Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 4 · Lo que pasó con Morán #3
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Capítulo 4 · Lo que pasó con Morán #3

Lo que Fabián le había dicho sobre Morán no le había sorprendido.

La red había hecho lo que la red hacía siempre.

Era una institución que llevaba siglos perfeccionando, sin necesidad de manuales escritos, las maneras de tratar a sus traidores, y esas maneras eran lentas, ofrecían siempre una salida digna a los condenados, y al final consumían a los condenados no por crueldad sino por aislamiento.

Eran maneras éticamente aceptables, pensó Adrián, en la medida en que se aceptaba la premisa de que la red tenía derecho a juzgar.

Lo que sí le había dejado pensando era la última frase. Esto que tenemos ahora, Adrián, es distinto.

Y la otra. La de Severo. La de que Aurea no le había mencionado el nombre.

Algo se estaba moviendo. Y Aurea sabía qué. Y Fabián sabía qué. Y nadie se lo iba a contar a él hasta que no estuviera dispuesto a verlo por sí mismo.

Pasó por delante de la fachada de Azabachería, cruzó la plaza de la Inmaculada, donde un grupo de turistas extranjeros, armados con paraguas y mapas plegados, escuchaba las explicaciones de una guía profesional con auriculares portátiles.

La guía no era Tareixa. Era otra mujer, mayor.

Adrián la miró un momento al pasar. La guía hablaba en alemán, despacio, sobre la fachada barroca.

El grupo asentía sin demasiada convicción.

Pensó, mientras caminaba, en las dos catedrales que había conocido bien.

Sevilla y Barcelona. La de Sevilla, gótica con resabios mudéjares, monumental, central, majestuosa.

La de Barcelona, gótica en el sentido más puro, alta y vertical, esbelta, fría.

La de Compostela era distinta. Estaba más cerca del suelo.

Estaba más cerca de la roca de la que se había sacado la piedra.

Había en ella una pesadez antigua que las otras dos no tenían.

Era la primera de las tres, la matriz, había dicho Aurea.

Y Adrián empezaba a entender, físicamente, qué quería decir esa palabra.

Cuando llegó al Hostal, Clara estaba ya despierta. Lo miró desde el sofá del vestíbulo, donde estaba sentada leyendo un periódico local con una taza de café en la mesa baja, en cuanto entró por la puerta giratoria.

—¿Dónde has estado?

—Me he encontrado a Fabián.

Clara cerró el periódico. Se irguió en el sofá.

—¿Por casualidad?

—No.

Adrián se sentó frente a ella, en el otro sillón. Le contó la conversación entera. El destino de Morán en Vilarpol. La ofrenda de las dos opciones. El silencio. La invitación de Severo, también en el correo de Fabián. La frase sobre lo que tenían ahora. La advertencia sobre la cena.

Clara escuchó sin interrumpir. Era una de las cosas que mejor se le daba: escuchar entera una historia antes de hacer la primera pregunta.

Adrián la había visto hacerlo en Barcelona, en su archivo, frente a investigadores que iban a consultarle un expediente complicado.

Clara los dejaba terminar. Tomaba algunas notas.

Después, al final, hacía dos preguntas concretas que reordenaban toda la información.

Cuando él terminó, ella se quedó un rato callada. Cogió la taza de café. Bebió un sorbo. La devolvió al plato sin ruido.

Después dijo:

—Adrián.

—Dime.

—Severo es el problema.

Adrián la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Aurea no nos lo ha mencionado, y Fabián no nos lo ha desmentido.

Y porque la cena del viernes la organiza precisamente él.

Y porque alguien del oficio ha arrancado doce páginas del libro de Mateo.

Y porque las páginas hablaban del solsticio.

Y porque Aurea, en la mesa de la taberna del miércoles, puso una cara cuando hablaba de la sospecha que solo le he visto, en mi vida, a un archivero compañero mío de Barcelona cuando descubrió que el suyo, no otro, había vendido un manuscrito.

Adrián pensó un momento.

—Es una hipótesis. Aún no es prueba.

—No. No es prueba. Pero es por dónde empezar. Y, si te das cuenta, Fabián te lo ha confirmado sin confirmártelo. Pregúntaselo a ella , te ha dicho. Es la respuesta más clara que un hombre del oficio puede dar sin llamar a las cosas por su nombre.

Adrián asintió sin decir nada.

Se quedaron los dos sentados en el vestíbulo, con la luz gris de la mañana entrando despacio por los ventanales.

Una camarera pasó con una bandeja de tazas vacías hacia la cocina.

Un cliente nuevo se acercó al mostrador de recepción a pedir información sobre el museo del Pórtico.

La voz baja del recepcionista le explicaba los horarios.

Fuera, sobre la plaza del Obradoiro, las campanas de la torre de la Berenguela dieron las once. Cuatro toques rápidos, una pausa, un quinto toque sostenido.

Cuatro y uno.

Adrián escuchó hasta que el último toque se apagó.

Después miró a Clara.

—Vamos a desayunar. Tú, quiero decir.

—Vamos.

Y subieron juntos al comedor, donde la camarera joven que había estado limpiando dos horas antes seguía allí, ahora montando ya las mesas para el almuerzo, y donde Adrián y Clara se sentaron en silencio frente al ventanal del patio interior, mientras fuera la mañana de Compostela seguía mostrándose, a su ritmo, en su luz gris e indecisa, sin terminar nunca de ser día y sin decidirse a volver a la noche.