Capítulo 6 · El cuaderno y la grieta #3
«Antes de morir el maestro Mateo, en el año mil ciento noventa y dos del Señor, prometió a Aldonza, mestra cantareira, que él guardaría memoria escrita de lo que ella le había confiado durante los años en que él construía el Pórtico.
Aldonza le dijo que confiaba en él, y que confiaba en la piedra.
Mateo, en respuesta, le dijo que la piedra confiaría en quien viniera detrás.
Tres años después, en el año mil ciento noventa y cinco del Señor, yo, Aldonza de Lestedo, mestra cantareira, escribo en este cuaderno lo que no se me dijo entonces y lo que sé ahora.
Lo escribo aquí porque nadie buscará un cuaderno de cantera, porque los canteros no leen, y los hombres que leen no buscan en cuadernos de cantera.
Lo escribo en latín porque las mujeres no escriben latín, y por eso las mujeres no son sospechosas.
Lo escribo de mi mano, imitando la mano del maestro, que aprendí cuando me enseñaba a escribir mi nombre durante los inviernos en que dejaba de cantar. Lo que sigue.»
Adrián levantó la vista.
—Lo que sigue.
—Lo que sigue —repitió Aurea—. Y luego, evidentemente, no sigue nada en la página. Lo que sigue tendría que estar en la página noventa y tres. Que también fue arrancada.
—Y la noventa y tres también está perdida.
—Sí.
Se callaron los dos.
Clara apoyó las dos manos sobre la mesa.
—Aurea. Eso quiere decir que Aldonza, en el año mil ciento noventa y cinco, escribió en el cuaderno de Mateo lo que el oficio compostelano había estado custodiando durante esos siglos.
Lo escribió ella, con la letra de él, para que no se descubriera.
Y lo escribió en latín, fingiendo ser un hombre, para que no se sospechara.
—Sí.
—Y ese texto, ese, es el que Severo se ha llevado.
Aurea cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, estaba muy cansada.
—Sí.
—Y todo el resto del cuaderno no es lo importante. Lo importante es lo que escribió Aldonza, no lo que escribió Mateo.
—Lo es.
Adrián tardó un momento en hablar.
—Aurea. La página noventa y dos, con ese preámbulo. ¿Severo entendió, cuando la transcribió, que la había escrito Aldonza?
Aurea se quedó mirándolo.
—Lo entendió. Lo entendió perfectamente.
Severo es, de los del oficio, el mejor paleógrafo.
Vio el latín tardío. Vio la nota inicial.
Y entendió, antes de que yo lo entendiera, que toda la sección entre la noventa y dos y la noventa y ocho la había escrito Aldonza, con la mano de Mateo, en el año mil ciento noventa y cinco.
Y entendió que esa sección era el corazón del cuaderno.
—¿Y por qué entonces no se la llevó hace dos años, cuando hizo la transcripción?
Aurea sonrió, apenas, sin alegría.
—Porque aún no había decidido qué hacer con ella.
Eso es lo que yo creía hasta hace poco: que lo decidió después, entre marzo y abril del año siguiente, y que esperó hasta hace dos meses para arrancar las páginas.
Ahora ya no estoy segura de nada de eso.
Lo único seguro es que no es un hombre que arranque páginas con ligereza.
Hubo otro silencio.
—Aurea —dijo Adrián—. Si tú sabes esto desde hace dos meses, ¿por qué no le has confrontado todavía?
Aurea le sostuvo la mirada un rato.
—Porque Severo es amigo mío de toda la vida.
Estudiamos juntos. El día que lo ordenaron yo estaba en el tercer banco, y él me buscó con los ojos antes de arrodillarse.
Llevamos treinta y cinco años con las mesas a tres metros.
Para mí, articular esto es como articular que una parte de mi vida ha sido distinta de lo que yo creía.
Por eso necesitaba que lo encontrarais vosotros.
Sin que yo os guiara. Para que cuando lo lleve a Fabián, y a la asamblea, no sea la conclusión de Aurea contra Severo.
Sea una conclusión externa. Una conclusión que la red no pueda atribuir a un conflicto personal mío.
Clara se sentó frente a Aurea.
—Aurea, ¿qué quieres que hagamos ahora?
Aurea bebió otro sorbo de agua. Se quedó mirando hacia la lámpara verde, que zumbaba muy bajo, con su sonido de transformador antiguo.
—Hay tres cosas.
—Te escuchamos.
—La primera. Esta noche, cuando bajéis al Hostal, no le digáis a nadie lo que habéis encontrado. A nadie. Tampoco a Tareixa, fuera de aquí. Tareixa ya lo sabe, pero no vamos a mencionarlo entre nosotras hasta que pase lo que tenga que pasar.
Tareixa asintió, desde su sitio.
—La segunda. Mañana por la noche iréis a la cena de Severo.
Como si no supierais nada. Como si fuera la primera cena con un veterano del oficio que viene a saludaros.
No le hagáis preguntas raras. Hablad de Sevilla, de Barcelona, de las restauraciones.
Bebed con cuidado. Mirad lo que hay sobre su mesa.
Mirad las paredes. Mirad sus libros si os deja pasar al estudio.
Pero no dejéis que se note que estáis mirando.
Severo es muy listo, y se da cuenta enseguida.
—¿Va a estar Fabián?