Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 7 · Severo Anllóns
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Capítulo 7 · Severo Anllóns

La casa de Severo Anllóns estaba en la Rúa Nova, casi al final de la calle, en una de esas fachadas estrechas de granito en las que cada generación había añadido una pequeña reforma sin alterar la estructura medieval del edificio.

Una placa de bronce junto a la puerta, sobria, sin lustre, indicaba el nombre del propietario: Severo Anllóns Vilas .

Encima, una aldaba antigua con forma de mano femenina sosteniendo una bola, oxidada en los bordes pero brillante en la palma por el uso continuado de los siglos.

A las nueve menos cinco de la noche, Adrián y Clara estaban frente a la puerta.

Llevaban el abrigo. Llovía despacio, casi sin convicción, una de esas lluvias compostelanas que empiezan tarde y se quedan toda la noche sin convertirse en aguacero, una llovizna que por momentos parecía suspenderse y volverse niebla y enseguida reanudaba la caída.

—¿Llamamos? —preguntó Clara.

—Llamamos.

Adrián golpeó con la aldaba dos veces, suaves.

Abrió el propio Severo.

Era más alto de lo que Adrián había imaginado.

Más erguido también. Tendría sesenta y cuatro años, según Aurea, pero parecía algunos menos.

Pelo blanco corto, peinado con cuidado hacia atrás.

Camisa de algodón blanco, abierta en el cuello, bajo un jersey de cachemir gris oscuro.

Pantalón de pana marrón. Mocasines viejos, bien lustrados, gastados en las puntas pero conservados con esmero.

La cara, de rasgos finos, con la piel fresca de quien lleva una vida regular, con dos arrugas verticales en el entrecejo que solo se le notaban al sonreír.

—Adrián. Clara. Pasad. Pasad. No os quedéis a la lluvia.

Tenía la voz cálida, baja, modulada con cuidado. Era una voz que invitaba a entrar antes de que uno hubiera decidido si quería entrar. Una voz de profesor que ha enseñado durante treinta años y que ha aprendido a llevar al alumno a su despacho sin levantar la voz, sin gestos amplios, sin urgencia.

Pasaron al recibidor. Severo cerró la puerta detrás de ellos.

Les recogió los abrigos y los colgó él mismo en un perchero de madera oscura, con la calma deliberada de un anfitrión antiguo.

Adrián, mientras Severo recogía los abrigos, miró el recibidor con cuidado: una alfombra oriental gastada, casi descolorida, sobre el suelo de losa.

Una mesa pequeña con una bandeja de plata para correo, vacía esa noche.

Un perchero de pie con dos paraguas dentro, ambos negros, ambos con el mango de madera.

Un espejo veneciano alto, no muy grande, en cuyo cristal Adrián se vio durante un instante: cara cansada, abrigo en el brazo, los hombros más estrechos de lo que él recordaba.

—Los demás están ya en el salón. Hemos llegado todos puntuales. Una rareza, en Compostela.

Sonrió. Era una sonrisa abierta, fácil, que no exigía respuesta.

Los condujo por un pasillo alfombrado con una alfombra antigua, oriental también, pero distinta de la del recibidor, con tonos rojizos y un dibujo geométrico que se repetía.

Las paredes estaban llenas de cuadros pequeños.

Litografías del siglo diecinueve, con marcos sobrios.

Algunas estampas religiosas: un Niño Jesús de tradición compostelana, una Santa Bárbara con espada y torre, un grabado pequeño de Maestro Mateo —el Santo dos Croques — en su versión decimonónica más conocida.

Un par de fotografías en blanco y negro, de calidad alta, de paisajes gallegos.

Una panorámica del estuario de Cee. Otra de la sierra de O Courel en invierno, con la nieve cayendo sobre los castaños viejos.

—Os iréis fijando. Hay cosas curiosas en estas paredes —dijo Severo, mientras caminaba—. Más adelante, si os apetece, os enseño el estudio. Tengo allí algunas cosas que os van a interesar.

—Con mucho gusto —dijo Adrián.

El salón era amplio, con techo alto y dos ventanales que daban a la calle, ahora cerrados con cortinones de terciopelo verde oscuro caídos a plomo, que aislaban del frío de fuera y daban a la sala una sensación de cápsula cerrada.

En el centro, una mesa redonda preparada para siete.

Mantel de lino blanco, copas de cristal, cubiertos antiguos de plata pulida con una pequeña inicial grabada en cada mango: S.

A. V. Un candelabro de bronce con tres velas encendidas.

Servilletas dobladas con un pliegue triangular.

Sobre cada plato, una tarjeta pequeña con el nombre del comensal, escrita a mano, en la misma caligrafía cuidada y redonda que Adrián había visto en la nota de la invitación.

Junto a la chimenea, encendida con un fuego bajo de leña de roble, estaban Fabián Lamela, sentado en un sillón con su bastón apoyado en el reposabrazos, y otros dos hombres que Adrián no conocía, los dos con sotana, los dos de unos sesenta años.

Uno robusto, con barba blanca corta y ojos azules.

El otro alto, delgado, con gafas de lentes redondas y una mano izquierda que apoyaba en el reposabrazos del sofá con una rigidez que sugería que no la usaba mucho.

—Adrián, Clara. Os presento.

Severo señaló al primero.

—El padre Manuel Ouro, canónigo del Cabildo. Lleva con nosotros desde hace… ¿cuántos años, Manuel?

—Treinta y siete —dijo Manuel Ouro, con una voz grave y un castellano de leve acento gallego, el acento que se conserva incluso entre los castellanohablantes nacidos en aldeas del interior—. Los mismos que tú, Severo, más o menos.

—Más o menos. Los mismos. Llegamos al Cabildo casi a la vez. Tres meses de diferencia, creo. Tú en septiembre, yo en junio.

Severo señaló al segundo.

—Y don Anselmo Pereira, también canónigo. Lleva el archivo musical del Cabildo. Es el que más sabe del repertorio antiguo de Compostela. Si Aldonza de Lestedo viviera, habría sido alumna suya.

Anselmo sonrió, modesto.

—No exageres, Severo.

—No exagero. Tu trabajo sobre los códices Calixtinos del siglo trece es citado en cuatro continentes.

—En cuatro países.

—Cuatro continentes.

Anselmo levantó la mano derecha, en un gesto de cesión, y sonrió otra vez.

Era evidente que la conversación entre Severo y él tenía esa cualidad doméstica de las amistades de cuarenta años: ninguno de los dos esperaba en serio que la cifra de Severo fuera correcta, ni Anselmo defendía en serio la cifra suya.

Adrián les estrechó la mano a los dos. Clara también. Fabián lo saludó desde el sillón con un gesto pequeño, un movimiento lateral del bastón en el reposabrazos, casi imperceptible. Era el saludo que Fabián reservaba para los miembros del oficio que sabían leerlo.

—Sentaos, sentaos. Tomemos algo antes.

Severo sacó de una mesita lateral una bandeja con copas pequeñas y una botella de aguardiente. La botella era una botella sin etiqueta, de cristal grueso, con un tapón de corcho viejo. Sirvió a cada uno sin preguntar.

—Es de mi hermana. Lo destila ella, en su pueblo. Aldea de Aspai, en Lugo. Es lo mejor que he probado. Lleva treinta años destilando. Cada año mejora. Este es de la cosecha pasada, de noviembre del año anterior, ya lo bastante reposado.

Adrián cogió la copa. Olió. Era un aguardiente de hierbas, fuerte, limpio, con un fondo dulce que recordaba al heno recién cortado y a la humedad de los huertos del interior gallego.

Lo probó. Era, en efecto, mejor que cualquier aguardiente que Adrián hubiera probado en Sevilla, y eso que Salvatierra había mantenido siempre, en su despacho, una colección discreta de aguardientes y orujos de varias procedencias.

—Por la cena —dijo Severo, levantando su copa.

—Por la cena.

Bebieron.

Adrián notó el calor del aguardiente bajándole por el pecho. Severo lo miraba con una sonrisa atenta.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—Te llevarás una botella cuando os vayáis. Tengo varias.

—Severo, no hace falta.

—Hace falta. La cortesía de Aspai dice que un invitado al que le ha gustado el aguardiente no se va sin botella. Y mi hermana se ofende si la cortesía no se cumple. Lo siento. No es negociable.

Adrián sonrió. Asintió. La negativa fue solo de cortesía. Severo había vencido sin esfuerzo.

Pasaron a la mesa al cabo de un rato. Adrián quedó sentado entre Severo y el padre Manuel Ouro. Clara, frente a él, entre Fabián y Anselmo Pereira. La séptima silla, vacía, había sido retirada al salón antes de la cena.

Severo no dijo nada sobre la silla vacía. Adrián pensó, sin querer, que a lo mejor alguien había cancelado a última hora.

La cena fue larga, abundante, sin prisa.

Llegó primero, en sopera de loza, una sopa de marisco hecha con caldo de pescado de roca y reducción de almeja, espesa, casi cremosa, con un pequeño picadillo de cebolla pochada en el fondo de cada plato.

Después llegó pulpo a feira, servido en plato de madera, con sal gruesa, pimentón dulce y aceite de Verín, hervido en su punto exacto y cortado en rodajas iguales por la mano segura de quien ha cortado pulpo cien veces en su cocina.

Después lacón con grelos y patata cocida, en plato hondo, con caldo del cocido vertido por encima, los grelos tiernos por haber sido recolectados hacía menos de tres días en algún huerto del interior.

Después costillas adobadas, asadas en horno, con chorizo de Lugo.

Y, al final, un postre de tarta de Santiago con azúcar glas espolvoreado por encima dibujando, con la plantilla de la cruz de Santiago, el motivo tradicional.

Vino blanco al principio, un albariño del valle del Salnés, de bodega pequeña. Después un tinto del Bierzo, que Severo descorchó con una ceremonia mínima, sin teatro, oliendo el tapón un instante antes de servir.

Servía él mismo, atento a las copas, atento a si alguien necesitaba pan o sal. La empleada que había traído algunos platos desde la cocina —una mujer mayor, silenciosa, con el pelo recogido en moño bajo— retiraba después los platos vacíos, sin que Severo le dijera nada.