Capítulo 6 · El cuaderno y la grieta
El día siguiente fue un día sin Aurea.
Tareixa los recogió a media mañana en el Hostal y los llevó al archivo, pero Aurea no estaba allí. Una nota sobre la mesa, escrita a mano con la misma letra cuidada que Adrián había aprendido a reconocer en los dos primeros días, decía:
No vendré hasta la tarde. Trabajad solos. Tareixa os ayudará si necesitáis algo. He dejado las carpetas. La transcripción mecanografiada está en la carpeta verde, debajo del montón. A.
Tareixa abrió las carpetas. Sobre la mesa larga, ordenada con la pulcritud de Aurea, había seis carpetas grises y una carpeta verde, esta última al fondo.
Tareixa las distribuyó en abanico, una al lado de la otra, sin tocar el contenido.
Después se sentó frente a Adrián y Clara, con los brazos cruzados, como había hecho la primera mañana.
—Aurea os ha dejado el material de Mateo. Las grises son las fotocopias de las páginas que sí tenemos. La verde es la transcripción mecanografiada del cuaderno completo, hecha hace dos años, antes de que faltaran las páginas. Ahí están las páginas que ya no tenemos, transcritas. Os pueden servir.
—¿La hizo Aurea? —preguntó Clara.
—No. La hizo Severo Anllóns.
Tareixa lo dijo sin tono, sin enfatizar el nombre. Era una afirmación informativa. Adrián la miró un momento. Tareixa le devolvió la mirada con una calma que parecía deliberada.
—Lo digo porque vais a verlo escrito en la primera página de la transcripción.
Transcripción realizada por S.A.V. Aurea no hace transcripciones.
Severo lleva treinta años haciéndolas. Es el mejor paleógrafo del Cabildo.
Lo que hizo con el cuaderno de Mateo es uno de los trabajos más completos que ha hecho en su vida.
—¿Lo conoces a Severo?
Tareixa tardó un momento.
—Lo conozco. Me dio clase en la Universidad cuando yo estudiaba el máster en Patrimonio. Es un hombre brillante. Y un buen profesor. Yo le tenía cariño cuando tenía veintiséis años. Lo sigo teniendo.
—¿Sigues teniéndolo?
—Sí.
Adrián la miró un momento más. No insistió. Clara tampoco. Tareixa había puesto, con esa frase, una marca pequeña que Adrián guardó para más adelante: Sigo teniéndolo . Era una afirmación en presente. Era una manera de marcar territorio sin marcarlo.
Adrián y Clara se sentaron a la mesa. Adrián abrió la carpeta verde.
La transcripción mecanografiada estaba escrita con una máquina antigua, no con ordenador, en hojas blancas pautadas a mano.
La primera página, en efecto, llevaba en la esquina superior derecha una pequeña anotación a tinta: Transcripción y comentarios: S.
Anllóns Vilas, archivero. Diciembre, año dos mil veintidós. Cabildo de Santiago.
Adrián pasó las páginas con cuidado. Cada folio mecanografiado correspondía, en línea recta, a un folio del cuaderno original.
La transcripción incluía no solo el latín original, sino también una traducción al castellano debajo de cada párrafo, con las notas de Severo en los márgenes a tinta, en su caligrafía cuidada y redonda.
—Es un trabajo serio —dijo Clara, mirando por encima del hombro de Adrián.
—Lo es.
—Mira las notas.
Adrián miró. Las notas marginales eran densas, eruditas, comparativas.
Severo había cotejado el cuaderno de Mateo con otros cinco o seis manuscritos catedralicios del siglo doce y trece.
Había marcado coincidencias léxicas, paralelismos sintácticos, citas implícitas.
Era un trabajo que un editor académico habría aceptado de inmediato, después de ínfimos retoques, como edición crítica.
Estuvieron repasando, página a página, todas las fotocopias que Aurea les había leído los días anteriores, contrastándolas con la transcripción de Severo.
Adrián se concentró en las menciones a la cripta del Apóstol y a la piedra anterior al edificio.
Clara se ocupó de las páginas de Aldonza de Lestedo y del solsticio.
A la una y media, Clara levantó la cabeza.
—Adrián.
—Dime.
—Hay algo que no me cuadra.
Adrián dejó la página que tenía delante.
—¿El qué?
Clara extendió varias fotocopias sobre la mesa, ordenadas por número de página. Después extendió, al lado, las páginas correspondientes de la transcripción mecanografiada de Severo.
—Mira. Aurea nos dijo el martes que las páginas que faltan son de la ochenta y siete a la noventa y ocho. Doce páginas seguidas, arrancadas en bloque.
—Sí.
—Pero si miras bien la numeración del cuaderno, hay un detalle raro.
Adrián se inclinó.
Clara señaló con el dedo el ángulo superior derecho de cada página. La numeración estaba escrita allí, en romanos pequeños, en tinta marrón, en la letra cuidadosa del escultor. Cada folio tenía su número. Cada folio tenía una pequeña uniformidad caligráfica.
—Mira la página ochenta y seis.
Adrián miró. La numeración era clara: lxxxvi .
—Y ahora la noventa y nueve.
Clara le mostró otra fotocopia. La numeración: xcix .
—¿Y?
—Pasa los ojos por las dos. ¿No ves nada raro?
Adrián las miró atento. Las dos páginas tenían la misma letra, la misma tinta, el mismo tipo de pluma. Lo único que cambiaba era el número. Examinó la separación de las letras, la inclinación del trazo, el grosor de la línea. Todo era homogéneo. Si había una variación, no se notaba.
Tareixa, que estaba al otro lado de la mesa, se acercó.
—¿Qué pasa?
Clara extendió una fotocopia más, una hoja de la transcripción mecanografiada de Severo, correspondiente a la página noventa y dos.
—Severo hizo la transcripción del cuaderno completo cuando lo recibieron, hace dos años. Antes de que faltaran las páginas. Aquí está la transcripción de las páginas que ya no tenemos.
—Sí —dijo Tareixa—. Eso lo sabíamos.
—Pero la transcripción tiene una nota marginal. Mirad.
Adrián se inclinó otra vez. En el margen de la transcripción, en una hoja correspondiente a la página noventa y dos del cuaderno original, había una pequeña anotación a lápiz, casi imperceptible.
La caligrafía no era la de las notas a tinta de Severo.
Era una letra distinta, más rápida, más nerviosa, escrita con un lápiz duro que apenas había marcado el papel. Cuatro palabras.
¿Página añadida tras enc.?
Clara la señaló.
—Esto no lo escribió Mateo. Esto lo escribió alguien que transcribió el cuaderno y se hizo una pregunta.
—¿Qué pregunta?
—Si la página noventa y dos era una página añadida con posterioridad. Después de la encuadernación original.
Adrián tardó un momento en entender.
—¿Quieres decir que alguien metió una página en el cuaderno, después?
—Quiero decir que es posible. Y si esa página fue añadida tarde, no la escribió Mateo. La escribió otra persona. En otra época. Con otra letra.
Tareixa frunció el ceño.
—Esa nota a lápiz no es de Severo. La caligrafía es distinta.
—Por eso lo digo. Severo redactó la transcripción a tinta, con su letra cuidada. La nota a lápiz, en el margen, la añadió otra persona. Probablemente un colaborador suyo, o alguien a quien él le pasó la transcripción para que la revisara. La pregunta es cuándo se añadió, y por qué.
Adrián se quedó pensando.
—¿Has comparado la nota a lápiz con la letra de alguno de los del oficio?
—Aún no. Pero la letra es de mujer, casi seguro. La inclinación, el cuidado en las terminaciones, el tamaño general. Es una letra de mujer mayor. Educada. Seguramente una archivera con experiencia.
—Aurea —dijo Tareixa, en voz baja.
—Aurea —dijo Clara.
Se hizo el silencio.
—Si la nota es de Aurea —dijo Adrián, despacio—, eso significa que ella ya tenía, hace tiempo, una sospecha sobre esa página concreta.
Que pensaba que la página noventa y dos estaba añadida con posterioridad.
Y que lo apuntó al margen de la transcripción de Severo, en lápiz, para no marcarlo en tinta.
Como una pregunta para sí misma, no como una afirmación.
—Sí.
—¿Y por qué le habría preocupado esa página en concreto?
—Eso todavía no lo sé —dijo Clara—. Pero mirad esta otra.
Pasó las páginas de la transcripción hasta la noventa y nueve, la primera que volvían a tener después del hueco. Era una página corta. Tres párrafos, en la transcripción mecanografiada de Severo, con la traducción debajo. La página decía:
«Fui hoy con el maestro Bernal a ver la cantera de la que se sacó la piedra de la columna mayor del crucero.
Es una cantera que ya no se trabaja. Está cerca de la aldea de Lestedo.
Pasé un rato hablando con un viejo cantero retirado, que me contó cosas que no había oído antes.
Me dijo que la piedra de aquella cantera no se sacaba nunca por la noche, ni en luna nueva, porque las piedras que se sacan a oscuras dan mala suerte al edificio que las recibe.
Yo le pregunté si eso era cosa antigua o cosa de su época.
Me dijo que era de antes de él. Que su abuelo se lo había dicho, y el abuelo de su abuelo.
Lo apunto aquí porque me parece curioso. »
«Aldonza me ha pedido hoy que vaya con ella mañana al manantial de la fuente del crucero, donde se mezcla el agua de la cripta con el agua de la lluvia. Quiere que vea una cosa. No me ha dicho qué.»
«Hoy no he ido. Aldonza ha bajado sola. Cuando ha vuelto, ha pasado a verme y me ha dicho lo que vio. La página antes lo recoge.»
Clara levantó la cabeza.
—¿Lo veis?
Adrián cerró los ojos un segundo.
La página antes lo recoge.
—La página noventa y ocho —dijo—. La última del bloque arrancado.
—Sí.
—Mateo escribe en la noventa y nueve que Aldonza le contó lo que vio en el manantial. Y dice que lo importante está en la página de antes. Que es justo la última que falta.
—Sí. Eso es lo importante.
—¿Por qué?
Clara cogió otra página, esta vez una fotocopia: la ciento dos, una de las posteriores al hueco. Aldonza de Lestedo se mencionaba allí en una sola frase: