Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 3 · La voz de Aldonza
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Capítulo 3 · La voz de Aldonza

A la mañana siguiente, llovía otra vez. La ciudad parecía haber recuperado su rutina invernal después del breve respiro del día anterior, como si la luz alta de la tarde anterior hubiera sido una excepción que el clima debiera corregir.

Aurea les había citado en el archivo a las diez. Cuando llegaron, Tareixa no estaba.

—Hoy iremos solos —dijo Aurea, desde detrás de la mesa, con la lámpara verde encendida pese a ser de día—. Tareixa está esta semana en el Pórtico, dando visitas.

—¿Es lo que hace siempre? —preguntó Adrián.

—Es su cobertura oficial. Es guía titulada. Lo es de verdad. Pero también es de los nuestros desde hace siete años. Le viene bien tener un trabajo público. Cuando alguien la ve entrar y salir del archivo, no se extraña: piensa que viene a consultar fondos para sus visitas.

Adrián asintió. Era la lógica que había aprendido en Sevilla y en Barcelona. Cada custodio tenía un oficio visible. La red operaba por debajo del oficio.

Aurea les indicó las dos sillas frente a la mesa. Sobre ella había varias carpetas. Una bandeja con tazas vacías de café del día anterior, todavía sin retirar. Una pequeña caja de madera, antigua, cerrada con un broche de metal.

—Hoy os voy a leer.

—¿Leer? —dijo Clara.

—Sí. Algunas páginas de Mateo. En voz alta.

Es como mejor se entienden los textos antiguos.

Si os las paso para que las leáis vosotros, os pasaréis dos horas con cada palabra.

Si os las leo yo, en latín y traduciendo, en una hora habremos avanzado más.

Y, sobre todo, el cuaderno de Mateo se entiende mejor escuchado que leído.

La oralidad es, en sí misma, una clave para descifrarlo.

—¿Por qué? —preguntó Adrián.

Aurea sonrió levemente.

—Porque Mateo lo escribió pensando en alguien que se lo leería en voz alta.

La sintaxis tiene cadencia hablada. Los párrafos respiran como si fueran a recitarse.

Y en algunos pasajes, especialmente cuando habla de Aldonza y de los cantos, el ritmo del latín reproduce el ritmo de los cantos mismos.

Si lo lees en silencio, te pierdes la mitad. Si lo escuchas, te llega.

Aurea abrió una de las carpetas. Sacó un fajo de fotocopias en papel grueso, ordenadas por número de página. Cogió la primera. Se ajustó las gafas con el cordón.

—Esto es del año mil ciento ochenta y dos. Mateo lleva catorce años con el Pórtico. La cripta del Apóstol acaba de ser reforzada por motivos estructurales. Mateo ha bajado a verla.

Adrián se inclinó hacia delante.

Aurea leyó en latín, despacio, y después tradujo:

«El veintidós de junio bajé a la cripta.

El maestro Bernal me había llamado para mostrarme las grietas en la pared meridional, junto a la columna del altar.

Mientras él me explicaba la consolidación que habría de hacerse, vi en la base de la columna, donde la mampostería se había desprendido, una piedra distinta.

No era piedra de la cantera nuestra. Era piedra de río, redondeada, oscura, ajena a la fábrica.

La toqué. Era fría como las demás, pero no del mismo modo. »

Aurea levantó la vista.

—Continúa.

Volvió a leer, esta vez solo la traducción:

«Pregunté al maestro Bernal. Él dijo que esa piedra estaba allí desde antes.

Que cuando él comenzó la consolidación de la cripta, hace dieciséis años, ya estaba.

Que nadie sabía quién la había puesto. Que había quien decía que era anterior al Apóstol mismo, y que se había dejado en su sitio por respeto a algo que no se nombraba.

Yo le pregunté qué cosa no se nombraba. Él me miró un rato.

Después dijo: hay piedras que llevan más siglos que nosotros bajo nuestros pies, y son ellas las que sostienen lo demás. No le pregunté más.»

Aurea cerró la carpeta con parsimonia.

—Esto es de junio del ochenta y dos. Mateo no vuelve a hablar de esa piedra hasta cuatro años después. Pero cuando vuelve, lo hace con detalle.

Clara cogió un cuaderno pequeño que había traído y empezó a tomar notas.

—¿Cuántas páginas tienes en total? —preguntó.

—Del cuaderno completo, ciento cuarenta y siete. De ellas, treinta y dos están en buen estado, otras setenta y cuatro están dañadas pero legibles, veintinueve son ilegibles por la humedad de los siglos.

—¿Y las doce que faltan?

Aurea no contestó inmediatamente.

—Esas son las que más nos interesan.

Clara levantó la vista del cuaderno.

—¿Sabes qué páginas son?

—Por la numeración, sí. Son las páginas ochenta y siete a noventa y ocho. Son las que estaban entre dos secciones que sí tenemos: la parte donde Mateo describe el primer descenso a la cripta del Apóstol con motivos litúrgicos, y la parte donde menciona por primera vez a Aldonza de Lestedo.

—¿Y entre medias hay doce páginas perdidas?

—Doce páginas arrancadas.

Aurea miró a Adrián.

—Las páginas que faltan, faltan desde hace un mes. Dos meses, como mucho.

Adrián tardó en hablar.

—¿Tienes idea de quién las arrancó?

—Tengo certeza.

Clara levantó la cabeza.

—¿La tienes ya?

Aurea se quitó las gafas. Las dejó sobre la mesa. Apoyó la espalda en el respaldo de la silla.

—Tengo la certeza, pero no la prueba. No es lo mismo. Por eso necesitamos a alguien de fuera de la red compostelana para confirmarlo.

—¿Por qué de fuera? —preguntó Adrián.

—Porque dentro de la red compostelana, todos somos amigos de todos desde hace cuarenta años. Algunos desde hace cincuenta. No hay distancia. Si voy yo a confrontar a quien pienso, va a ser mi palabra contra la suya. Y nadie va a saber a quién creer. La red puede partirse.

Adrián entendió.

—Así que necesitas que lo descubramos nosotros.

—Necesito que lo descubráis vosotros. Sin saber, mientras lo descubrís, qué es lo que estáis descubriendo.

Aurea sostuvo la mirada de Adrián.

—Si os digo el nombre ahora, vais a llegar a las conclusiones que yo quiero que lleguéis. Y eso no me sirve. Si no os digo el nombre y vais investigando por vuestra cuenta, lo que descubráis va a ser independiente. Va a ser limpio. Y entonces sí podré llevarlo a la asamblea.

Clara cerró el cuaderno, sin acelerar.

—Aurea.

—Dime.

—No nos has traído aquí solo para que conozcamos Compostela.

—No.

—Nos has traído aquí porque somos los únicos que podemos hacer este trabajo desde fuera.

—Sois los únicos que podéis hacerlo, sí. Y los únicos que tenéis la confianza de la red sin estar atados a ningún custodio compostelano por amistad de toda la vida.

Hubo un silencio.

Clara miró a Adrián. Adrián la miró a ella.

—Bien —dijo él, despacio—. ¿Por dónde quieres que empecemos?

Aurea se inclinó hacia delante. Apoyó las manos sobre la mesa.

—Empezad por Aldonza.

Pasaron toda la mañana con las páginas que sí tenían sobre Aldonza de Lestedo. Aurea les leyó cinco fragmentos largos, espaciados en el cuaderno entre los años mil ciento ochenta y cuatro y mil ciento ochenta y siete.

Mateo la mencionaba siempre con respeto. La llamaba magistra cantorum , maestra de los cantos. En una página, decía:

«Aldonza de Lestedo conoce los cantos antiguos.

Los que se cantaban antes de la regla, antes de Cluny, antes incluso de la Reconquista.

Los conoce porque su madre los cantó, y la madre de su madre.

No los aprendió en ningún libro. No están en ningún libro.

Cuando los canta, los hombres se callan.

No por reverencia, que también, sino porque no encuentran qué decir.

La voz le sale de un sitio que las voces de hoy ya no tienen. »

En otra página, más adelante:

«El maestro Bernal me ha contado lo que Aldonza ha de hacer en el solsticio de invierno.

Yo no sabía. Cuando me lo dijo, me detuve a pensar si estábamos hablando de la misma persona.

Aldonza, que pasa los oficios callada, sin destacar, en su sitio del coro, y que en la noche del veintiuno de diciembre desciende sola con tres canónigos a la cripta y canta lo que ha de cantar.

Hay quien dice que el Apóstol mismo escuchó esos cantos cuando lo trajeron.

Hay quien dice que son anteriores al Apóstol.

Yo no sé. No me corresponde saberlo. Solo sé que cuando Aldonza canta, las piedras escuchan. »

Adrián se había quedado quieto al oír esto.

—¿Las piedras escuchan? —repitió.

—Es la traducción literal. Lapides audiunt. Es una frase que se ha usado en otros textos medievales con otros sentidos, generalmente metafóricos. Pero en el cuaderno de Mateo, el contexto hace pensar que no es metáfora.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando Mateo dice que las piedras escuchan, está diciendo que la cripta tiene una acústica concreta. Una resonancia que solo se activa con cantos en una tonalidad específica. Y que Aldonza es la que conoce esa tonalidad.

Clara estaba muy quieta.

—Y eso conecta con el botafumeiro.

Aurea la miró.

—Tareixa os ha hablado del botafumeiro.

—Solo lo nombró ayer. No nos contó nada concreto.

—Os contará lo que tenga que contar cuando llegue el momento.

Lo que sí os puedo decir yo es esto: cada veintiuno de diciembre, desde hace siglos, una mujer canta en la cripta del Apóstol, en plena noche, antes de que se abra la Catedral al alba.

Mientras canta, el botafumeiro grande oscila sobre el crucero.

Pero no lo empuja nadie. No hay tiraboleiros esa noche.

No hay público. Hay siete personas en la nave, en silencio. Y una mujer en la cripta, cantando.

Adrián se quedó mirándola.

—¿Y qué canta?

—Un canto que solo se canta esa noche. Una vez al año. Una sola vez. Y solo una mujer puede cantarlo. La que ha sido elegida por la mestra anterior.

—¿Y quién es la mestra ahora?

Aurea sonrió, muy poco, por primera vez en toda la mañana.

—Es Tareixa.

Se callaron.

Adrián se quedó pensando. Aquella mujer joven, de bufanda y paraguas medio cerrado, que les había recibido en la estación con una sonrisa breve, era la heredera directa de Aldonza de Lestedo. La voz de la red de Compostela.

—¿Y por eso la habéis puesto a hacer de guía? —preguntó, casi en voz alta consigo mismo—. ¿Para que esté siempre cerca del Pórtico?