Capítulo 2 · El Pórtico #4
—Sí. Mateo la conocía. La pidió como modelo para una de las figuras del arco central.
La Iglesia compostelana del momento permitió el retrato porque Aldonza era la mestra cantareira oficial de la Catedral, y una mujer del coro tenía sitio reconocido en la imaginería.
Pero Mateo aprovechó la licencia para tallar a Aldonza también en otro lugar.
—¿Dónde?
Tareixa señaló con la barbilla, sin levantar el dedo, hacia el extremo derecho del Pórtico.
—¿Veis la figura femenina pequeña, en la orla inferior, junto al apóstol Santiago?
Adrián se inclinó. La luz era poca. Tuvo que entrecerrar los ojos.
—Sí.
—Esa también es Aldonza. Tallada veinte años después. Mateo la incluyó como agradecimiento.
—¿Por qué motivo?
—Porque cuando excavaron la cripta del Apóstol para reforzarla, en mil ciento ochenta y dos, fue Aldonza quien identificó lo que encontraron debajo. Mateo no sabía qué era. Aldonza, sí. Le explicó. Le contó la historia. Le ayudó a entender lo que tenía delante.
Adrián tardó en responder.
—¿Y qué encontraron?
Tareixa lo miró.
—Eso, Adrián, no me toca contártelo. Te lo contará Aurea. Pero te puedo decir una cosa.
—Sí.
—Eso que encontraron es lo que mantiene viva la red de Compostela hasta hoy.
Nadie dijo nada.
Adrián se quedó mirando hacia el extremo derecho del Pórtico, hacia la figura femenina pequeña que ahora veía con otros ojos.
Aldonza de Lestedo. La mujer cuya voz había hecho que las piedras escucharan, según la frase del cuaderno que Aurea les había leído por la mañana.
La mujer que había explicado a un escultor lo que el escultor estaba viendo y no entendía.
—Tareixa.
—Dime.
—¿Tú eres descendiente suya?
Tareixa se quedó callada.
—No de sangre. De oficio. Soy mestra cantareira, sí. La que canta lo que tiene que cantarse las noches en que tiene que cantarse. Llevo en eso siete años. Antes de mí estuvo otra. Y antes, otra. Y así desde hace mil años.
—¿Mil?
—Quizá más. Aldonza no fue la primera. Fue la primera que tenemos documentada.
Adrián volvió a mirar a la figura femenina del Pórtico. Ahora le parecía más pequeña, casi escondida. Era una de aquellas figuras que el ojo no detiene si no le indican que se detenga.
Adrián levantó la vista hacia el conjunto entero del Pórtico. Buscó con los ojos, a su ritmo, contando las urracas.
Encontró siete.
Se quedó así un buen rato, en silencio.
Después dijo, sin volverse:
—Tareixa. Has dicho nueve.
Ella asintió.
—Sí. Nueve.
—Yo cuento siete.
—Las otras dos están escondidas. No se ven a primera vista. Las verás más adelante, cuando ya sepas dónde mirar.
Adrián se quedó callado.
Clara lo miró. Él la miró a ella.
Y los dos volvieron a mirar al Pórtico.
Tareixa los dejó allí un par de minutos más, sin hablar, sin moverse, como si ella misma necesitara el tiempo para volver a respirar entre tanta piedra. Después dijo, en voz baja:
—Ya cierran. Salimos por la cripta.
—¿Por la cripta?
—Sí. Es la salida que usamos los del oficio.
Bajaron por una escalera estrecha, lateral, que descendía hacia un nivel inferior.
Adrián, mientras bajaba, pensó por primera vez en lo que iba a estar bajo sus pies durante semanas.
La cripta del Apóstol. El sepulcro descubierto en el siglo nueve por el ermitaño Pelagio, que había visto luces en un bosque y había avisado al obispo Teodomiro.
La cripta donde, según Aurea había dejado caer aquella mañana, había una piedra anterior al edificio, una piedra que el Maestro Mateo había tocado en mil ciento ochenta y dos y de la que había escrito, en un cuaderno privado, que era fría como las demás pero no del mismo modo.
La cripta, en aquel momento, estaba a oscuras. La luz solo provenía de una pequeña lámpara de techo, tenue, amarilla.
Tareixa los hizo pasar por una puerta lateral, sin acercarse al sepulcro mismo.
—El sepulcro no se enseña hoy —dijo, sin necesidad de explicar—. Ya tendrás tiempo.
Adrián asintió.
Salieron por una puerta inferior que daba a una escalera externa.
La luz del exterior, al subir, le dio en la cara con una intensidad que no esperaba.
Eran las cinco menos veinte de la tarde.
La niebla se había disipado. Por primera vez desde su llegada, Adrián vio el cielo despejado de Compostela, alto y muy claro, con esa transparencia particular de los días de invierno gallego cuando el viento del norte limpia el aire de pronto, sin previo aviso.
Tareixa los acompañó hasta la plaza del Obradoiro.
—Mañana, Aurea os espera otra vez. A las diez. Y venís solos: ya sabéis el camino.
Y se fue. La vieron alejarse por el lateral de la fachada, con su abrigo gris y su paraguas medio cerrado.
Adrián y Clara se quedaron un momento parados en mitad de la plaza.
—Adrián —dijo ella.
—Dime.
—Lo que hemos visto hoy son apenas tres detalles.
—Sí.
—Y ya tenemos la cabeza llena.
—Sí.
—Imagínate cuando hayan pasado tres semanas.
Adrián miró hacia las dos torres de la fachada. La luz baja de la tarde les daba un tono cobrizo. Las pocas nubes del cielo iban hacia el este, despacio.
—Sí —dijo, sin más.
Subieron al Hostal. Cenaron pronto. Esa noche durmieron mejor. Compostela había empezado a entrar en ellos. A su ritmo. Al ritmo de aquí.