Capítulo 8 · Os corvos do norte
La isla de Iona, frente a la costa occidental de Escocia, año ochocientos veinticinco.
La isla era pequeña: tres millas de largo por una y media de ancho, una lengua de tierra baja, con prados verdes en las laderas suaves del este y un acantilado bajo en la costa norte que daba a un mar que en los días claros era de un azul casi mediterráneo y en los días grises, que eran la mayoría, se confundía con el cielo en una sola franja de plomo.
Las vacas de los monjes pastaban en los prados del este.
En el centro de la isla, un valle pequeño albergaba el monasterio: la iglesia abacial, el refectorio, el dormitorio de los monjes, el escritorio donde se copiaban manuscritos, el huerto, el pozo.
Casas de piedra baja, con tejados de losa o paja según el rango de quien las habitara.
Una pequeña biblioteca al fondo del claustro, con no más de doscientos manuscritos en su mejor momento, pero entre ellos algunas joyas que ninguna otra biblioteca de Europa tenía.
El monje se llamaba Conall. Era irlandés, de la rama del condado de Kildare, y había llegado a la isla hacía dieciocho inviernos, siendo todavía un muchacho.
Le habían enseñado el latín en su monasterio de origen, en la abadía de Kildare, donde su tío materno era hermano lego desde antes de su nacimiento, y los oficios litúrgicos en Iona, donde había llegado por mediación de aquel mismo tío y donde había hecho profesión solemne a los dieciocho años.
Tenía ahora treinta y dos. Era un monje robusto, de complexión ancha, manos grandes, pelo cobrizo todavía abundante, ojos grises claros.
Sabía leer y escribir latín con corrección, comprendía el griego con esfuerzo, hablaba el gaélico de Irlanda y el de Escocia, y se defendía en la lengua sajona aprendida en sus pocos viajes a la costa de Northumbria.
Iona era el lugar más sagrado del norte.
Allí, doscientos sesenta años antes, el santo Columba había fundado el monasterio que iluminó la cristiandad de los anglos, los pictos y los gaélicos.
De Iona habían salido los misioneros de Inglaterra.
De Iona habían salido las copias del Libro de Kells y de tantos otros libros sagrados.
De Iona había salido la luz del cristianismo céltico durante doscientos cincuenta años: una luz distinta de la romana, más antigua, más respetuosa de las antiguas tradiciones celtas convertidas, más cercana a las costumbres del pueblo, menos jerárquica, más misionera, más viajera.
Pero los vikingos llevaban treinta años destruyendo Iona.
La primera vez vinieron en el año setecientos noventa y cinco.
Saquearon. Mataron. Se fueron. Volvieron en el ochocientos dos.
Volvieron en el ochocientos seis. Cada vez quemaban más.
Cada vez se llevaban más manuscritos, más reliquias, más vidas.
Sesenta y ocho monjes murieron en el saqueo del año seis, degollados en la playa que desde entonces nadie de la isla nombraba de otro modo que la bahía de los mártires.
Los que sobrevivieron dejaron registrada la matanza por escrito.
Pocos quedaban ahora, en el ochocientos veinticinco, que se acordasen de ellos.
Conall había visto la última gran incursión, dos años atrás.
Los barcos vikingos habían aparecido en la bahía al amanecer de un día de junio, sin previo aviso, deslizándose en silencio por la niebla baja del mar, las velas a media altura.
Los monjes habían tenido tiempo de ocultar las reliquias mayores —el relicario de Columba, los códices más sagrados— en cuevas marinas conocidas solo por los más viejos.
Pero no habían podido ocultarse a sí mismos.
Diecisiete habían muerto aquel día. Conall había sobrevivido escondido en el establo, debajo del montón de paja, mientras los vikingos pasaban a tres metros de él hablando una lengua que él no entendía.
Había estado allí durante seis horas, sin moverse, sin hacer ruido, oyendo los pasos de los hombres del norte sobre la tierra batida, oyendo los gritos lejanos de los hermanos que morían en la iglesia, oyendo el crepitar de la madera del refectorio que ardía, y oyendo, en algún momento de la mañana, el llanto sordo de un niño pequeño —no sabía cuál, no había niños en Iona, pero después le habían contado que un pescador de la costa había llegado refugiado con su hijo al amanecer y los habían matado a los dos junto al pozo— que se interrumpió de pronto y no volvió a oírse.
Cuando salió del establo, al atardecer, la isla estaba en silencio.
El monasterio ardía sin apurarse. Los cuerpos de los hermanos estaban donde habían caído. El abad estaba vivo.
Después de aquello, el abad había convocado una reunión en la sala capitular.
—Hermanos. La isla ya no es un lugar seguro para los libros que custodiamos.
Habían discutido durante días. Algunos opinaban que las reliquias debían quedarse, fuera lo que fuera.
Iona era el sitio que le correspondía a Columba.
Trasladarlas era traicionar al santo. Otros opinaban lo contrario.
Que un libro custodiado en una isla destruida no era custodia, sino abandono.
Que Columba había sido un misionero, un caminante, alguien que llevaba las cosas sagradas a otros lugares. Que él mismo, vivo, las habría llevado.
Al final, el abad había decidido. Las reliquias mayores se quedaban, ocultas en las cuevas, custodiadas por los hermanos más viejos, los que ya no podrían viajar de todos modos.
Pero los manuscritos importantes, los códices originales, las copias únicas, esas tenían que viajar.
A varios destinos. A varias direcciones.
Por si alguno se perdía, los demás estaban a salvo.
Algunos a Kells, en el centro de Irlanda, fuera del alcance de los vikingos en aquel momento.
Algunos a la costa de Northumbria, donde algún monasterio anglosajón los recibiría sin preguntas.
Algunos a Bretaña. Y algunos, los más controvertidos, a destinos más lejanos.
Conall había sido elegido para llevar una parte de los códices al sur.
Al sur. Muy al sur. Más al sur de lo que él había imaginado nunca.
A una tierra que en Iona casi no se nombraba, donde se decía que había un santuario con la tumba de un apóstol descubierto pocos años antes, en un valle apartado del noroeste de Hispania.
Compostela , lo llamaban. Campus stellae , campo de la estrella.
Era un nombre nuevo en el norte. Pocos sabían dónde estaba.
Pero el abad de Iona había recibido cartas de un obispo del norte de Hispania, un tal Teodomiro, que solicitaba para su iglesia copias de los libros más sagrados de la cristiandad celta.
Quería que la nueva sede del Apóstol tuviera la dignidad de las grandes sedes celtas, y, a través de ellas, una continuidad con la tradición más antigua de la cristiandad atlántica.
—Conall —le había dicho el abad, en un cuarto pequeño contiguo al refectorio, en una tarde de finales de agosto—. Vas a ir tú.
Conall había aceptado. No porque deseara irse. Sino porque el abad sabía leer a los hombres, y había visto en él la mezcla exacta de fidelidad y resistencia que se necesitaba para un viaje así. La fidelidad para no abandonar el encargo. La resistencia para no morir en el camino.
Le habían entregado un baúl pequeño de madera, reforzado con bandas de hierro, sellado con un sello de plomo del propio monasterio.
Dentro había siete códices. Seis de ellos eran copias preciosas pero no únicas.
El séptimo, sí. El séptimo era una copia única de un libro perdido del santo Columba sobre la liturgia del agua, en la que el santo había recogido oraciones de los druidas convertidos al cristianismo, oraciones que mezclaban el agua de los manantiales sagrados de Irlanda con la simbología cristiana.
Las oraciones, según el abad le había explicado a Conall en una larga conversación nocturna previa al viaje, no eran heréticas.
Pero estaban en el límite. Hablaban del agua como sustancia sagrada anterior al bautismo, hablaban de los manantiales como umbrales entre dos mundos, hablaban del solsticio de invierno como noche en la que la tierra escuchaba a los muertos.
Eran cosas que un cristianismo céltico convertido recientemente desde una religión natural había traído consigo y había integrado en sus oficios sin que la jerarquía romana, que para el siglo nueve dominaba ya casi toda Europa, lo hubiera depurado del todo.
Era un libro que la Iglesia romana, de haberlo conocido, no habría aceptado. Era un libro que en Iona se conservaba con prudencia. Un libro que debía sobrevivir, pero debía sobrevivir con discreción.
—Lo entregarás al obispo Teodomiro —le había dicho el abad—.
Pero antes, le explicarás bien lo que es.
Que sepa lo que recibe. Si lo acepta, bien.
Si no lo acepta, te lo llevarás más al sur, hacia Mérida, donde hay un obispo viejo que lo recibirá sin preguntar.
Pero antes, prueba con Compostela. La sede es nueva.
El obispo es nuevo. La nueva tumba del Apóstol acaba de descubrirse.
Es un sitio que está naciendo. Los sitios que están naciendo son más capaces de aceptar cosas que los sitios viejos rechazan.
Conall había salido de Iona en una tarde de septiembre del año ochocientos veinticinco.
El barco era pequeño, irlandés, mercante.
Llevaba pasajeros y mercancías. Conall iba como uno más, vestido como un mercader, con el baúl camuflado bajo otros baúles de mercancía corriente: rollos de lana, sacos de cereal, dos pequeños toneles de cerveza de avena.
Los marineros eran cinco, un patrón de la costa de Antrim, un timonel viejo, dos remeros jóvenes, un cocinero medio sordo.
Ninguno sabía qué llevaba Conall en su baúl.
Para ellos, era un mercader irlandés silencioso que viajaba al sur.