Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 5 · La cantareira ciega
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Capítulo 5 · La cantareira ciega

Tareixa los recogió esa misma tarde. Había una luz baja de invierno cuando salieron del Hostal, una luz que no terminaba de ser de día pero todavía no era de noche.

Compostela quedaba envuelta en una claridad gris de la que costaba salir.

La nieve no caía nunca aquí en diciembre, había explicado Tareixa la noche anterior.

Lo que caía era una humedad que se le metía a uno entre las costuras del abrigo y se quedaba allí hasta que uno se sentaba junto a una chimenea, y aún así, a veces, ni con eso.

—Os llevo a casa de Xoán —dijo Tareixa, mientras conducía—. Os ha pedido él que vayáis. Aurea me ha dicho esta mañana que ya estáis preparados.

—¿Preparados para qué? —preguntó Clara.

Tareixa la miró un momento por el espejo retrovisor. Tenía las manos firmes en el volante, los dedos sin guantes pese al frío.

—Para conocerlo.

No añadió más. Adrián entendió, sin necesidad de pregunta, que conocer a Xoán Ferro era algo que en Compostela se hacía con cierto cuidado. Como una cosa que tenía pasos previos, ritos breves, momentos de espera.

El coche subió una calle estrecha por detrás de la Catedral, cruzó una plaza pequeña con un crucero de piedra en el centro, y se detuvo frente a una casa de tres plantas con la fachada de granito ennegrecido por los siglos.

La calle, en penumbra a esa hora, estaba casi vacía.

Una mujer mayor, sentada en una silla baja a la puerta de un portal vecino, los miró con la curiosidad neutral de los vecinos antiguos del casco viejo. No saludó. No preguntó. Solo miró.

—Es aquí.

Tareixa abrió el portal con una llave grande de hierro que sacó del bolsillo del abrigo, sin esfuerzo, como quien abre la puerta de su propia casa.

La cerradura giró con un chasquido limpio.

La puerta de madera oscura, vieja, se abrió hacia un zaguán estrecho de losas grises, mal iluminado por una bombilla amarillenta colgada de un cable corto.

—Es de un primo mío —dijo Tareixa, mientras subían—.

Xoán vive aquí desde hace cuarenta años.

La casa se la dejó mi tío, que era amigo suyo.

Cuando mi tío murió, le pasó el contrato a Xoán.

Renta antigua, casi nada al mes. Compostela funciona así.

Los amigos se cuidan unos a otros sin firmar muchos papeles.

Subieron por una escalera de piedra, sin ascensor, hasta el segundo piso.

Los escalones estaban gastados en el centro, hundidos por la pisada de generaciones.

La barandilla de hierro forjado conservaba algunas curvas modernistas del siglo diecinueve.

En cada rellano había una sola puerta, sin nombre en la placa, solo el número del piso pintado a mano sobre la madera.

Tareixa tocó dos golpes secos en la puerta del segundo y, sin esperar respuesta, entró.

—Xoán. Soy yo.

Una voz contestó desde dentro, ronca, muy lenta.

—Pasa, miña . Pasa con ellos.

La casa olía a leña, a aceite de oliva, a libro viejo. El recibidor era estrecho, con un perchero de madera oscura. Tareixa colgó allí los abrigos. Después los condujo a un cuarto al fondo del pasillo.

Por el camino, Adrián vislumbró otras puertas entreabiertas.

Una cocina pequeña, con un fogón de leña encendido y una olla pequeña humeando despacio sobre la chapa.

Un dormitorio sencillo, cama de hierro, una mesilla con una lámpara baja, un crucifijo de madera sobre el cabecero.

Una sala vacía, sin muebles, con el suelo de tarima clara y, en el centro, un baúl viejo cerrado con candado.

Una casa pequeña, ordenada, con la economía de espacio de los que han vivido siempre solos.

Llegaron a la sala del fondo.

Era una sala pequeña. Tres ventanas altas que daban a una calle interior, ahora con los postigos a medio cerrar.

Una chimenea de hierro encendida, con la leña ardiendo con parsimonia, sin llama viva, dando un calor sordo, denso.

Las paredes, encaladas, casi vacías. Un cuadro pequeño con una imagen muy gastada del Apóstol, casi un grabado, con marco de madera oscura.

Un crucifijo de madera sobre la puerta. Y, al fondo, en una butaca alta junto a la ventana, Xoán Ferro.

Adrián se quedó un momento sin moverse.

Era un hombre muy mayor. Ochenta y nueve años, había dicho Tareixa, pero parecía más.

La piel translúcida, casi azul en los pómulos.

Una manta de lana sobre las piernas, gris, deshilachada en uno de los bordes, claramente vieja, claramente cuidada.

Llevaba una camisa de franela gris y una chaqueta de punto marrón sobre los hombros, no abotonada, dejada caer como un chal.

Los ojos cerrados. Pero las manos, sobre el regazo, estaban quietas y firmes, como manos que aún sabían lo que hacían.

Manos largas, de dedos delgados, con las uñas cortadas con cuidado.

—Xoán, te traigo a Adrián y a Clara —dijo Tareixa—. Acaban de llegar.

Xoán Ferro abrió los ojos.

Eran ojos blancos, completamente blancos, sin pupila visible.

Adrián recordó, sin querer, los ojos de Tomás Beltrán en Sevilla, hacía dos años, cuando subió a la sacristía detrás de Salvatierra.

Pero los ojos de Xoán eran distintos. No solo ciegos.

Eran ojos que parecían mirar hacia dentro.

Ojos de un hombre que había estado escuchando antes de que ellos llegaran y que escuchaba ahora, con la atención que muchos hombres con vista no tenían nunca a lo largo de su vida.

—Acércate, Adrián.

Adrián se acercó. Xoán le tendió una mano, sin levantarse de la butaca. Adrián se la dio. Xoán la apretó un momento, sin fuerza, solo el tiempo justo para reconocerlo.

—Mucho he oído de ti.

—Y yo de usted.

—Salvatierra siempre me hablaba bien. Tomás también, cuando vivía. Decían que escuchabas mejor que la mayoría.

Adrián no supo qué responder. Inclinó un poco la cabeza, sin pensar que Xoán no podía verlo.

—Sí. Has inclinado la cabeza —dijo Xoán, con una sonrisa pequeña—. Lo he notado por el aire que has movido. Los ciegos, meu , oímos los gestos. Si bajas la barbilla, oigo el aire desplazarse. Si la subes, también. Es una de las pocas cosas útiles que la ceguera enseña.

Adrián sonrió. Era la primera vez que sonreía aquella tarde.

—Acerca a Clara también.

Clara se aproximó. Xoán le tendió la mano. Cuando ella la tomó, Xoán cerró un momento los ojos.

—Tienes la mano fría, miña .

—Es invierno.

—No es por eso. Es la mano de quien ha perdido a alguien hace poco.

Clara se quedó muy quieta.

Xoán le sostuvo la mano un momento más. Después la soltó, despacio.

—No diré el nombre. Pero estaba contigo. Y se fue. ¿Hace cuánto?

Clara tardó en responder.

—Cinco meses.

—¿Persona? ¿Animal?

—Animal.

Xoán asintió.

—De los que cuentan más que las personas, a veces. Lo siento.

—Gracias.

Clara apartó la mano sin brusquedad. Adrián la miró.

Sabía a quién se refería: Moro, el galgo, había muerto en Barcelona en julio.

Una infección que no respondió al tratamiento.

Habían pasado los últimos cuatro días con él y, al final, Clara lo había sostenido durante la inyección final, en la consulta del veterinario, y se había quedado sentada con él hasta que el cuerpo se enfrió.

Adrián le había escrito esa misma noche desde Sevilla.

Pero solo habían hablado por teléfono. No se habían visto desde entonces hasta el martes anterior, en Madrid.

Nadie contestó.

Tareixa, que se había quedado de pie junto a la puerta, hizo un gesto a Adrián para que se sentaran. Había dos sillas frente a la butaca de Xoán, dispuestas de antemano, y un taburete bajo a un lado para Tareixa. Adrián y Clara se sentaron. Tareixa, en el taburete.

—Tareixa, miña . Trae el caldo y tres tazas. Y vino para los chicos, si quieren.

Tareixa salió.

Xoán esperó hasta oír sus pasos por el pasillo. Después dijo, en voz más baja:

—Tareixa es buena chica. La quiero como a una nieta. Pero hay cosas que tengo que decir solo a vosotros dos. Hoy. Si me da el cuerpo.

Adrián asintió, aunque sabía que Xoán no podía verlo.

—Le escuchamos.

Xoán cerró los ojos otra vez. Tardó un buen rato en hablar. La leña, en la chimenea, crujía despacio. Por la ventana entraba un ruido lejano: el de una campana de un convento próximo, no la de la Catedral, que daba con un ritmo distinto y un tono más alto.

—Tengo ochenta y nueve años. Cumplo noventa en marzo, si llego. No voy a llegar.

Adrián abrió la boca para decir algo, pero la cerró otra vez. No dijo lo que iba a decir, que era una cosa cortés y tonta de las que se dicen cuando alguien anuncia su propia muerte y uno no tiene aún el oficio de aceptarla. Calló.

—No es queja. Es información. Tú me preguntarás cosas y yo te las contestaré mientras pueda. Pero quiero que sepas que tengo prisa. Yo no la tengo. La tiene mi cuerpo. Es distinto.

Adrián asintió.

—De acuerdo.

—La primera cosa que tengo que deciros, antes de Tareixa volver, es que el solsticio que viene es el último mío.

Adrián se quedó quieto.

—Llevo cuarenta y tres solsticios en el oficio compostelano. He hecho mi trabajo cada uno de ellos. Cuarenta y tres veces la noche del veintiuno de diciembre, en mi sitio, haciendo lo que me corresponde. El veintiuno de diciembre que viene haré el último. Y luego ya no.

—¿Va a estar usted ahí? —preguntó Clara.

—Voy a intentarlo. Pero si no llego, no llego. Y si no llego, hay que tener prevista la sustitución. Por eso esta tarde tenéis que estar aquí. Por eso os he hecho llamar.

—¿Y por qué nos lo dice a nosotros?

Xoán abrió los ojos. Los volvió hacia donde estaba Adrián, aunque no lo viera.

—Porque tú vas a ir, Adrián. En mi lugar, si yo no llego. Y aunque yo llegue.

Adrián tardó un momento en entender.

—¿Yo?

—Tú.

—Pero yo no soy de la red de Compostela. Soy de Sevilla.

—Eras de Sevilla. Ahora eres de la red. Toda. La red es una sola, aunque tenga formas distintas según el lugar. Tú lo sabes, aunque hagas como que no lo sabes.

Adrián calló.