Capítulo 4 · Lo que pasó con Morán #2
—Una parroquia. Pequeña. Lejos de todo. Suficientemente digna para que un canónigo de catedral pudiera aceptarla sin perder la cara. Suficientemente apartada para que no pudiera seguir haciendo daño. Tardamos casi un año en encontrarla, como te he dicho.
Fabián bebió otro sorbo de café.
—La parroquia está en un pueblo de la provincia de Lugo.
Se llama Vilarpol. Es un lugar pequeño, en la sierra, lejos de las carreteras principales.
La iglesia es de finales del doce, románica de transición, sin valor patrimonial sobresaliente.
Tiene poco más de doscientos habitantes empadronados, y de esos doscientos, los que van a misa son tres.
Tres mujeres mayores. La parroquia llevaba sin párroco fijo cuatro años antes de que llegara Morán.
Lo atendía un sacerdote itinerante, el de Castro de Rei, que pasaba por allí los domingos y, los miércoles a las cinco, una misa ferial corta.
Adrián escuchaba con atención.
—Le ofrecimos a Morán ese destino con dos opciones, como te decía.
La primera: aceptaba ir, sin oponer resistencia, y el Cabildo de Sevilla emitía un comunicado diciendo que se trasladaba por motivos de salud, sin manchar su expediente.
Conservaba el sacerdocio. Conservaba la pensión.
Vivía sus últimos años como párroco rural.
—¿Y la segunda?
—La segunda era la otra. Que el Cabildo iniciara expediente disciplinario.
—¿Aceptó la primera?
—La aceptó al día. No le hizo falta pensar.
Adrián asintió una vez.
—¿Lleva cuánto allí?
—Desde octubre del año pasado. Catorce meses.
—¿Y cómo está?
Fabián se quedó un rato mirando hacia la calle, donde un camión pequeño descargaba cajas de cerveza frente a un bar todavía cerrado.
—Está vivo. Da misa los domingos a las once.
La oyen tres ancianas y, a veces, algún vecino que pasa por casualidad.
Los miércoles dice una misa ferial a las cuatro de la tarde, que se aguanta solo con dos asistentes.
Confiesa una vez al mes. Bautiza cuando alguno de los pocos jóvenes del pueblo tiene un hijo, lo que pasa una vez cada dos o tres años.
Lee mucho. Le siguen llegando libros de Sevilla, por correo.
Algunos antiguos colegas se los mandan. Y él los acepta.
Pero no responde nunca con cartas largas.
Una postal, a lo más, agradeciendo el envío. Una postal con tres frases y la firma.
—¿No ha intentado salir?
—No.
—¿Ni hablar con nadie sobre lo que sabe?
—No. La red lo sabe. Hay alguien que de vez en cuando pasa por Vilarpol, sin avisarle. Comprueba que sigue en su sitio. Que no recibe visitas extrañas. Que no escribe a sitios donde no debe. Hasta hoy, no ha incumplido el acuerdo.
Adrián miró a Fabián.
—¿Y va a seguir cumpliéndolo?
Fabián se lo pensó.
—Quizá sí. Morán es un hombre roto, Adrián.
Cuando alguien rompe el silencio del oficio y luego se le condena a vivir en silencio, el castigo suele bastarle.
Hay algo en el aislamiento que le devuelve la conciencia de lo que hizo.
No siempre. Pero a menudo, sí. Lo he visto pasar tres veces en mi vida.
La primera, en mil novecientos sesenta y cuatro, con un canónigo de Tuy.
La segunda, en mil novecientos ochenta y nueve, con un archivero de Mondoñedo.
La tercera, ahora, con Morán. Las tres veces el resultado ha sido el mismo: la persona se va apagando, despacio, en el sitio que se le asigna, hasta apagarse del todo.
Adrián se quedó callado un buen rato.
—¿Por qué me cuenta esto, Fabián?
—Porque tienes que saberlo. Porque eres el único de los protagonistas del caso de Sevilla que sigue en activo en la red, junto con Salvatierra.
Y porque, si pasas tiempo aquí, vas a oír su nombre.
Habrá quien lo mencione sin querer. Habrá quien te pregunte, pensando que lo sabes, qué fue lo que pasó.
—¿Y qué les digo?
—Lo que hayas decidido decirles. Si cuentas la verdad, no pasa nada.
La red no oculta lo que se hizo. No es vergonzoso.
Pero conviene contarlo bien. Que se entienda que no fue venganza.
Que fue el oficio cumpliendo su tarea. Y, sobre todo, que se entienda que fue la mejor opción que la red podía ofrecerle a Morán. No la peor. La mejor.
Adrián asintió.
El silencio duró más de lo que ninguno de los dos quiso.
Fabián cogió la taza de café, ya casi vacía. Apuró el último sorbo. Después la dejó sobre el plato y se quedó un rato mirando el poso oscuro del fondo, como si las hojas del café molido estuvieran organizándose en algún dibujo que él entendía.
—Adrián.
—Dígame.
—Hay otra cosa que quería decirte.
Adrián levantó la vista.
—Lo que pasó con Morán fue como fue porque se podía hacer. Era un caso fácil. Era un canónigo de Sevilla que vendió por dinero y por vanidad. La red sabía lo que tenía delante. Lo sabía todo el mundo. La decisión fue casi automática, pese a haber tardado un año en ejecutarse.
Fabián levantó los ojos hacia Adrián. Eran ojos cansados, pero claros.
—Pero esto que tenemos ahora, Adrián, es distinto.
Adrián no preguntó qué tenían ahora.
Sabía que Fabián no se lo iba a decir todavía. Y sabía, también, que había que respetar el sitio donde Fabián se detenía. Era una cortesía del oficio.
Fabián siguió mirándolo unos segundos. Después se incorporó poco a poco, ayudándose del bastón.
—Tengo que irme. He quedado a las once con Aurea.
Adrián se levantó también. Sacó la cartera para pagar los cafés.
—Eso lo pago yo —dijo Fabián—. Aquí siempre pago yo. Si me dejas pagar, el camarero se ofende. Y el camarero, cuando se ofende, cobra el café siguiente al doble. Llevo cincuenta años invitando aquí. No me obligues a empezar a aceptar invitaciones a estas alturas.
Adrián sonrió. Guardó la cartera.
—De acuerdo.
Salieron de la taberna. La calle estaba más animada que cuando habían entrado. Pasaba la gente, abrigada, con bolsas. Los escaparates encendidos. Una furgoneta de reparto frenó al final de la calle, con el ruido característico de su motor diésel viejo.
Fabián se detuvo un momento antes de despedirse.
—¿Vais a la cena de Severo esta noche?
Adrián levantó las cejas.
—¿Sabe lo de la invitación?
—Lo sé.
—¿Aurea le ha hablado?
Fabián sostuvo la mirada de Adrián un momento.
—Aurea no me lo ha contado. La invitación me llegó a mí también, anteayer, por el mismo correo. La habrá mandado Severo a varios, supongo. No sé justo a quién. Pero no es una cena solo para vosotros.
Adrián se quedó callado.
—¿Y va a ir?
—Voy. Y vosotros también deberíais. Severo es una persona importante en el oficio compostelano. Lleva cuarenta años entre nosotros. Ha sido archivero, canónigo, custodio. Es amigo mío de toda la vida. Y de Aurea también.
Fabián levantó un poco el bastón, en un gesto que era casi una insistencia.
—Id a la cena. Escuchad. Mirad. No bebáis de más, aunque el aguardiente que Severo sirve a sus invitados es, sin duda, el mejor de Galicia. Y no contéis nada de lo que estáis viendo en el archivo. Severo no os preguntará. Pero hay otras maneras de preguntar sin preguntar.
Adrián asintió.
—Entendido.
Fabián le dio una palmadita corta en el brazo. La mano apergaminada, el bastón en la otra. Se quedó un momento más mirándolo, como si calibrara si había dicho lo necesario o si se le había escapado algo.
—Y otra cosa, Adrián.
—Dígame.
—Si en algún momento, en la cena o después, te preguntas por qué Aurea no te había hablado de Severo todavía, no me lo preguntes a mí. Pregúntaselo a ella.
Adrián se quedó mirándolo.
Fabián sonrió un poco. La misma sonrisa que tenía Salvatierra en Sevilla cuando decía algo importante sin parecer que lo decía.
Una sonrisa de los hombres del oficio mayor, una sonrisa de canónigo retirado, breve, contenida, que indicaba sin afirmar que lo que acababa de decirse era importante y que el otro tenía que recogerlo.
—Hasta luego, Adrián.
Y echó a andar despacio hacia el Cabildo, apoyándose en el bastón, con los hombros encorvados bajo el abrigo gris.
Adrián se quedó un rato más en la calle, sin moverse. Dejó que Fabián desapareciera por una esquina. Después miró hacia el cielo. Las nubes seguían bajas, pero la claridad lechosa se mantenía. Probablemente no iba a llover en toda la mañana. Era, en Compostela, un acontecimiento.
Echó a andar hacia el Hostal.