Capítulo 8 · Os corvos do norte #3
Conall se quedó mirando hacia la ventana.
Pensó en Iona. En su tío, viejo monje, que probablemente no sobreviviría a la próxima incursión vikinga.
En la fría luz norteña. En las cuevas donde estaban escondidas las reliquias mayores.
En la tumba de Columba, en el centro del claustro destruido por las llamas, alrededor de la cual los pocos hermanos supervivientes seguían rezando cada noche bajo la lluvia.
Pensó en su abad, en sus manos finas que le habían entregado el baúl en la tarde de septiembre.
En el viaje. En las tres tormentas. En el cocinero medio sordo del barco bretón, que le había enseñado a rezar en una lengua que él no entendía.
Después miró el séptimo códice, sobre la mesa.
—Me quedo —dijo.
Conall vivió en Compostela hasta el año ochocientos cuarenta y siete.
Veintidós años más. Se hizo presbítero allí, ordenado por el propio Teodomiro en el año ochocientos treinta y tres, y pasó los últimos años de su vida atendiendo la pequeña iglesia rural donde había sido depositado el códice de Columba.
En el invierno de su último año, siendo ya un hombre viejo para su tiempo, Conall hizo una cosa que no le había pedido nadie. Cogió el séptimo códice, lo abrió por el final, donde quedaban cuatro folios en blanco que el copista de Iona había dejado por costumbre, y escribió.
Escribió despacio, en latín, durante varios días.
Lo que escribió no lo leyó nadie durante mil ciento setenta y ocho años.
Ni Donego, que copió el libro y no llegó a ver el final.
Ni la primera cantareira, tres siglos después.
Ni Aldonza de Lestedo, que murió sin saber que aquellos folios existían.
Ni el maestro Mateo, que tocó la piedra sin saber por qué estaba allí.
Ni Aurea Vilaboa, que supo dónde estaba el libro desde mil novecientos noventa y seis y que bajó a verlo once veces en veintiocho años y que nunca fue capaz de pasar de la primera línea.
Y desde luego no lo leyó Severo Anllóns Vilas, que lo buscó durante cuarenta años, sentado a tres metros de la única persona de Compostela que podría haberle dicho dónde estaba.
La iglesia se llamaba San Pedro do Vilar, estaba en un pequeño valle a tres horas de camino al sureste de Compostela, y servía a una población de no más de trescientos campesinos dispersos en tres aldeas vecinas.
A su lado, durante esos veintidós años, formó a tres aprendices.
Los eligió con cuidado. Eran hombres, todos.
La idea de elegir a una mujer para esa tarea no se le habría ocurrido entonces a Conall.
Hubo que esperar más de tres siglos para que una mestra cantareira de Compostela, descendiente lejana de uno de aquellos aprendices, fuera la primera en cantar lo que había en el séptimo códice durante un solsticio de invierno.
Su nombre se ha perdido. Pero la cadena no se rompió.
Cuando Conall murió, en una primavera del año ochocientos cuarenta y siete, el séptimo códice ya había sido copiado por su mejor aprendiz, un joven gallego llamado Donego, hijo de un cantero de la diócesis.
La copia se guardó en un sitio. El original en otro.
Esa fue la primera regla que el oficio compostelano aprendió y que conservaría durante mil cien años: lo importante se custodia siempre por duplicado, en sitios distintos, conocidos por distintas personas.
Era una regla simple, de sentido común agrícola, anterior al oficio y a la teología, una regla que cualquier campesino gallego del siglo nueve habría reconocido como propia: nunca pongas todo el grano en una sola arca.
Cuando los normandos saquearon la costa gallega, en el año ochocientos cincuenta y ocho, los códices habían sido movidos a tiempo, llevados tierra adentro por dos custodios jóvenes que sabían que la incursión venía y habían trasladado los baúles a un convento del interior del Bierzo, donde la pequeña abadía rural de San Pedro de Montes los guardó durante tres años hasta que se pudieron devolver.
Cuando Almanzor llegó a Compostela en el año novecientos noventa y siete, los códices llevaban semanas a salvo en una casa de campesinos a tres jornadas hacia el sur, en la aldea de Cea, donde el dueño de la casa, un labrador llamado Diego, los enterró bajo el suelo de su granero durante todo el tiempo que duró la ocupación.
Cuando los franceses entraron en la ciudad durante la Guerra de la Independencia, en enero de mil ochocientos nueve, los códices habían sido escondidos en el sótano de una panadería del casco viejo, propiedad de un panadero llamado Xosé Lemos, cuya familia llevaba tres generaciones colaborando con la red sin que ninguno de sus miembros tuviera órdenes sagradas.
Cada generación había tenido sus propias amenazas. Cada generación había encontrado sus propias maneras.
El oficio se transmitía siempre de la misma forma. Sin ceremonia. Sin nombramiento oficial. Un viejo enseñaba a un joven. El viejo moría. El joven enseñaba a otro. Era una cadena de manos y voces. Un manantial.
Y siempre, desde Conall, había sido el manantial. La fuente. El origen del que después brotarían las dos redes peninsulares secundarias.
Sevilla y Barcelona aparecieron con los siglos.
Sevilla, en el siglo trece, cuando Fernando III conquistó la ciudad y puso allí canónigos del norte que llevaban consigo, sin saberlo del todo, fragmentos del oficio compostelano.
Algunos eran custodios sin que ellos mismos supieran exactamente lo que custodiaban.
Llevaban prácticas, ritmos, costumbres. Las plantaron en Sevilla.
Crecieron. Se transformaron al contacto con la otra tradición de la ciudad, la mudéjar, la judía sefardí, los restos de las tradiciones rituales locales que la Reconquista no había logrado borrar del todo.
Y de esa mezcla nació la red sevillana, distinta de la compostelana pero conectada con ella por una memoria común.
Barcelona, en el siglo catorce, cuando los monjes del norte que se establecieron allí trajeron también, sin nombrarlas, las prácticas de custodia que habían aprendido en Galicia.
La red catalana, bajo el dominio de la Corona de Aragón, desarrolló su propia orientación, más urbana, más mercantil, más integrada con los gremios de oficios y las cofradías laicas.
Pero también allí la matriz compostelana se notaba en pequeños detalles: en los ritmos de campana, en los símbolos tallados, en ciertos textos litúrgicos que circulaban en copias manuscritas que nadie firmaba.
Pero Compostela siguió siendo siempre el origen. La matriz. El manantial.
Y el séptimo códice de Columba, traído por Conall en el año ochocientos veinticinco, seguía custodiado en algún sitio de la diócesis.
Solo tres personas vivas, cada generación, sabían dónde.
En el siglo veintiuno, esas tres personas eran Aurea Vilaboa, Fabián Lamela y Xoán Ferro.
Cuando Xoán muriera, una cuarta persona pasaría a saberlo.
Adrián, sin saberlo aún, era el candidato presunto.
El séptimo códice era lo más antiguo que la red conservaba.
Y era lo que Severo Anllóns, en el siglo veintiuno, estaba a punto de revelar al mundo a través de un libro académico que un paleógrafo alemán llamado Hans Vogel iba a coautorizar y que la Universidad Libre de Berlín iba a publicar el verano siguiente, en una colección de monografías sobre patrimonio eclesiástico medieval que circulaba en bibliotecas universitarias de cuatro continentes y que, una vez publicada, no podía retirarse.
Mil doscientos años de custodia silenciosa estaban a punto de terminar.
Y en una habitación del Hostal de los Reyes Católicos, esa misma noche de diciembre del siglo veintiuno, un restaurador sevillano llamado Adrián Vega dormía con una llave de hierro en el bolsillo de la chaqueta colgada al pie de la cama, sin saber aún que él, también, era una pieza más en una cadena que había empezado en Iona en una tarde de septiembre del año ochocientos veinticinco.