Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 7 · Severo Anllóns #2
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Capítulo 7 · Severo Anllóns #2

Se habló de muchas cosas durante la primera mitad de la cena.

Del tiempo, que era el tema del que en Compostela siempre se hablaba primero.

De Fabián, que iba a cumplir ochenta y cuatro en abril y de cómo lo iban a celebrar en el Cabildo: misa solemne, comida con los canónigos, y una conferencia que Anselmo iba a dar sobre el estado de los archivos diocesanos del norte de España, que era el tema que Fabián había pedido para la celebración.

De un libro reciente que Anselmo había publicado sobre los códices musicales de las catedrales del norte, libro del que Severo tenía un ejemplar dedicado, sobre el estante de la izquierda de la chimenea, con la dedicatoria visible en la primera página de respeto.

De Sevilla. De la Catedral de Sevilla. De Salvatierra, al que Severo había conocido brevemente, una vez, en un congreso, hacía veinte años.

—Ignacio Salvatierra es un hombre sólido —dijo Severo, mientras servía un poco más de tinto a Adrián—.

Tuvimos una conversación corta, en Salamanca, en un congreso de patrimonio.

Me pareció uno de esos hombres a los que las catedrales les sientan bien.

Algunos canónigos parecen invitados de la catedral.

Otros parecen el dueño que se va a quedar más tiempo que la propia catedral. Salvatierra es del segundo tipo.

Adrián sonrió.

—Es buena descripción.

—¿Cómo está él, ahora?

—Bien. Lleva el ritmo de Sevilla. Sigue en el Cabildo. Ya no oficia él tanto, pero sigue dirigiendo la sacristía mayor, supervisando las restauraciones, atendiendo los asuntos litúrgicos importantes. Se cansa antes que hace cinco años. Pero la cabeza la tiene tan despierta como siempre.

—Le tengo cariño, aunque le haya visto tan poco.

Es un hombre que se lleva bien con la piedra.

La piedra de Sevilla es difícil de querer.

Demasiado dorada, demasiado cálida, demasiado teatral.

La de Compostela es más parca. Más sobria.

Pero entiendo a quienes han sabido vivir con la primera.

Salvatierra, sí. Tomás Beltrán, también, pese a ser ciego.

Le habría gustado ver Compostela al menos una vez.

—No vino nunca —dijo Adrián—. Yo, una vez, le ofrecí pagarle el viaje. Para que conociera estas catedrales. Me dijo que para él una catedral era un volumen de aire a su alrededor, no una imagen, y que el volumen de aire de Sevilla ya era bastante. No quiso moverse de allí.

—Era un sabio.

—Lo era.

Severo asintió apenas. Bebió un sorbo de vino. Después miró a Clara.

—Y tú, Clara. Archivera de Barcelona. Un trabajo difícil, el que hiciste el año pasado.

Clara mantuvo la mirada.

—¿Qué sabes de lo que hicimos en Barcelona?

—Lo que se sabe en la red. Lo justo. Aurea me contó algo. Fabián me contó otro poco. Yo nunca pregunto más de lo que se me cuenta.

—¿Y eso por qué?

Severo sonrió.

—Porque en este oficio uno aprende pronto que las preguntas crean obligaciones. Si pregunto algo, me obligo a hacer algo con la respuesta. Yo prefiero recibir lo que cada uno quiera contarme. Y agradecerlo. Es una vieja manera, pero todavía funciona.

Hubo un breve silencio. El padre Manuel Ouro intervino, pasando a otro tema, hablando de la próxima Pascua y de la dificultad de organizar los oficios mayores en años no jacobeos, cuando los peregrinos eran menos pero las exigencias litúrgicas no disminuían.

Adrián escuchó todo aquello sin perder de vista a Severo.

Lo observaba sin que se notara. Cómo cogía la copa por el tallo, no por la base.

Cómo masticaba con la boca cerrada y se limpiaba los labios con la servilleta entre cada bocado.

Cómo escuchaba a los otros sin interrumpirlos, asintiendo en los momentos exactos.

Cómo aprovechaba las pausas para servir más vino sin que pareciera un servicio.

Cómo, cuando reía, el ojo izquierdo se le entrecerraba un instante antes que el derecho.

Cómo dejaba el cuchillo cruzado sobre el plato cuando hacía una pausa larga, y paralelo al tenedor cuando había terminado del todo.

Severo era un anfitrión perfecto.

Y eso, en cierto modo, lo hacía más difícil de leer.

Adrián no había tenido nunca delante a un canónigo así.

Salvatierra era cálido, hospitalario, atento, pero rudo en algunos detalles, y dejaba que sus rudezas se le notaran.

Severo no tenía rudezas. O, si las tenía, las tenía guardadas en otra habitación de la casa.

Cuando terminó el postre, Severo se levantó.

—Adrián. Si te apetece, te enseño el estudio. Anselmo, ven tú también. Quiero mostraros una cosa que me llegó la semana pasada.

—Voy —dijo Anselmo.

Adrián se levantó. Miró a Clara un momento. Ella le hizo un gesto pequeño con los ojos. Ve.

Pasaron a una habitación contigua, separada del salón por una puerta de doble hoja con cristales esmerilados que dejaban pasar la luz pero no las formas.

Severo abrió las dos hojas y los condujo dentro.

Cerró las hojas detrás de ellos. El gesto de cerrarlas, decidido, fue lo primero que Adrián tomó nota mental como un detalle a recordar.

El estudio era una habitación más pequeña, totalmente forrada de estanterías, con una mesa grande de madera oscura en el centro y una lámpara baja sobre ella.

Las estanterías estaban llenas de libros.

Algunos modernos, muchos antiguos. En un lateral, una vitrina con manuscritos pequeños expuestos en su interior, no códices, sino documentos sueltos enmarcados: cartas notariales del siglo dieciséis, ejecutorias eclesiásticas del diecisiete, algún folio iluminado del quince.

En la pared del fondo, una ventana que en aquel momento estaba con los postigos cerrados, no por la lluvia sino, sospechó Adrián, por costumbre.

—Esta es mi habitación favorita —dijo Severo, encendiendo una segunda lámpara—. Aquí trabajo. Aquí leo. Y aquí guardo casi todo lo que tiene valor para mí.

Anselmo se acercó a una de las estanterías. Pasó los dedos por los lomos sin tocar.

—Severo, has reorganizado.

—Hace dos meses. Necesitaba sitio para los nuevos.

—¿Qué nuevos?

—Te enseño.

Severo abrió un cajón pequeño de la mesa. Sacó tres carpetas finas, color gris, sin etiqueta, idénticas en formato a las que Adrián había visto en el archivo del Cabildo. Las abrió sobre la mesa.

—Mira esto.

Anselmo se acercó. Adrián también.

Las carpetas contenían fotocopias y notas manuscritas. Adrián reconoció, en una de las páginas, un fragmento de notación musical antigua, neumas adiastemáticos sobre una hoja de pergamino, con la peculiar inclinación lateral característica de los códices del norte de España del siglo doce.

—Estos son tres fragmentos que me ha mandado un colega de Berlín hace dos semanas. Encontrados en una colección privada en Brandeburgo. Los expertos suyos creen que pueden ser de origen ibérico, siglo doce.

Anselmo se inclinó. Estudió la página con una concentración que era casi profesional. Sacó unas gafas de bolsillo, no las que llevaba puestas para leer en general, sino unas más finas, con cristales más graduados, que se sostenían con un clip directamente sobre la nariz.

—Severo. Esto es…

—Sí.

—Esto se parece muchísimo a lo que tenemos en el archivo musical del Cabildo. Códice cincuenta y cuatro.

—Eso es lo que pensé yo. Por eso te pido que lo veas.

Adrián miró los dos. Estaban concentrados en las páginas.

Severo tenía una expresión seria, de erudito apasionado.

No había en él ninguna señal de doblez. Si era el hombre que estaba arrancando páginas del cuaderno de Mateo, lo escondía perfectamente.

Y sin embargo, mientras los miraba a ambos inclinados sobre las fotocopias, Adrián tuvo la sensación pequeñísima, fugaz, de que la presentación de los fragmentos berlineses era, también ella, una pieza de teatro.

No falsa. Pero deliberada. Una manera de Severo de demostrar a un invitado de fuera, esa noche, que él era sin más quien decía ser: un erudito serio, conectado con redes académicas internacionales, dedicado a un trabajo riguroso. Lo era, sin duda. Pero lo demostraba.

Mientras Anselmo seguía estudiando los fragmentos, Adrián se acercó a una de las estanterías.

Pasó los ojos por los lomos sin tocar nada.

Eran libros de paleografía, de codicología, de historia de la liturgia, de filología latina y gallega.

Todo coherente con un erudito serio. Algunos en alemán, varios en francés, dos en italiano.

Una colección modesta pero seleccionada con cuidado.

En un estante alto, vio un grupo de carpetas grises, sin etiqueta. Idénticas a la que Aurea había sacado en el archivo días antes. Idénticas a las tres que Severo acababa de abrir sobre la mesa.

Adrián las miró sin volver la cabeza. No se acercó. Solo las contó con el rabillo del ojo. Eran nueve carpetas.

Nueve.

El número, en aquella habitación, contra el fondo del Pórtico que tenía nueve urracas talladas, le dio un escalofrío que disimuló enderezando la espalda y cruzando las manos detrás.

Las nueve carpetas estaban en orden, alineadas, sin etiquetar.

Cualquiera de ellas, exteriormente, era idéntica a las otras.

Solo el contenido las distinguía. Y solo Severo, presumiblemente, sabía qué contenía cada una.

Detrás de él, Severo seguía hablando con Anselmo en voz baja sobre los neumas alemanes. Adrián se apartó del estante con calma. Se acercó a la mesa, fingió interesarse por las carpetas que Severo había abierto.

—Es muy interesante, Severo —dijo—. ¿Vas a publicar sobre esto?

Severo levantó la vista.

—Estoy pensándolo. Necesitaría primero la confirmación de Anselmo. Y otra de un paleógrafo italiano que también trabaja con códices ibéricos.

—¿Lo publicarías como un artículo?

—Como un artículo, primero. Después, si los tres fragmentos son lo que parecen, quizá como un libro. Tengo otros materiales que podrían encajar.

—¿Otros materiales?