Capítulo 5 · La cantareira ciega #3
En el pasillo, antes de salir, Tareixa se detuvo un momento frente a la puerta de la cocina.
La olla que había estado humeando en la chapa seguía allí, ahora con la lumbre baja, manteniéndose templada.
Tareixa miró un momento la olla. Después siguió hacia el recibidor. Cogió los abrigos. Se los pasó.
En el rellano, antes de bajar, ella se quedó un momento parada. Miraba al suelo.
—No le queda mucho —dijo, sin levantar la vista—.
Lo sé desde hace meses. Pero hoy ha estado peor que otros días.
La voz, sobre todo. La voz le va costando.
Hace seis meses hablaba con voz entera. Ahora le tiembla más.
No se le nota mucho a primera oreja. Pero a mí, que llevo tres años escuchándolo cada semana, sí.
—¿Crees que llegará al solsticio?
Tareixa no contestó enseguida.
—No lo sé. Quería llegar. Pero ya no estoy segura.
Bajaron las escaleras. Salieron al portal. La calle estaba oscura. Había anochecido sin que ellos lo hubieran notado. Solo la farola de la esquina daba una luz amarilla, baja, que dibujaba sobre las losas mojadas un pequeño círculo de claridad.
Tareixa los llevó al Hostal. Durante el trayecto, Clara fue mirando por la ventana, sin hablar.
Adrián tenía la mano metida en el bolsillo interior, sosteniendo la llave de hierro contra el costado.
La llave iba enfriándose poco a poco contra su pecho, pero al principio, durante los primeros minutos del trayecto, conservó el calor del bolsillo de Xoán.
Adrián la sintió, sin querer, como si fuera el último calor de un cuerpo que se iba.
Cuando llegaron al Hostal, Tareixa los dejó en la entrada. Apagó el motor. Se volvió hacia ellos desde el asiento del conductor.
—Mañana descansad. Pasado mañana, si Aurea me dice algo, os llamo.
—Gracias, Tareixa.
Ella asintió. Se quedó un momento mirándolos.
—Lo que os ha dado Xoán —dijo, en voz baja—, no se lo había dado a nadie en esta generación. Llevaba años esperando para entregarla. La iba a tener Tomás, en Sevilla, pero Tomás murió antes. No la iba a tener nadie de Compostela. La querría en alguien que llegara de fuera y se quedara. Como Adrián.
Adrián la miró.
—¿Como yo?
—Sí. Como tú.
Tareixa sonrió un poco. Era la primera sonrisa entera que le veían desde que la habían conocido. Una sonrisa que se le esparció por la cara más allá de los labios, que se le notó incluso en los ojos.
—Buenas noches.
Y se fue.
Subieron a la habitación en silencio. Clara cerró la puerta. Adrián se quitó la chaqueta. Sacó la llave del bolsillo interior y la dejó sobre la mesa, junto a la jarra de cerámica del agua.
Se quedaron los dos un momento mirándola.
La llave reposaba sobre la madera, quieta.
La cabeza tallada en forma de espiral le devolvía un brillo pequeño bajo la luz de la lamparita.
La espiral, vista de cerca, no era simétrica.
Tenía cuatro vueltas, sí, pero las dos primeras eran más cerradas que las dos últimas.
Era una espiral que se abría hacia fuera, despacio, como un manantial que surgiera de la roca.
—Adrián —dijo Clara.
—Dime.
—Te vas a quedar.
Adrián no respondió enseguida.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Adrián la miró.
Clara estaba de pie junto a la mesa, con las manos cruzadas sobre el pecho.
No estaba enfadada. No estaba triste. Estaba viendo algo que, para ella, ya estaba decidido.
Tenía esa manera particular de leer a Adrián que solo dos años de trabajo común le habían enseñado: una manera que prescindía a veces de las palabras de él y se quedaba con los gestos, con la respiración, con los silencios pequeños.
Adrián tardó en hablar.
—Lo iremos viendo.
Clara bajó la cabeza. No insistió.
Después se acercó a la cama, se sentó al borde, se quitó los zapatos. Adrián la miró. Pensó, sin querer, que era la primera vez en cinco meses y once días que la veía quitarse los zapatos. Era una observación ridícula. Pero la tuvo, y le pesó.
—Voy a por mi cuarto —dijo Clara, levantándose—. Nos vemos abajo a las nueve para cenar.
—De acuerdo.
Cuando Clara cerró la puerta, Adrián se quedó solo en la habitación. Se sentó al borde de la cama. Cogió la llave. La sostuvo en la mano. La giró un par de veces. Después la dejó otra vez sobre la mesa.
Y entendió, de pronto, sin poder evitarlo, que aquella conversación, breve, casi sin palabras, era el principio de la despedida.
Que las cosas que iban a pasar en las próximas tres semanas iban a llevarles por separado.
Que la llave, encima de la mesa, no era solo una llave de hierro y de espiral antigua.
Era la primera versión visible de un destino que él aún no había nombrado.
Fuera, en algún convento próximo, sonaron las nueve. Cuatro toques rápidos, una pausa, un quinto toque sostenido.
Cuatro y uno.
Adrián cerró los ojos.
Y se dijo, en voz baja, casi sin moverlos los labios:
—Tomás. Estarías de acuerdo con esto.
Era la primera vez en siete meses que le hablaba al campanero ciego de Sevilla.
Y, de algún modo, sintió que Tomás, allí donde fuera que estuviera, lo había oído.