Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 3 · La voz de Aldonza #3
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Capítulo 3 · La voz de Aldonza #3

Caminaron hasta el Hostal en silencio. Cuando llegaron, encontraron en la recepción un sobre con el nombre de Adrián escrito a mano. El conserje se lo entregó sin comentarios.

Era un sobre de papel grueso, sin remitente. Dentro había una cartulina cremosa, gruesa, con tipografía clásica:

Don Severo Anllóns Vilas tiene el honor de invitar a Adrián Vega y a Clara Bru a una cena privada en su casa este viernes, a las nueve de la noche. Rúa Nova, 14, primero. Sin necesidad de confirmación.

Adrián le dio la vuelta a la cartulina. En el reverso, en una caligrafía a mano cuidada y redonda, había tres líneas más:

He sabido que os encontráis en Compostela. Quería conoceros. S. A.

Adrián miró a Clara.

—¿Quién es Severo Anllóns?

Clara tardó un segundo.

—Acabamos de hablar de él.

—Lo sé. Pero quiero oírte decirlo.

—Es el archivero. El amigo de Aurea desde hace cuarenta y tres años. El que tiene la mesa a tres metros de la suya en el archivo. El que está, casi con seguridad, arrancando páginas.

—Sí.

—Y nos invita a cenar.

—Sí.

Adrián volvió a leer la invitación.

—Aurea no nos lo ha mencionado esta mañana.

—No.

—Pero nos lo ha mencionado en la comida. Sin decir nada de la cena.

—Tampoco.

Se quedaron de pie en el vestíbulo del Hostal, con la cartulina en la mano, mientras fuera, sobre las losas de la plaza, empezaba a llover otra vez.

—¿Lo sabe Aurea? —preguntó Clara.

—Lo sabe. Lo sabe todo el mundo aquí. Todo el mundo lo sabe todo. Aurea ha mencionado a Severo sabiendo que la invitación estaba ya en nuestro hostal.

—Y no nos ha avisado.

—No.

—Eso debe significar algo.

Adrián se quedó un momento callado.

—Sí. Significa que confía en nosotros para que sepamos manejarlo solos.

Clara le miró.

—¿Vamos a ir?

—Vamos a ir.

Subieron a la habitación. Adrián dejó la cartulina sobre la mesilla, junto a la jarra de cerámica.

La miró un momento más. Don Severo Anllóns Vilas tiene el honor de invitar…

Una invitación impresa, no manuscrita, hecha en cartulina de calidad.

La hospitalidad medida del erudito que sabe lo que hace y lo hace bien.

Clara se sentó en la cama. Se quitó los zapatos. Se quedó un rato mirando hacia el balcón, sin moverse.

—Adrián.

—Dime.

—No nos invita por azar.

—No.

—Sabe que estamos aquí por él. Y nos quiere ver la cara.

Adrián se sentó a su lado. Le apoyó la mano en la rodilla, brevemente, sin presionar.

—Y nosotros a él.

—También.

Clara bajó los párpados.

—Adrián. Esta historia no es como las otras dos.

—No.

—En Sevilla, Morán era un canalla. Vendía por dinero y por vanidad. Lo descubrimos y lo silenciaron. Fue, en cierto modo, fácil.

—Fue fácil porque no nos costó nada despreciarlo.

—Exacto. En Barcelona, lo que descubrimos era tan grande que nadie sabía dónde meterlo. Pero los actores estaban claros: nosotros, la red, Aubet. Eran tres bandos, y cada uno sabía en cuál estaba.

Adrián esperó.

—Aquí solo hay un bando —dijo Clara—. La red. Y dentro de la red, alguien a quien la red quiere mucho y al que la red va a tener que hacer daño.

—Y nosotros, en medio.

—Y nosotros, en medio.

Hubo un silencio.

—¿Tú estás bien con eso?

Adrián no contestó de inmediato.

—No. Pero es lo que hay. Hemos venido a esto. Tenemos que llegar al final.

Clara asintió.

Ninguno de los dos habló.

—Adrián.

—Dime.

—¿Qué crees que nos va a decir Severo?

Adrián se quedó pensando un buen rato.

—Creo que nos va a recibir con mucha cortesía. Va a hablar de cosas neutras durante la mayor parte de la cena. Y, en algún momento, hacia el final, nos va a decir, con una sonrisa, que sabe perfectamente que estamos aquí por él.

Clara abrió los ojos.

—¿De verdad lo crees?

—Sí. Lo creo. Severo es académico. Lleva treinta y cinco años en ese archivo y cuarenta en el oficio. No es Morán. No vamos a poder pillarle desprevenido. Va a hacernos saber que sabe.

—¿Y por qué crees que hará eso?

Adrián tardó.

—Para tomar la iniciativa. Para que no seamos nosotros los que le confrontemos. Para que sea él quien decida cuándo se confronta. Es lo que haría yo si estuviera en su lugar.

Clara lo miró un momento.

—Eres el único hombre que conozco que es capaz de pensar como el adversario.

—Es porque no le tenemos por adversario. Lo tenemos por colega.

—Sí.

Volvieron a callarse.

Clara se tumbó en la cama, vestida, con los pies sobre la colcha. Cerró los ojos.

—Adrián.

—Dime.

—Tengo miedo.

Adrián se quedó muy quieto. Era la primera vez, en dos años de relación, que la oía decir aquellas tres palabras. Clara no decía esas palabras. Se le notaba el miedo, a veces. Pero nunca lo había puesto así.

—¿Por qué? —preguntó él, con calma.

Clara tardó en contestar.

—Porque por primera vez no estamos descubriendo un secreto. Estamos resolviendo un drama personal de gente buena. Y eso es mucho más difícil.

Adrián la miró un buen rato.

—Sí. Lo es.

Le puso una mano en el pelo, brevemente.

Y los dos se quedaron así, en silencio, mientras fuera, sobre la plaza del Obradoiro, las campanas de la torre del reloj daban las cinco de la tarde con su ritmo de siempre.

Cuatro toques rápidos. Una pausa. Un quinto toque sostenido.

Cuatro y uno.