Capítulo 5 · La cantareira ciega #2
Xoán siguió hablando, más sin acelerar. La voz iba ganándose a sí misma, palabra a palabra, con un esfuerzo que se notaba pero que no se quejaba.
—El solsticio es la noche del oficio compostelano. La noche en que se canta lo que no se canta en ningún otro lado. La noche en que el botafumeiro grande se balancea sin que nadie lo empuje. La noche en que las siete urracas del Pórtico se vuelven nueve.
Adrián se inclinó hacia delante.
—¿Cómo se vuelven nueve?
Xoán sonrió, levísimamente.
—Eso no se cuenta. Eso se ve.
—¿Y yo voy a verlo?
—Tú vas a verlo. Y Clara también, si quiere ir.
Clara asintió, en silencio.
Xoán cerró los ojos otra vez. Pareció cansado.
Adrián lo miró un momento. La piel translúcida, las venas apenas marcadas en las sienes, los párpados delgados que se movían casi imperceptiblemente bajo la piel.
Era la cara de un hombre que había estado mucho tiempo solo en sí mismo y que, ahora, decidía abrirse a dos desconocidos por motivos que él entendía y que ellos no entendían aún.
—La segunda cosa que quiero deciros, antes de que Tareixa vuelva, es esta. Hay alguien en la red compostelana que está rompiendo el silencio.
Adrián no se movió. Clara tampoco.
—Aurea lo sabe —siguió Xoán—. Fabián lo sabe. Yo lo sé. Tareixa no lo sabe todavía. No queremos que lo sepa antes del solsticio.
—¿Por qué?
—Porque Tareixa es la que canta. Y la voz no puede saber según qué cosas mientras canta. La voz se lleva un peso que el corazón no puede.
Adrián entendió.
—Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?
—Nosotros, no. Vosotros. Vosotros tenéis que descubrir quién es. Tenéis que descubrirlo antes del solsticio. Para que la noche del veintiuno se pueda hacer lo que se ha de hacer sin que el otro lo sepa.
—¿Y luego?
—Luego, la red decidirá.
Hubo un silencio.
Adrián tardó en formular la pregunta siguiente. La leña crujió. Una voz lejana, en la calle interior, gritó algo en gallego, una llamada, a lo mejor una madre llamando a un niño. Otro silencio.
—Don Xoán. ¿Aurea tiene una hipótesis ya?
Xoán abrió los ojos otra vez. Se quedó mirando hacia el techo, aunque no lo viera. La pintura del techo, blanca, con manchas de humedad cerca de la esquina norte.
—Aurea tiene una certeza. Pero no tiene la prueba. Por eso os necesita. Y por eso no os ha dicho el nombre todavía.
—Severo Anllóns.
Xoán no se movió.
—No has dicho el nombre, Xoán —añadió Adrián, después de un momento—. Lo he dicho yo. Para no ponerle a usted en el compromiso.
Xoán esperó un momento. Después sonrió, esta vez más entera.
—Has aprendido.
—Sí.
—Has aprendido bien.
Adrián sintió un peso pequeño, raro, en el pecho. Algo entre la satisfacción y una especie de tristeza que no supo explicar. Era la sensación de haber hecho bien una cosa que él habría preferido no tener que aprender.
Tareixa volvió. Traía una bandeja con una cazuela pequeña, tres tazas de barro, dos copas pequeñas de vino blanco, y un trozo pequeño de pan moreno cortado en rebanadas finas.
Lo dejó todo sobre una mesa baja entre las sillas y la butaca.
Sirvió el caldo, primero a Xoán, después a Clara, después a Adrián. Sirvió ella misma su taza al final.
—Vino para los chicos también —dijo Xoán.
Tareixa sirvió las dos copas. Adrián cogió la suya. Olía a vino blanco joven, áspero, gallego, con un fondo de pera.
—Salud —dijo Xoán, levantando la taza de caldo con las dos manos, con cuidado. La taza temblaba un poco entre los dedos, pero no derramó.
—Salud.
Bebieron.
El caldo era espeso, caliente, con unto, con grelos, con un trozo pequeño de jarrete.
Adrián no había comido caldo así nunca. Tomó una cucharada.
Después otra. Le entró por dentro una calidez que no esperaba, una calidez densa, animal, distinta del calor de las sopas que él conocía.
Sevilla no tenía caldo. Sevilla tenía gazpacho, salmorejo, ajoblanco.
Las sopas calientes de Sevilla eran cosa de los conventos, no de las casas.
El caldo, aquella tarde, lo entendió como una cosa concreta de Galicia, una manera de pasar el invierno que requería frío de fuera y leña dentro y tiempo lento.
Xoán comió sin prisa, ayudándose de Tareixa, que de vez en cuando le sostenía la taza para que no se le derramara. Tareixa hacía esos gestos sin solemnidad, como una nieta de pueblo que ayuda a su abuelo sin decirle que le está ayudando.
Hablaron de cosas pequeñas durante un rato.
De la lluvia. De las campanas del convento de San Martín, que se oían a través de las ventanas, y que Xoán identificó por el ritmo: dos toques rápidos seguidos de uno, repetido tres veces, una llamada a vísperas que en San Martín se hacía siempre así desde que él se acordaba.
De Tomás Beltrán, al que Xoán había conocido brevemente en una visita que el campanero ciego de Sevilla había hecho a Compostela, hacía ya muchos años.
—Tomás venía despacio —dijo Xoán—. Nunca nos veíamos mucho.
Pero cuando coincidíamos, no necesitábamos hablarnos demasiado.
Los ciegos viejos hablamos poco. Lo importante lo damos por hecho.
El primer ciego al que conocí en mi vida fue mi tío abuelo, que se quedó sin vista durante la Guerra.
Él me enseñó, siendo yo niño, que un ciego viejo no necesita explicar todo lo que sabe a otro ciego viejo.
Es una cosa que ya no se aprende mucho. La gente con vista habla más, en general.
La gente con vista cuenta cosas que ya están dichas.
—¿Le costó morirse a Tomás? —preguntó Adrián, casi sin pensar la pregunta.
Xoán se quedó un momento callado.
—Tomás murió bien. Aurea me lo contó cuando llegó la noticia. Murió en Sevilla, al amanecer, después de tocar la campana mayor. Como debía morirse. Me alegré de oírlo. Es la muerte que esperamos los del oficio. No todos tenemos esa suerte.
—¿Cómo querría morir usted?
Xoán sonrió un poco.
—Esa pregunta es para ti, Adrián, antes de para mí. Yo ya sé cómo voy a morir. Sé la cama en la que voy a morir y, seguramente, el día. Lo siento cerca. La pregunta interesante es la del otro: cómo se quiere morir uno cuando uno aún está empezando.
Adrián no contestó. Se quedó mirando la taza de caldo.
—Yo, meu —añadió Xoán, después de un momento—, querría morir como Tomás.
Con la mano puesta en una cuerda de campana.
Dándole al badajo el último golpe. Pero no creo que se me dé.
Me voy a morir en esta butaca, probablemente, o en la cama, mientras Tareixa entra a traerme el caldo y se da cuenta de que ya está frío el cuerpo.
No es tan poética. Pero está bien también.
Clara los miraba a los dos con una atención silenciosa. Tareixa, en su taburete, comía despacio el caldo, con la mirada baja. Era una conversación que quizá había escuchado, en distintos momentos, varias veces durante los últimos años.
Cuando Xoán terminó la taza de caldo, Tareixa se la quitó con cuidado. Le ajustó la manta sobre las piernas.
—Has hablado mucho hoy. Tienes que descansar.
Xoán negó, un punto, con la cabeza.
—Aún no.
—Xoán…
—Dame un poco más.
Tareixa lo miró. Después miró a Adrián. Después se sentó al pie de la butaca, en el taburete bajo, con los brazos cruzados, en silencio. No insistió. Sabía cuándo Xoán pedía un poco más. Lo había aprendido en muchos meses de cuidados.
Xoán se volvió hacia donde estaba Adrián.
—Hay una última cosa que quiero darte hoy.
—Le escucho.
—Acércate.
Adrián se levantó de la silla. Se acercó a la butaca. Se quedó de pie junto a Xoán.
—Mete la mano en el bolsillo derecho de mi chaqueta.
La chaqueta de Xoán colgaba del respaldo. Adrián metió la mano en el bolsillo. Tocó algo metálico, frío, pesado. Lo sacó.
Era una llave.
Una llave grande, de hierro, antigua, con la cabeza tallada en forma de espiral.
Estaba ennegrecida por el uso de los siglos, pero la palanca seguía limpia, brillante, cuidada.
La cabeza, una espiral cerrada en cuatro vueltas, estaba labrada con una precisión que Adrián, restaurador de oficio, reconoció al instante: era una pieza de orfebrería medieval menor, hecha probablemente por un cerrajero del siglo trece que había trabajado para el Cabildo de Santiago.
La forma de la espiral no era casual. Era un símbolo viejo, célticobritánico, anterior incluso al cristianismo en esos territorios.
La espiral del agua, de los manantiales, del eterno retorno.
—¿Qué es?
—Es la llave de la cripta del Apóstol. La que se usa la noche del solsticio. Solo hay una. La llevaron tres campaneros antes que yo. Y ahora la llevas tú.
Adrián la miró. Le pesaba en la mano. Más de lo que un objeto de ese tamaño debería pesar.
—Don Xoán…
—Llévala contigo desde hoy. Hasta la noche del veintiuno. Esa noche la usarás. Después se la das a Aurea. Ella decidirá quién la lleva al año siguiente.
—Pero… —empezó a decir, sin saber qué.
—No digas nada. Guárdatela.
Adrián se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Le pesó ahí también, contra el costado, distinta del resto del peso de las cosas que llevaba en el bolsillo: la cartera, el cuaderno de notas, la nota de Severo.
Xoán cerró los ojos, despacio.
—Ahora podéis iros. Ya os he dicho lo que tenía que decir.
Tareixa se puso de pie. Hizo un gesto para que se prepararan.
Adrián miró un momento a Xoán. La piel translúcida, las manos quietas sobre la manta, los ojos cerrados.
—Don Xoán. Gracias.
Xoán no abrió los ojos. Pero hizo un gesto pequeño, casi imperceptible, con una mano.
—Vete, meu . Vete.
Salieron de la habitación en silencio. Tareixa cerró la puerta despacio detrás de ellos.