Capítulo 8 · Os corvos do norte #2
El viaje fue largo. Costas escocesas. Costas irlandesas.
Mar abierto. Costa de Cornualles. Mar de Iroise.
Costas de Bretaña. Mar Cantábrico. Mes y medio de mar.
Tres tormentas. Una avería del mástil que les hizo refugiarse en un puerto bretón, en una pequeña ría llamada Dahouët, durante diez días.
Allí Conall dio gracias a Dios cada noche, en silencio, en una capilla rural pequeña dedicada a San Yves, donde había aprendido a rezar en bretón con el cura local sin haber aprendido la lengua, porque las oraciones rezadas se entendían igual aunque no se entendiera la lengua, según le había dicho el cura, y Conall había aceptado aquella afirmación como una verdad antigua que no necesitaba demostración.
Y al final, una tarde de noviembre, Conall vio aparecer la costa de Galicia. Era una costa baja, verde, recortada por rías profundas, con monasterios pequeños visibles desde el mar y aldeas de pescadores agrupadas en los recodos abrigados.
El barco atracó en un puerto pequeño llamado Iria Flavia, en la desembocadura del Ulla.
De allí, Conall siguió a pie hacia el interior, con dos guías locales que el obispo Teodomiro había dispuesto para recibirle.
Caminaron dos jornadas cortas, por caminos de tierra, atravesando bosques de roble y abedul, cruzando arroyos pequeños sobre puentes de piedra antiguos, durmiendo una noche en una aldea modesta cuyos habitantes recibieron al monje irlandés con la curiosidad amable de los gallegos rurales del siglo nueve, gente que apenas había visto a un extranjero en su vida y que le dio pan, queso y leche caliente sin preguntar.
Llegaron a Compostela a finales de noviembre.
Compostela no era todavía una ciudad. Era un asentamiento eclesiástico apenas en formación, alrededor de la pequeña iglesia que Teodomiro había hecho construir sobre la tumba descubierta del Apóstol.
Había unas pocas casas de piedra, un cementerio reciente, un molino.
Y los campos de alrededor empezaban a poblarse con peregrinos que llegaban de tarde en tarde.
Una pequeña posada para esos peregrinos.
Una panadería. Una herrería. Y, en el centro, sobre la tumba, la iglesia: tres naves estrechas, tejado de losa, las paredes de granito recién extraído de canteras cercanas, todavía claro, no ennegrecido aún por los siglos.
Teodomiro lo recibió en una sala pequeña de la canónica, una habitación con techos bajos, una sola ventana que daba al cementerio, una mesa de madera basta, dos taburetes, un brasero pequeño con carbón.
Era un hombre mayor, de barba blanca corta, ojos cansados, manos finas que temblaban un poco al sostener los códices.
Llevaba un hábito gris claro, sencillo, sin ornamento, con un cinturón de cuerda.
Se notaba en él la fatiga de los últimos años: había sido el descubridor de la tumba del Apóstol, el organizador de la primera peregrinación, el redactor de las primeras cartas a Roma sobre el descubrimiento, el receptor de delegaciones de la corte de Asturias y del propio rey Alfonso, y todo aquello a una edad en que otros obispos ya habían dejado el cargo a sus sucesores.
Conall le explicó, despacio, lo que le había encargado el abad de Iona.
Habló durante casi dos horas. Teodomiro lo escuchó hasta el final, sin interrumpir, alimentando de vez en cuando el brasero con un trocito de carbón nuevo.
Cuando Conall terminó, Teodomiro pidió permiso para examinar los códices.
Hojeó los seis primeros con calma profesional.
Cuando llegó al séptimo, el de Columba sobre la liturgia del agua, lo abrió, leyó algunas páginas, lo cerró.
Lo abrió otra vez. Leyó otras tres páginas.
Lo cerró otra vez. Se quedó callado un buen rato, con el libro entre las manos, mirando la cubierta.
—Hermano Conall. Lo que me traes es un libro peligroso para algunos.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Conall levantó la vista. El obispo seguía mirando la cubierta, con las dos manos encima, como si pesara más de lo que pesaba.
—Hermano, ¿tú sabes por qué está esta iglesia aquí?
—Porque aquí apareció la tumba del Apóstol.
—Eso es lo que se dice. —¿Sabes por qué apareció aquí?
Conall tardó en contestar. Después no contestó.
—Yo llevo veinte años preguntándomelo —dijo Teodomiro—. Cuando el ermitaño vino a avisarme de las luces, yo subí a este monte y encontré dos cosas. Una fue el sepulcro. La otra no la he escrito en ninguna parte.
Se quedó callado.
—¿Cuál fue?
—Gente. Había gente. Doce o quince, de las aldeas de alrededor, viejos casi todos.
Estaban aquí arriba en mitad de la noche, alrededor de un manantial, cantando.
No supieron explicarme qué cantaban. No lo sabían.
Se lo había enseñado su padre y a su padre el suyo.
Me dijeron que llevaban haciéndolo desde antes de que hubiera cristianos en Galicia, y yo les dije que eso era imposible, y ellos me dijeron que sí, señor obispo, lo que usted diga, y siguieron viniendo.
Conall sintió, de golpe, el frío de la sala.
—¿Y el manantial?
—Se secó. Cuatro años después de empezar las obras.
Quedó la piedra del fondo, que es lo que queda siempre cuando se seca un manantial.
Yo mandé que la dejaran donde estaba y que construyeran encima.
Y encima de la piedra puse la cripta, y encima de la cripta el sepulcro, y encima del sepulcro esta iglesia, que va a ser más grande que esta iglesia dentro de doscientos años, y más grande todavía dentro de cuatrocientos.
—Señor obispo…
—Déjame terminar, que ya no me quedan muchas conversaciones.
Teodomiro puso la mano abierta sobre el séptimo códice.
—Y hoy llega un monje irlandés desde el fin del mundo, después de cuatro meses de mar, con un libro que habla de los manantiales como umbrales y de la noche del solsticio como la noche en que la tierra escucha a los muertos.
Un libro que yo no había leído nunca. Un libro escrito a mil quinientas millas de aquí, en una lengua que aquí no habla nadie, por gente que no ha pisado Galicia en su vida.
Miró a Conall un buen rato, con la mano abierta encima del libro.
—Y dice lo mismo que aquellos viejos.
Hubo un silencio muy largo en la sala pequeña de la canónica.
—Así que no, hermano Conall. No sabes lo que me traes. Me traes la única prueba escrita que existe en el mundo de que lo que hay debajo de mi iglesia no lo inventaron los de mi iglesia.
—Si lo guardo en la sede, dentro de unos años, cuando vengan visitadores de Roma, alguien lo encontrará.
Y será un problema. Tengo problemas suficientes con la Iglesia de los reinos del sur, que reclama jurisdicción sobre Compostela, y con la corte de Asturias, que también la reclama.
No puedo añadir un problema con Roma. No me quedan años.
—El abad pensó eso. Por eso me dijo que lo trajera primero.
—¿Te dijo qué hacer si no lo aceptaba?
—Llevarlo a Mérida.
Teodomiro negó con la cabeza despacio.
—Mérida está en territorio musulmán ahora. No vas a llegar. Y aunque llegaras, el obispo viejo del que habla tu abad es un mártir reciente. Lo decapitaron en el ochocientos veinte. Hace cinco años. La noticia llegó tarde a Iona, supongo.
Conall no había sabido aquello. La noticia le pesó.
Cinco años de retraso en una noticia tan importante daban la medida de la distancia que separaba Iona del mundo.
Compostela estaba aún más lejos del centro, sí, pero recibía noticias de los reinos cristianos peninsulares con regularidad.
Iona, en cambio, vivía cada vez más aislada, no por geografía sino por la guerra silenciosa que los vikingos le hacían.
—Entonces, ¿adónde lo llevo?
Teodomiro se levantó. Caminó hasta la ventana pequeña que daba al cementerio.
Se quedó mirando un buen rato. Fuera, sobre las tumbas recién hechas, dos canónigos jóvenes cavaban una nueva fosa para alguien cuya muerte Conall no conocía.
La luz era gris, baja, de un noviembre gallego que en nada se parecía al de Iona pero que en algo sí: en la calidad lechosa de la claridad, en la sensación de que el cielo y el mar y la tierra eran la misma sustancia.
—Hermano Conall.
—Sí.
—Voy a hacer una cosa que quizá Roma me reproche algún día. Pero soy obispo aquí, y aquí mando yo, mientras viva. Después de mí, otros decidirán. Pero el libro, mientras yo viva, lo cuido yo.
Conall esperó.
—Voy a aceptar el libro. Pero no para la sede.
Para otro lugar. Para una pequeña iglesia rural a media jornada de aquí, en un valle apartado.
Allí hay un sacerdote viejo, que me debe favores antiguos, y que sabrá guardarlo.
Allí los visitadores no llegan nunca. Y allí, además, la tradición popular del agua sigue muy viva.
Hay un manantial a tres pasos de la iglesia que la gente sigue considerando milagroso, aunque no lo digan en voz alta.
El libro va a estar bien allí. La gente del lugar lo va a entender sin saber que lo entiende.
—Comprendo.
—Y haré algo más. Voy a pedirte que te quedes aquí. Que no vuelvas a Iona.
Conall lo miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque el libro necesita que alguien sepa lo que es.
Y que ese alguien hable la lengua del que lo escribió.
Si tú vuelves a Iona, dentro de veinte años nadie en Compostela sabrá leer ese libro.
Y si Iona desaparece, lo cual los vikingos están haciendo posible, el libro quedará huérfano para siempre.
Un libro huérfano es un libro que se pierde.
Y un libro perdido es como si nunca hubiera sido escrito. No puedo permitirlo.
Conall tardó en responder.
—Mi abad espera que vuelva.
—Le escribiré. Le explicaré. Estoy seguro de que comprenderá. Y, si no comprende, te disculparé yo en la siguiente carta. Soy obispo, hermano. Mi disculpa pesa.