Capítulo 6 · El cuaderno y la grieta #4
—Sí. Y dos canónigos más, según me ha dicho él esta mañana cuando lo he visto en el claustro y le he preguntado, casualmente, qué estaba preparando para mañana. Es una cena con varios invitados. No va a ser una cena íntima. Eso os ayuda.
—¿Y la tercera cosa?
Aurea les sostuvo la mirada largo rato.
—La tercera es que yo voy a empezar a preparar lo que viene después.
—¿Qué viene después?
—Una asamblea. La red compostelana se reúne entera, con Fabián como voz veterana, y se decide qué hacer con Severo.
Nadie dijo nada.
—¿Cuándo? —preguntó Adrián.
—Antes del solsticio. Tiene que ser antes del solsticio. No podemos llegar a la noche del veintiuno con un traidor activo dentro del oficio.
—¿Y qué decisión tomará la asamblea?
Aurea se quedó mirando el vaso de agua.
—No lo sé todavía.
—¿Lo silenciaréis como a Morán?
Aurea la miró.
—Quizás. Pero quizás no.
—¿Por qué no?
Aurea se quitó las gafas. Las dejó sobre la mesa.
—Porque Severo no es Morán.
Adrián la miró.
—¿En qué sentido?
—En que Morán traicionó por dinero y por vanidad. La decisión sobre Morán fue casi mecánica. Severo no traiciona por nada de eso.
—¿Por qué traiciona, entonces?
Aurea dejó pasar un momento.
—Porque cree que tiene razón.
Esa noche, en el Hostal, Adrián se quedó un rato sentado al borde de la cama, sin hablar.
Clara se había metido en la suya y leía un libro pequeño que había traído de Barcelona, un libro de poemas de Espriu que no terminaba nunca.
La habitación estaba en penumbra, con solo la lamparita de su mesilla encendida.
Adrián tenía la llave de hierro de Xoán Ferro en la mano. La había sacado del bolsillo interior de la chaqueta y la sostenía contra el muslo, sin apretar, solo notando su peso.
Había estado pensando en Severo durante toda la cena, durante toda la vuelta al Hostal, durante toda la última hora.
Severo Anllóns Vilas, sesenta y cuatro años, cuarenta de oficio, archivero, canónigo, custodio, amigo de Aurea desde la juventud, amigo de Fabián, amigo, sin duda, de Xoán Ferro.
Y la persona que llevaba dos meses arrancando páginas del cuaderno de Mateo y, posiblemente, enviando información a alguien fuera del oficio.
—Clara.
Ella levantó la vista del libro.
—Dime.
—¿Por qué crees que lo hace?
—¿Severo?
—Sí.
Clara dejó el libro sobre el regazo.
—Aurea ha dicho algo importante esta tarde.
—¿Qué?
—Ha dicho que Severo cree que tiene razón. Y eso es una cosa muy distinta de Morán. Morán traicionó por motivos pequeños. Por dinero. Por vanidad. Severo, según Aurea, no traiciona por ninguno de esos motivos.
Adrián asintió.
—Pero entonces, ¿por qué? —insistió.
Clara se quedó pensando.
—Por convicción —dijo, después de un rato—. Solo se arrancan páginas de un cuaderno como ese cuando uno cree, profundamente, que el mundo necesita esas páginas más que el oficio que las custodia.
Adrián se quedó callado.
—Y eso —añadió Clara, más bajo—, lo hace mucho más peligroso.
Y mucho más difícil de juzgar. Las traiciones por convicción son las únicas traiciones que la red no sabe cómo gestionar.
Las otras, las del dinero, las de la vanidad, las del despecho, esas las gestiona desde el siglo doce. La traición por convicción la rompe.
Adrián levantó la mano. Miró la llave bajo la luz baja de la lamparita.
La cabeza tallada en espiral. El hierro ennegrecido.
Y, debajo, la palanca, brillante y limpia, gastada por el uso de muchos siglos.
—Mañana es viernes —dijo, casi sin darse cuenta.
—Sí.
—Y vamos a cenar en su casa.
—Sí.
Clara cogió el libro otra vez. Se quedó mirándolo sin leer. Pasó una página despacio. Volvió a la anterior.
—Adrián.
—Dime.
—Tengo el presentimiento de que la cena de mañana va a ser distinta de lo que Aurea cree.
Adrián la miró.
—¿En qué sentido?
—No lo sé. Pero Severo sabe que estamos aquí.
Sabe por qué estamos aquí. Y nos ha invitado él.
Eso no es casualidad. Y un hombre que arranca páginas de Mateo y nos invita a cenar, mientras sabe que estamos investigándole, no es un hombre que se está escondiendo. Es un hombre que está esperando algo.
—¿Qué crees que espera?
Clara cerró el libro.
—Creo que espera que nosotros, o Aurea a través de nosotros, le ofrezcamos una salida. No la del silencio. Otra. Una que él pueda aceptar sin renunciar a lo que cree. Y creo que mañana, en su casa, va a darnos pistas para que entendamos cuál.
Adrián guardó la llave en el bolsillo de la chaqueta, que estaba colgada al pie de la cama. Apagó la lamparita de su lado.
Se quedaron los dos en la oscuridad.
Fuera, sobre las losas mojadas del claustro, la lluvia volvía a caer.
Y Adrián pensó, antes de dormirse, que mañana estaría sentado a la mesa de un hombre al que la red iba a juzgar en cuestión de días. Y que ese hombre, mientras ellos cenaran, sabría perfectamente que estaban allí para verlo. Aunque hicieran como que no.
Y que él, Adrián, iba a tener que decidir, durante las próximas tres semanas, si la red tenía razón al juzgar a un hombre por convicción. O si la convicción de ese hombre era, en sí misma, una forma de oficio que el oficio mayor no había aprendido aún a reconocer.
No durmió hasta las tres.