Capítulo 6 · El cuaderno y la grieta #2
«Aldonza ha cantado lo de costumbre el veintiuno.
Lo ha hecho con la voz fatigada de quien lleva años haciéndolo y sabe que no le quedan muchos.
Yo estuve, como siempre. Pero esta vez no fue como siempre.
Algo había cambiado. Aldonza me lo dijo después, junto a la fuente.
Y yo le contesté lo que le contesté. La página antes lo recoge. »
Clara levantó la cabeza otra vez.
—¿Lo veis?
Adrián cerró los ojos un segundo.
La página antes lo recoge.
—La página ciento uno —dijo—. Que sí tenemos.
—Que sí tenemos. Y que no dice nada. Es una página de cuentas de cantera: jornales, carros de piedra, nombres de peones. Nada.
Adrián se quedó callado un momento.
—Entonces la fórmula no siempre apunta a la página anterior.
—No. Apunta a la página anterior del cifrado , no del cuaderno.
Mateo cuenta y salta. Cuando dice la página antes lo recoge está diciendo: búscalo en el sitio donde ya lo escribí, y ese sitio no es el que tú crees.
En la noventa y nueve, la de antes era la noventa y ocho, y estaba dentro del bloque.
En la ciento dos, la de antes no es la ciento uno: es la anterior de la serie. La noventa y ocho otra vez.
—Todas las flechas apuntan al mismo sitio.
—Todas.
—Y ese sitio ya no está.
—Ya no está.
Nadie añadió nada.
—Mateo está cifrando. Está usando una expresión recurrente, la página antes lo recoge , para apuntar a las páginas concretas donde escribe lo importante. No lo escribe en el sitio que dice escribirlo. Lo escribe siempre una página antes de mencionarlo.
—Sí. Y por eso, quien arrancó las páginas, sabía exactamente qué se llevaba. No fue arbitrario. No se llevó un bloque amplio para tapar el rastro. Se llevó las páginas exactas donde se cifra lo del solsticio.
—Y la página noventa y dos —añadió Adrián, despacio—, la que se añadió con posterioridad, según la nota de Aurea, está también dentro del bloque. Lo cual significa que quien arrancó las páginas se llevó, de un tirón, la única página del cuaderno que no había escrito Mateo.
—Sí.
—Y la nota de Aurea, en lápiz, indica que Aurea sospechaba, antes incluso del robo, que esa página era distinta de las demás.
—Sí.
—Lo cual significa que Aurea tiene una hipótesis sobre el contenido de esa página añadida. Y probablemente sobre quién la añadió. Y probablemente sobre por qué.
—Sí.
Nadie dijo nada durante un rato.
Tareixa los miraba a los dos sin decir nada.
Después se levantó, despacio, y caminó hasta la ventana del despacho.
Se quedó mirando hacia el patio interior, sin hablar, durante varios minutos.
Adrián la miró un momento. Tareixa tenía los hombros un poco más caídos que antes.
La luz lateral, que entraba blanca por la ventana, le daba en el lado izquierdo de la cara y dejaba el derecho en sombra.
—Adrián. Clara —dijo después de un rato, sin volverse—. ¿Os dais cuenta de lo que estáis haciendo?
Adrián levantó la vista.
—¿De qué?
Tareixa se volvió. Tenía la cara seria, no incómoda, pero seria.
—De que en cuatro días habéis encontrado, sin tener el cuaderno completo, sin saber el contexto y sin que Aurea os haya guiado, lo que la red compostelana no ha sido capaz de articular en dos meses.
Clara la miró.
—¿No lo había articulado?
Tareixa sonrió un poco, sin alegría.
—Lo había sospechado. Pero nadie lo había puesto sobre el papel así, con esa claridad. Aurea es muy cuidadosa cuando alguien de la red puede estar implicado. No le gusta apuntar a ningún nombre antes de tener todo en su sitio. Y por eso lleva dos meses dando vueltas sin avanzar, salvo en silencio.
—Y nosotros, sin saber a qué nombre apuntar, hemos avanzado.
—Sí.
Hubo un silencio.
Adrián se quedó mirando la página que tenía delante. La transcripción mecanografiada, con la pequeña anotación a lápiz en el margen. ¿Página añadida tras enc.?
Volvió a mirar la transcripción al completo.
Pasó las páginas con cuidado. Llegó al final.
La última página de la transcripción tenía, en el reverso, la fecha de finalización del trabajo y una firma manuscrita, también de Severo: Severo Anllóns Vilas, archivero del Cabildo de Santiago.
Concluido el día catorce de diciembre del año dos mil veintidós.
—Catorce de diciembre —dijo Adrián, en voz baja.
Clara lo miró.
—¿Qué pasa con el catorce de diciembre?
—Que fue la fecha en que Severo terminó la transcripción. Hace dos años justos. Aurea, hoy, está en alguna parte que no quiere decir. Quizás está hablando con alguien sobre todo esto. Quizás está preparando el próximo paso.
—Sí.
—Y el catorce de diciembre, hace dos años, Severo terminó la transcripción. Una transcripción exhaustiva, con notas marginales eruditas, lista para publicarse como edición crítica si alguien quisiera publicarla.
—Sí.
—¿Tú has visto que la red haya publicado nunca este tipo de transcripciones?
Tareixa se acercó a la mesa otra vez. Miró la última página.
—No. La red no publica.
—Pero Severo hizo la transcripción.
—La hizo.
—Para el archivo. O para sí mismo. O para alguien.
Tareixa lo miró un momento.
—Para el archivo. Eso, oficialmente. Pero la copia que tenéis en la carpeta verde es una sola. Hay otra. Y otra. Severo siempre hace tres copias de sus transcripciones.
—¿Tres?
—Tres. Una para el archivo. Una para él.
Una de respaldo. Es su método. Lo aprendió en su primer trabajo, en Mondoñedo, en los años ochenta, cuando un incendio destruyó la mitad del archivo diocesano y se perdieron transcripciones que había costado años hacer.
Desde entonces, Severo siempre hace tres.
—Y la suya, la personal, ¿dónde está?
Tareixa tardó en contestar.
—Puede que en su casa. En su estudio. En la Rúa Nova catorce, primero.
Adrián miró a Clara. Clara, sin decir nada, levantó las cejas.
—La Rúa Nova catorce, primero —repitió Adrián.
—Sí.
—Donde nos ha invitado a cenar mañana.
—Sí.
A las cinco de la tarde, Aurea llegó al archivo. Venía con el abrigo todavía puesto, el bolso colgado del hombro, las gafas mojadas por la lluvia. Se las quitó al entrar y las dejó sobre la mesa.
—Perdón. Se me ha alargado.
Tareixa la miró.
—Aurea. Tienes que ver una cosa.
Aurea se sentó. Tareixa le explicó, con calma, lo que Adrián y Clara habían encontrado.
Aurea escuchó sin interrumpir, sin hacer preguntas, asintiendo de vez en cuando.
Cuando Tareixa llegó a la nota a lápiz en el margen de la transcripción y a la deducción de Clara sobre quién la había escrito, Aurea bajó la vista y la sostuvo allí durante el resto del relato.
Cuando Tareixa terminó, Aurea se quedó mucho tiempo callada. Después se quitó el abrigo, lo dejó sobre el respaldo de la silla, y se sirvió ella misma un vaso de agua de la jarra que estaba sobre la mesa.
Bebió un sorbo. Dejó el vaso. Miró a Adrián y a Clara.
—La nota la escribí yo.
—Lo habíamos supuesto —dijo Clara.
—La escribí hace año y medio. Cuando Severo me pasó la copia para el archivo, la leí entera durante dos semanas.
Encontré, en la página noventa y dos, ciertas inconsistencias en el latín.
Algunas formas verbales más tardías que el resto del cuaderno.
Algunos giros que sonaban más a siglo trece que a siglo doce.
La escritura, en la fotocopia, parecía idéntica. Pero el latín, no del todo.
—¿Y por qué no lo dijiste a nadie?
—Porque no quería levantar liebres. La hipótesis de la página añadida es una hipótesis fuerte. Implica decir que el cuaderno de Mateo no está, todo, escrito por Mateo. Y eso, si se confirma, cambia muchas cosas. Quería estar segura antes de levantarla.
—¿Y lo estás ahora?
Aurea tardó un momento.
—Lo estoy más. Especialmente desde que faltan las páginas.
El hecho de que el bloque arrancado incluya precisamente la página que yo había marcado como sospechosa, y dos páginas más con la fórmula la página antes lo recoge , hace que no se trate ya de una sospecha mía.
Es un patrón. Y los patrones, en archivística, son la cosa más cercana a una prueba que tenemos.
Hubo un silencio.
Adrián miró a Aurea.
—Aurea, ¿quién añadió la página noventa y dos?
Aurea le sostuvo la mirada un momento.
—No lo sé con certeza. Pero tengo una hipótesis.
—¿Cuál?
—Aldonza.
—¿Aldonza?
—Sí. La cantareira. Quizá la página la añadió ella misma, después de que Mateo encuadernara el cuaderno.
Quizás cinco o diez años después. Quizás cuando Mateo ya había muerto.
Es la única persona que tendría motivos para añadir una página al cuaderno de él.
Y la única que habría tenido acceso, después de que él muriera.
—¿Y qué decía esa página?
—Eso no lo sé. La página, ahora, está perdida. Solo Severo la tuvo en sus manos. La transcribió. Y ahora, encima, ha desaparecido del cuaderno físico. Lo único que tenemos es la transcripción mecanografiada, con su latín sospechosamente más tardío, y lo que la página dice.
—¿Qué dice?
Aurea cogió la carpeta verde. Pasó las páginas hasta encontrar la noventa y dos. La giró hacia Adrián.
—Léelo tú.
Adrián leyó. La página decía, en la traducción de Severo: