Capítulo 4 · Lo que pasó con Morán
Adrián durmió mal otra vez.
La invitación de Severo Anllóns le había dejado en la cabeza una pregunta que no encontraba respuesta.
Aurea no lo había mencionado en toda la mañana del jueves.
No era un olvido. Aurea no olvidaba nombres.
Y la nota manuscrita del reverso, He sabido que os encontráis en Compostela.
Quería conoceros. S. A. , sonaba en el silencio de la habitación de modos cada vez más distintos cada vez que la repasaba: a cortesía, a desafío, a cuidadísima cortesía que se siente desafío sin que pueda decirse por qué.
A las siete de la mañana del viernes se levantó, se vistió y bajó al comedor del Hostal. Clara seguía dormida en la habitación contigua. La dejó descansar, sin hacer ruido al cerrar la puerta del cuarto cuarenta y dos.
Tomó café en silencio, junto a un ventanal que daba al patio interior.
El comedor estaba casi vacío. Solo dos huéspedes alemanes de mediana edad, en una mesa lejana, hablaban en voz baja sobre un mapa de carreteras desplegado entre los platos.
Una camarera joven, gallega, repasaba con un trapo las superficies del aparador.
Olía a café recién hecho, a tostadas, a mantequilla derritiéndose lentamente sobre el pan.
Adrián miró por la ventana. El cielo se había aclarado por primera vez desde que habían llegado.
No salía el sol, pero se intuía detrás de las nubes una claridad pálida, lechosa, que en otras ciudades habría sido el principio del día y que en Compostela seguía pareciendo penumbra.
Las losas del patio interior segundo, mojadas, tenían un brillo apagado de pizarra recién pulida.
El crucero de piedra del centro, que la víspera había estado borroso por la lluvia, esa mañana se distinguía con sus aristas limpias, una pequeña silueta contra el granito gris claro de la fachada.
A las ocho y media subió a la habitación. Clara seguía durmiendo. Le dejó una nota sobre la mesa de escritorio, escrita a mano con bolígrafo azul.
He bajado a dar un paseo. Vuelvo a las once. Si te despiertas antes, espérame para desayunar tú también. A.
La dejó apoyada contra una taza, donde Clara la viera nada más entrar al cuarto si volvía a la habitación de él en lugar de bajar a la suya. No estaba seguro de qué iba a hacer ella. Pero la nota cubría las dos posibilidades.
Salió a la plaza del Obradoiro.
Caminó sin rumbo, dejando que la ciudad lo llevara.
Pasó por la fachada de la Universidad, atravesó la plaza de Fonseca, donde una mujer barría con una escoba de paja la entrada de un edificio universitario.
Bajó por una calle estrecha, sin nombre legible.
Después se encontró cruzando un puente de piedra sobre un riachuelo casi seco, encajonado entre dos muros de granito ennegrecido.
El riachuelo, según una placa que Adrián leyó al pasar, se llamaba el Sar.
Discurría por el subsuelo de la ciudad durante varios tramos, salía a la luz aquí, y volvía a hundirse cien metros más adelante.
Como muchas cosas en Compostela, el río también funcionaba a un ritmo distinto del visible.
Y luego, sin saber bien cómo, se vio caminando por una avenida más ancha, fuera ya del casco viejo.
La calle olía a panadería. Un par de tiendas pequeñas estaban abriendo a esa hora: una farmacia, un colmado, una pastelería.
Detrás del cristal de la pastelería, una mujer con delantal blanco colocaba bandejas de pan recién horneado, todavía humeantes.
Una niña pequeña, agarrada a la mano de su padre, se quedó mirando las bandejas a través del cristal. Adrián los rebasó lentamente.
En una esquina, junto al escaparate de la pastelería, oyó una voz a su espalda.
—Adrián.
Se volvió.
Era Fabián Lamela.
Lo había reconocido de inmediato, aunque no lo veía desde Sevilla, hacía meses.
Estaba más viejo. Más encorvado. Pero los ojos eran los mismos ojos, oscuros, atentos, gallegos, con esa mirada de canónigo retirado que sigue mirando al mundo como si tuviera todavía la obligación profesional de saber lo que pasa en él.
—Don Fabián.
—Sin don. A estas horas no hago el favor.
Fabián sonrió. Le tendió la mano.
Adrián se la estrechó. Era una mano fina, fría, con la piel apergaminada y manchada por las décadas, las manos que se vuelven manos cuando un hombre llega a los ochenta y tres años y sus huesos empiezan a quedarse por debajo de la piel.
Llevaba un abrigo gris de paño grueso, una bufanda oscura, un sombrero de fieltro que a Adrián le pareció el mismo que le había visto en Sevilla la última vez.
—No esperaba verle.
—Aurea me dijo dónde os alojabais. Pensé que saldrías a pasear temprano. Sevilla te enseñó a salir antes del amanecer.
—Compostela también, parece.
Fabián lo miró un momento, sin sonreír.
—Compostela tiene otras costumbres. Aquí se sale despacio. La gente del oficio madruga, pero la ciudad tarda en abrirse hasta media mañana. Yo soy una excepción. Madrugué siempre. Mis amigos me regañan por esto desde hace cincuenta años.
Caminaron juntos en silencio durante un rato.
Fabián llevaba un bastón de madera oscura, que apoyaba con regularidad pero sin necesitarlo del todo.
Andaba a un ritmo más lento del que Adrián habría escogido por su cuenta, pero el ritmo de Fabián tenía su propia coherencia: cada paso parecía calculado, no por debilidad, sino por economía.
Era el ritmo de un hombre que se conocía bien las distancias de su ciudad y sabía igual cuántos pasos le quedaban hasta el final del día.
—¿Has desayunado?
—Sí. Café, en el Hostal.
—Yo aún no. Acompáñame.
Lo llevó a una taberna pequeña, en una calle lateral cuyo rótulo Adrián no llegó a leer.
La taberna era oscura, larga, con un mostrador de mármol gastado y dos mesas de madera junto a la ventana.
Olía a tortilla recién hecha, a café cargado, a un fondo de vino tinto que quizá alguien había derramado la víspera y que aún no había salido del todo del aire.
Se sentaron en la mesa del fondo. Fabián saludó al camarero, un hombre de unos sesenta años, con una mirada y un gesto pequeño de la mano, sin levantar la voz.
El camarero le trajo, sin preguntar, una taza de café con leche en vaso de cristal y un trozo pequeño de tortilla de patata sobre un plato blanco.
—Aquí me conocen desde hace mucho —dijo Fabián—.
Vengo todos los días, salvo cuando no salgo.
Y los días que no salgo, el camarero se preocupa.
Le he dicho mil veces que no se preocupe.
Pero a estas alturas ya es cariño. Cuando uno ha pasado los ochenta y tres años, los desayunos en taberna se vuelven el sitio donde uno se mide los días.
Adrián pidió un café también. Fabián comió la tortilla sin apurarse, con un tenedor pequeño, masticando bien, mirando al frente, sin distraerse en mirar a Adrián.
Era una manera de comer que Adrián reconoció: era la manera en que Salvatierra comía las pocas veces que había compartido mesa con él en Sevilla.
La manera de comer de los hombres mayores que han aprendido que la comida es un acto que merece atención propia.
Cuando terminó, dejó el tenedor sobre el plato y se quedó un momento mirando a Adrián.
—¿Cómo estáis Clara y tú?
—Bien. Cansados del viaje. Pero bien.
—¿Y la cabeza?
Adrián no respondió enseguida.
—La cabeza despierta —dijo finalmente.
Fabián sonrió, lo justo.
—Es lo que hay que tener despierta aquí. La cabeza. El corazón hay que tenerlo guardado, en estos días.
Adrián entendió lo que le quería decir. Aún no del todo. Pero entendió que era importante. Fabián era de los que decían las cosas una vez y esperaban que el otro las hiciera suyas a su ritmo.
Fabián bebió un sorbo de café. Después lo dejó sobre la mesa, despacio.
—Adrián.
—Dígame.
—Hay una cosa de la que tenemos que hablar.
—¿Aurea le ha dicho que me hablara?
—No directamente. Pero yo lo iba a hacer de todas formas. Y creo que hoy es el día. Si lo dejo pasar, ya no podré, porque esta noche cenáis con Severo y a partir de esta noche las conversaciones son otras.
Adrián asintió.
Fabián estuvo un instante mirando hacia la ventana, hacia la calle gris.
—Es sobre Morán.
Adrián sintió, de pronto, el frío de la taberna como si la temperatura hubiera bajado un grado en un instante.
No había pensado en Morán desde hacía mucho tiempo.
Desde Barcelona, quizá. Desde la noche en la que el canónigo había cerrado el Cabildo de Sevilla detrás de él y todo lo del libro primero había llegado a su final.
—Le escucho —dijo.
Fabián tardó en empezar. Dio otro sorbo de café. Se enderezó un poco en la silla.
—Cuando vosotros os fuisteis de Sevilla, hace dos años, Morán quedó en el Cabildo. Tú lo sabes. La red sevillana decidió no hacer nada visible con él, en aquel momento. No había pruebas que pudieran llevarse a un tribunal. Y la red, como sabes, no usa tribunales.
—Lo sé.
—Pero Morán había traicionado. Y la red lo sabía. Y la red, cuando sabe, actúa. Tarda lo que tarda, pero actúa.
Adrián asintió, en silencio.
—Lo que se hizo con Morán fue lo siguiente. La red sevillana habló con la red madrileña. La madrileña habló con varias diócesis del norte. Buscamos un destino. Tardamos casi un año en encontrar el adecuado.
—¿Adecuado para qué?
—Adecuado para que él aceptara sin protestar. La red no fuerza nunca. No tiene esa autoridad ni quiere tenerla. La red propone. Lo importante en estos casos es que la propuesta sea de tal calidad que la persona la prefiera al destino contrario.
—¿Y cuál era el destino contrario?
—El destierro académico total, la denuncia ante el obispo, la apertura de un expediente disciplinario por venta de información sobre patrimonio histórico.
Con consecuencias civiles, en el peor caso.
Cárcel, posiblemente. Excomunión, casi seguro.
Pérdida de la pensión. Pérdida de la condición sacerdotal. Eso es el destino contrario.
—¿Y la propuesta de la red?