Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 7 · Severo Anllóns #3
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Capítulo 7 · Severo Anllóns #3

Severo lo miró un momento. Una mirada breve, apenas una vacilación. Adrián sintió, durante esa fracción de segundo, que Severo había considerado y descartado muy rápidamente la posibilidad de no contestar, y había decidido contestar de un modo estudiado.

—Cosas que voy juntando. Cuestiones marginales, por separado. Pero, juntas, podrían contar algo más interesante.

Adrián mantuvo la mirada.

—Suena ambicioso.

—Lo sería. No sé si llegaré a publicarlo. Tengo mis dudas.

—¿Por qué dudas?

Severo le sostuvo la mirada un segundo más.

Adrián, durante ese segundo, sintió por primera vez en la noche que la conversación entre ellos dos se había salido del cauce de la cortesía profesional, había entrado en una zona distinta, una zona donde Severo y él se estaban midiendo sin que ninguno de los dos hubiera levantado la voz ni la temperatura.

—Porque algunas cosas, cuando se publican, ya no se pueden desdecir. Y antes de publicar, conviene estar seguro de que lo publicado merece la pena. Y de que el momento es el adecuado. Y de que el riesgo es asumible.

—¿Qué riesgo?

Severo sonrió, sin alegría.

—El riesgo académico. Reseñas adversas. Polémicas con colegas. Pérdida de credibilidad si la tesis no se sostiene. Lo de siempre.

—Solo lo de siempre.

—Solo lo de siempre.

Hubo un silencio breve.

Anselmo, que estaba todavía concentrado en las fotocopias, no había seguido la conversación. La conversación había sido tan corta y tan en voz baja que probablemente no la había oído entera.

Severo sonrió otra vez. La sonrisa cálida, fácil, de antes.

—Pero esto es prematuro, Adrián. No te aburro con mis proyectos. Volvamos al salón. Fabián se nos va a quedar dormido si no le servimos un café pronto.

Volvieron al salón. Fabián, en efecto, tenía los ojos medio cerrados, la cabeza inclinada hacia un lado.

Clara estaba conversando con el padre Manuel Ouro, en voz baja, sobre algo que tenía que ver con un libro que ella estaba leyendo, un libro de Cunqueiro que Manuel Ouro conocía bien y del que estaba comentando una anécdota concreta.

Cuando Adrián entró, Clara lo miró un momento.

Le hizo un gesto con los ojos. Adrián le contestó con un asentimiento mínimo.

Severo sirvió cafés. Sacó una caja pequeña de chocolatinas finas, hechas a mano, en una pastelería de la Rúa do Vilar.

La cena terminó hacia las once y media. Fabián se levantó el primero, ayudándose del bastón.

—Severo, gracias. Espléndido como siempre. Pero a mi edad, las cenas largas pasan factura. Me retiro.

—Te acompaño hasta el portal, Fabián.

—No hace falta. Bajo solo.

—Te acompaño.

Severo cogió su abrigo del perchero del recibidor, ayudó a Fabián a ponerse el suyo, salió con él. La puerta de la calle se cerró suavemente detrás de ellos.

Cuando se cerró, Anselmo y Manuel Ouro empezaron también a despedirse. Adrián y Clara hicieron lo mismo. Cuando Severo volvió, los recibió en el recibidor con una sonrisa.

—No, no, no os vayáis aún. Quedaos unos minutos más. Tomad otra copa antes de salir. Anselmo, Manuel, perdonadme, vosotros tenéis que iros. Pero a estos dos quería decirles una cosa antes.

Anselmo miró un momento a Manuel Ouro. Manuel Ouro asintió, sin sorpresa.

—Buenas noches, Severo. Adrián, Clara, ha sido un placer.

—Igualmente.

Anselmo y Manuel Ouro salieron por la puerta. Severo cerró tras ellos. Esperó hasta oír los pasos en el portal, abajo. Después se volvió hacia Adrián y Clara.

—Una copita más, pequeña, antes de salir a la lluvia.

No supieron negarse.

Volvieron al salón. Severo sirvió tres copas pequeñas de aguardiente, esta vez de la misma botella sin etiqueta. Brindó con ellos.

—Adrián. Clara. Quería deciros una cosa antes de que os vayáis.

Adrián notó, a su lado, que Clara dejaba la copa sobre la mesa con cuidado.

—Te escuchamos —dijo Adrián.

Severo se quedó un momento en silencio. Después habló, con voz baja, casi confidencial. La sonrisa de anfitrión se había ido. Lo que quedaba en su cara era una calma seca, sostenida, deliberada.

—Llevo cuarenta años en este oficio. He trabajado con Aurea desde antes de que me ordenaran.

Nos conocimos en el seminario de Mondoñedo, cuando ella era la única mujer que entraba en aquellas aulas y yo era el único que no se atrevía a preguntarle por qué.

Hemos sido compañeros toda la vida. Y, en muchos asuntos, su mejor amigo durante toda mi vida. Y ella, a la vez, la mía.

Adrián asintió, en silencio.

—Sé que estáis en Compostela por una razón concreta. Y sé que esa razón tiene que ver con lo que ha estado ocurriendo en el archivo en los últimos meses.

Adrián notó, físicamente, cómo Clara contenía un movimiento.

—Quería que supierais que yo sé lo que hago. Y que sé también lo que la red va a hacer conmigo. Aurea es la mujer más íntegra que he conocido. Si está usando a dos investigadores externos para articular lo que ella ya sospecha, es porque quiere hacer las cosas bien. Eso la honra. Y a mí, también.

Adrián se quedó mirándolo.

—¿Sabes que estamos aquí por ti?

—Lo supe en cuanto Aurea me llamó la semana pasada para preguntarme si os iba a invitar a casa cuando llegarais. Solo quería avisaros, antes de que pasen los días, de que no os enfrentáis a un loco. Os enfrentáis a un hombre que tomó una decisión hace tres años y que la asume.

Hubo un silencio largo.

Severo sonrió otra vez. Una sonrisa cansada, ahora.

—No quiero que esto os condicione. Haced lo que tengáis que hacer. Buscad las pruebas. Dadlas a Aurea. Lo que la red decida hacer conmigo, lo aceptaré. Tengo cuarenta años de oficio detrás. Sé cómo funciona.

Cogió las dos copas pequeñas que ellos no se habían terminado y las dejó sobre la bandeja. Después sonrió otra vez.

—Solo os pido una cosa.

—¿Cuál? —preguntó Clara.

—Que cuando lleguéis a vuestras conclusiones, sean las que sean, las llevéis a Aurea como cosa vuestra, no como cosa de Aurea.

Porque yo no quiero que la red juzgue a Aurea por haber usado a dos investigadores externos.

Quiero que la red me juzgue a mí. Por mis actos.

Por mis razones. Y por las consecuencias.

Adrián tardó en hablar.

—Severo. ¿Por qué nos cuentas esto ahora?

Severo lo miró.

—Porque me parecía deshonesto invitaros a cenar y no decíroslo. Sois mis huéspedes esta noche. Y los huéspedes merecen, al menos, saber dónde están comiendo.

Y los acompañó hasta el portal.

Antes de cerrar la puerta detrás de ellos, Severo le tendió a Adrián una bolsa pequeña, de papel grueso, con una cinta atada en el cuello.

—El aguardiente. Me había olvidado.

Adrián cogió la bolsa. Pesaba más de lo que esperaba.

—Gracias.

—De nada. Cuidaos.

La puerta se cerró suavemente.

Fuera, la lluvia había parado. Las losas brillaban.

Adrián y Clara echaron a andar hacia el Hostal en silencio, sin tocarse, sin decirse nada.

Pasaron por delante de una pastelería con la persiana medio bajada, donde una mujer joven todavía estaba limpiando el mostrador a aquella hora.

Pasaron junto a la fachada de una iglesia barroca pequeña con los focos de seguridad encendidos.

Al cabo de unos minutos, Clara dijo, sin mirarle:

—Sabe que estamos aquí por él. Aurea lo subestimó.

—Aurea lo subestimó.

—Y lo asume. Eso es lo que no me cabe en la cabeza. Lo asume.

Caminaron un trecho sin decir nada.

—Adrián. No es Morán. No tiene nada que ver con Morán.

—Lo sé.

—Esto va a ser mucho más difícil de lo que Aurea pensaba.

Adrián no respondió. Caminaron en silencio hasta el Hostal.

Cuando llegaron al portal, Adrián se detuvo un momento y miró la fachada del Obradoiro al fondo de la plaza.

La torre de las campanas, recortada contra el cielo negro, estaba envuelta en una niebla baja que apagaba parte de la iluminación de los focos.

Pasaron las once y media. Las campanas no iban a sonar otra vez hasta la medianoche.

Esa noche, antes de dormir, Adrián volvió a sacar la llave de hierro del bolsillo de la chaqueta. La sostuvo en la mano bastante rato.

Pensó en Severo. En su sonrisa de anfitrión. En sus carpetas grises en el estante alto. En los nueve dibujos exactos de las nueve carpetas iguales. En la frase con que lo había dejado: me parecía deshonesto invitaros a cenar y no decíroslo.

Y pensó, antes de quedarse dormido, que iba a ser muy difícil odiar a un hombre que avisaba con esa cortesía de su propio juicio.

Y que, peor aún, iba a ser todavía más difícil pensar en él como en un traidor cuando lo que estaba haciendo, según parecía, no era tanto traicionar al oficio como exigirle al oficio una respuesta que el oficio llevaba ochocientos años sin haber tenido que dar.

Adrián cerró los ojos.

Soñó, otra vez, con campanas. Cuatro y uno. Esta vez, en el sueño, las campanas eran de Severo. Era él quien las tocaba. Las tocaba lentamente, en el campanario de su propia casa de la Rúa Nova, con un aplomo tranquilo, mientras Aurea, abajo, en el portal, esperaba.

Cuando Adrián se despertó, hacia las cinco de la mañana, todavía estaba oscuro. Llovía otra vez sobre Compostela. Una llovizna fina, lenta, sin convicción, que iba a durar hasta el alba.