, de mano que parece la del maestro Mateo, ha aparecido descontextualizado durante la revisión de un fondo ajeno.

Y voy a pedirle a Severo, por escrito, como se piden estas cosas en este archivo desde hace cuarenta años, que lo cotejo él, porque es el mejor paleógrafo que tenemos.

Ninguno de los dos habló.

—Y él no puede negarse —dijo Adrián.

—No puede negarse. Sería la primera vez en cuarenta años.

Y, sobre todo, no puede saber si es verdadero o falso, porque un folio suelto perdido en otra caja es exactamente la clase de cosa que su cuaderno mutilado le ha enseñado a esperar.

Él arrancó doce páginas de un cuaderno. Y lleva dos meses preguntándose, sin decírselo a nadie, cuántas más habrá sueltas por ahí que él no ha visto.

Clara se quedó muy quieta.

—Le vas a dar de comer su propia hipótesis.

—Le voy a dar de comer su propia hipótesis.

—¿Vas a falsificar una página?

—Vamos a falsificar una página.

—¿Vamos?

Aurea miró a Adrián.

—Tú la vas a escribir.

Adrián se quedó muy quieto.

—¿Yo?

—Tú eres restaurador. Has trabajado con manuscritos toda tu vida.

Tienes la mano. La letra de Mateo es complicada, sí, pero llevas cuatro días estudiándola.

Y yo te voy a dar todas las herramientas.

Tinta ferrogálica de la época, papel de pergamino que tenemos en el archivo.

Lo haremos juntos. La página la firmaremos los dos.

—Aurea, falsificar un documento no es algo trivial, aunque sea para cazar a alguien.

—Lo sé. Pero la página no se va a publicar nunca.

Va a ser destruida en cuanto pase la trampa.

Y va a ser destruida delante de la asamblea, como prueba de buena fe.

La red no va a salir manchada por esto. Y, si os hace sentir mejor, voy a registrarlo todo.

Voy a escribir un acta detallada de lo que hicimos.

La firmaremos los tres. La voy a guardar en el archivo, en mi expediente personal, con una nota: léase tras mi muerte.

Si en algún momento alguien tiene dudas sobre el procedimiento, ahí queda constancia.

La red sabe gestionar excepciones cuando son necesarias. Pero documentarlas bien.

Hubo un silencio.

Adrián cogió la taza de café. Bebió un sorbo. Estaba demasiado cargado.

—¿Y qué va a contener la página?

Aurea le pasó otra hoja, esta de papel moderno, con un texto mecanografiado.

—Esto.

Adrián leyó. Era un texto en latín medieval, redactado por Aurea en su cuaderno y mecanografiado después, con su correspondiente traducción.

El texto, escrito en la voz del propio Mateo y con su cadencia, apuntaba de pasada, como quien anota una curiosidad al margen de su trabajo, un objeto custodio: una pequeña arqueta de madera de tejo, forrada de plomo, que según el texto se guardaba en el monasterio de San Pedro de Vilanova, en la diócesis de Mondoñedo, y que contenía el original perdido del séptimo códice de Columba.

—No existe ningún San Pedro de Vilanova en Mondoñedo.

—No. Existió en el siglo dieciséis y desapareció en la desamortización.

El nombre suena verosímil. Severo lo va a comprobar y va a encontrar, en los archivos diocesanos, una mención breve a un priorato de ese nombre.

Suficiente para que tome la pista en serio.

Y suficiente para que, cuando le pase la información a Vogel, Vogel intente verificar la existencia del objeto contactando con instituciones académicas.

Y entonces tendremos la prueba: la información que Vogel hace circular es información que solo la página falsa contenía. Y solo Severo ha leído la página falsa.

Clara cogió el texto. Lo leyó dos veces.

—Aurea, esto está bien hecho. Está dentro del estilo de Mateo, dentro del registro léxico del cuaderno, dentro del tipo de información que él iría apuntando. Y no dice demasiado. Eso es lo mejor que tiene. Es una nota al margen de un hombre ocupado en otra cosa.

—Llevo tres semanas trabajándolo. He releído todo el cuaderno.

He extractado todas las construcciones sintácticas más características de Mateo.

He comparado con los otros dos manuscritos catedralicios del siglo doce.

La página es una falsificación, sí. Pero es una falsificación cuidada.

Si tuviera que pasar el examen de un paleógrafo de primer nivel, no pasaría.

Pero para los tres días que tiene que aguantar dentro del cuaderno, hasta que Severo la lea y la copie, basta.

Adrián se detuvo mirando el texto.

—¿Y si Severo no muerde la trampa?

—La morderá. Porque el objeto que vamos a inventar es punto por punto del tipo que él necesitaría para reforzar su libro.

Una pieza tangible, posiblemente conservada en un convento del interior, mencionada por Mateo de pasada.

Una pieza que, según el texto, es el original perdido del séptimo códice.

Severo lleva años buscando una mención escrita a ese original.

La descripción del libro de Vogel se basa, en parte, en la hipótesis de que el original todavía existe en algún sitio.

Si encuentra una mención de Mateo a una arqueta concreta en un priorato concreto, no va a poder resistirse.

La copiará, se la mandará a Vogel, Vogel va a intentar localizar el objeto.

Y como el objeto no existe, las preguntas van a llegar a oídos que las van a interceptar. Y entonces tendremos la prueba.

Adrián se quedó un buen rato mirando el papel.

—Aurea.

—Dime.

—Si yo escribo esta página, voy a recordarlo durante el resto de mi vida.

Aurea no respondió enseguida. Se sentó por fin frente a ellos. Se quitó las gafas. Apoyó las manos en la mesa.