Capítulo 3 · La voz de Aldonza #2
—Para que esté siempre cerca de Mateo, sí. Y de Aldonza.
—¿Cuántos años lleva siendo mestra?
—Siete. La eligió Carme Antelo, su predecesora, antes de morir en dos mil diecisiete. Carme la había estado formando desde los veintiuno. Cuando Carme cayó enferma, supo que Tareixa estaba lista. Murió un mes después de la última transmisión.
—¿Cómo se hace la transmisión?
Aurea tardó un momento.
—La mestra anterior pasa a la siguiente todos los cantos, durante años, en sesiones individuales.
No los escribe. No se pueden escribir. Algunos se han intentado anotar y se desfiguran al hacerlo.
Tienen quiebros que la notación occidental no reconoce.
Quedan fuera del sistema. Se transmiten oralmente.
—¿Por qué no los escriben en notación neumática? La neumática medieval sí puede registrar microintervalos.
—Lo intentaron en el siglo doce. Hay un par de intentos fallidos en algún códice del archivo.
Después se decidió que no se intentara más.
La transmisión oral garantiza que los cantos no caigan en manos equivocadas.
Si están escritos, los puede aprender cualquiera.
Si no lo están, hay que ser elegido. La cadena de mestras desde Aldonza es continua, pero estrecha. Una en cada generación. Nunca dos.
—¿Y si la mestra muere antes de transmitir?
Aurea bajó la voz.
—Eso ha ocurrido tres veces en mil años.
La última, en mil setecientos cuarenta y dos.
Una mestra murió de viruela sin haber elegido sucesora.
La red estuvo dieciocho años sin canto. El solsticio se celebró sin la voz, con los siete custodios solo, y el botafumeiro no oscilaba.
Hubo dieciocho años en que la noche del veintiuno de diciembre no era la noche del veintiuno de diciembre.
Hasta que en mil setecientos sesenta una mujer joven de Negreira, sobrina de la difunta, empezó a cantar de pronto cosas que su madre, hija de la mestra muerta sin transmitir, le había cantado en cuna.
La red la encontró por suerte. Pero hubo dieciocho años de silencio. La red no quiere repetir aquello.
—¿Hay alguien preparado para suceder a Tareixa?
—Aún no. Tareixa tiene treinta y tres años. Está empezando a observar a tres niñas de la diócesis con voces excepcionales. Ya las conoce. Las irá observando durante los próximos diez años. Cuando una de ellas cumpla veinte, empezará la formación.
—¿Y si Tareixa muere antes?
Aurea la miró un momento.
—Por eso la cuidamos. Y por eso este año más que nunca.
Hubo un silencio.
Adrián cogió una de las fotocopias. La miró sin leerla.
—Aurea —dijo—. Cuando dices que el botafumeiro oscila sin que nadie lo empuje, ¿lo dices en sentido literal?
—Lo digo en sentido literal.
—¿Cómo es posible?
Aurea se acomodó en la silla.
—No lo sé.
Adrián la miró.
—¿No lo sabes?
—No lo sé, Adrián. Y he oído todas las explicaciones.
Hay quien habla de resonancia, de cámaras en los muros de carga, de frecuencias.
Hay un canónigo de Tuy que escribió doce folios sobre el asunto en los años setenta y que se murió convencido de haberlo resuelto.
Yo he leído los doce folios. Están muy bien escritos.
Y cuando estás allí, a las cinco de la mañana, con la voz subiendo y esa cosa de latón cruzando el aire encima de tu cabeza sin que nadie la haya tocado, los doce folios no te sirven absolutamente de nada.
—Pero tiene que haber una explicación.
—Puede que. Y el día que alguien la encuentre yo la escucharé con muchísima atención y después subiré a la nave y seguiré sin entender nada.
Hay cosas que se explican y se gastan, y hay cosas que se explican y siguen estando.
Esta es de las segundas. O eso me digo yo, que llevo veintiocho años sin dormir la noche del veinte al veintiuno.
—¿Eso lo construyó Mateo?
—Mateo no construyó nada de eso. Mateo se lo encontró cuando llegó al taller del Pórtico.
Lo conservó. Lo respetó. Y no lo explicó tampoco, y mira que el hombre explicaba cosas.
Escribió esa frase y se calló: las piedras escuchan .
Ochocientos años buscándole el sentido y sigue siendo la mejor descripción técnica que tenemos.
—¿Y tú lo has visto?
—Sí. Veintiocho veces.
—Una por cada año desde que entraste en la red.
—Sí.
Adrián tardó en hablar.
—Aurea.
—Dime.
—¿Y qué hay en la cripta? Lo que descubrió Mateo. Lo que Aldonza le explicó. La piedra ajena a la fábrica.
Aurea le sostuvo la mirada un buen rato.
—Eso, Adrián, lo verás el veintiuno.
—¿Cuándo es?
—Dentro de quince días.
Comieron en una taberna de la Rúa do Franco, los tres. Aurea apenas habló durante la comida. Pidió empanada, vino blanco, y se quedó mirando hacia la ventana mientras comía. Adrián tuvo la sensación de que estaba pensando en otra cosa, no en lo que les había contado por la mañana.
—¿En qué piensas? —se atrevió a preguntar Clara, en algún momento.
Aurea se volvió.
—En Severo.
Lo dijo sin tapujos. Adrián la miró sorprendido. Era la primera vez que Aurea mencionaba a Severo como persona, no como nombre dentro de un listado.
—¿Te puedo preguntar?
—Sí.
—¿Lleváis cuántos años trabajando juntos?
Aurea bebió un sorbo de vino.
—Cuarenta y tantos. Coincidimos en el seminario de Mondoñedo, los años setenta y ocho a ochenta y dos.
Él estudiaba para ordenarse. Yo iba a las clases de paleografía y de archivística diocesana, que entonces las daban allí y las daban bien, y era la única mujer en el aula.
A él lo ordenaron en el ochenta y tres. Yo me quedé en Compostela como archivera.
Él pasó por dos parroquias antes de volver al Cabildo.
Lleva en el archivo desde el ochenta y nueve.
Treinta y cinco años a mi lado, en la misma sala, con dos mesas a tres metros una de la otra.
—¿Y antes?
—Antes era amigo del seminario. Y antes, no, porque no nos conocíamos.
Hubo un silencio.
—¿Lo querías? —preguntó Clara, sin prisa.
Aurea la miró un momento. Después sonrió, levemente.
—No de esa manera. Severo y yo somos amigos. Solo amigos. Pero hay amistades de cuarenta años que pesan más que algunos matrimonios. Severo es la persona del oficio que más cerca tengo. Más que Fabián. Más que cualquier otra. Y voy a tener que ser yo quien lo confronte.
—¿Estás preparada?
Aurea cerró los ojos un momento.
—No. Pero voy a hacerlo.
Después miró a Clara.
—Os pido una cosa.
—Sí.
—Cuando lo descubráis vosotros, cuando tengáis las pruebas, no os crucéis con él.
No le habléis. No le hagáis preguntas. Lo que tenga que decirme a mí Severo, me lo dirá a mí.
Lo que tenga que decir a la red, lo dirá a la red.
Pero a vosotros no os corresponde. Vosotros sois los investigadores externos.
Mantened esa distancia. No se la quitéis.
Adrián asintió.
—De acuerdo.
—Os lo agradezco.
Cuando Aurea se fue, dejándolos en la calle con la promesa de volver a verse al día siguiente, Clara se quedó callada un rato largo. Caminaron hacia la plaza del Obradoiro sin hablar.
Cruzaban un soportal cuando Clara dijo, de pronto:
—Adrián.
—Dime.
—Quien arrancó las páginas sabe que las páginas hablaban del solsticio.
Adrián la miró.
—Y por eso las arrancó. No por Aldonza, no por Mateo. Por lo que decían de la noche del veintiuno.
Clara se detuvo. Se volvió hacia él.
—Y faltan poco más de dos semanas.
Adrián no dijo nada. Llevaba desde la comida haciendo esa misma cuenta y no le había gustado ninguna de las veces.
—Y Aurea quiere la prueba antes.
—Aurea quiere la prueba antes.
—Adrián. Esto no va a ser tranquilo.
—No.