Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 2 · El Pórtico #3
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Capítulo 2 · El Pórtico #3

—La del Pórtico —dijo, levantándola un poco para mostrársela—. No es la oficial. Es la nuestra.

Entraron a la Catedral por una puerta lateral, en la fachada de Azabachería.

Tareixa los condujo por un pasillo interior, después por una escalera, después por otro pasillo que daba a la nave.

La Catedral estaba prácticamente vacía. Algunos turistas rezagados al fondo, junto al altar.

Una limpiadora pasando un trapo por una de las bancadas.

La luz, a esa hora, entraba en bandas oblicuas por las vidrieras altas.

Caminaron hacia la fachada del Obradoiro por el interior. Adrián se detuvo un momento bajo el crucero. Levantó la vista.

El botafumeiro, de latón plateado, suspendido del techo a treinta metros de altura por su sistema de cuerdas y poleas, parecía una pequeña gota colgada en el aire.

Vista desde abajo, la cubierta del crucero era altísima, mucho más que en la mayoría de las catedrales españolas.

Los nervios de la bóveda se cruzaban en una clave central muy alta, con un círculo tallado.

Adrián miró la clave un buen rato.

—¿Qué hay tallado en la clave? —preguntó.

Tareixa lo miró.

—Eso lo verás otro día.

No insistió.

Tareixa los llevó hasta el nártex, hasta el espacio que precede a la nave. Y allí estaba.

El Pórtico de la Gloria.

Adrián se quedó parado.

Era distinto de todo lo que había leído sobre él.

La luz de las lámparas internas, no demasiado intensa, dejaba la piedra con un color de miel oscura, como si el granito fuera, allí, otra cosa.

Los profetas, los apóstoles, los ángeles, los santos.

Los músicos del arco, con sus instrumentos en las manos.

Y en el centro, sentado en su trono, Cristo en la Gloria.

Y debajo, casi en el suelo, mirando hacia el suelo, en el parteluz, el rostro escondido del que la tradición compostelana llamaba el Santo dos Croques : Mateo, según la leyenda, autoportrait del propio Maestro.

Tareixa se quedó atrás, dándoles espacio. Clara avanzó hasta tocar el parteluz con una mano. Adrián la siguió despacio.

—¿Sabes cuánto tardó en hacerlo? —dijo Tareixa, en voz baja, sin acercarse.

—¿Mateo?

—Veinte años. De mil ciento sesenta y ocho a mil ciento ochenta y ocho. Veinte años de su vida en este sitio.

Adrián levantó la vista hacia el conjunto.

Era difícil imaginar a un solo hombre concibiendo todo aquello.

Y sin embargo, lo había hecho. La sensación que le producía no era la sensación de la grandeza, que era el efecto evidente del Pórtico.

Era otra. Era la sensación de que un hombre había pasado veinte años de su vida intentando contar algo, y que había tenido que recurrir a la piedra porque las palabras no le bastaban.

Que el Pórtico no era un monumento, era un texto.

Un texto escrito en granito por alguien que no podía decirlo en otro idioma.

Y los textos, pensó Adrián, casi todos esconden cosas que el lector solo encuentra si las busca.

Tareixa se acercó. Señaló con un dedo, sin tocar la piedra, hacia un capitel lateral.

—Mirad.

Adrián miró. Era un capitel pequeño, en una columna secundaria del lado izquierdo del Pórtico. Estaba esculpido con motivos vegetales: hojas de acanto, frutos. Y, entre las hojas, casi escondida en la curva del relieve, una urraca.

Tenía el cuerpo claramente reconocible. Pico afilado, plumaje en blanco y negro tallado con incisiones finas, cola larga.

—Una —dijo Adrián.

—Una. Esa es la primera. Hay nueve en total. Repartidas por todo el Pórtico.

Clara se acercó, miró la urraca, miró a Tareixa.

—¿Nueve?

—Nueve.

Clara cerró los ojos un momento.

— Sete custodias do solsticio —murmuró, citando las palabras que había leído por la mañana en el archivo—. Y dos más.

Tareixa asintió.

—Siete son las custodias. Las otras dos son otra cosa.

—¿Qué cosa?

Tareixa la miró un momento. Después miró a Adrián.

—Eso lo iréis viendo.

Se quedaron allí, los tres, un buen rato. La luz de las lámparas, baja, dejaba sombras profundas en las cavidades de la piedra. Las urracas, talladas hacía ochocientos años, miraban hacia abajo desde sus capiteles, en silencio.

—Mateo dejó muchas cosas escondidas —dijo Tareixa, sin moverse del sitio—.

El Pórtico está lleno de elementos cuya función nadie entiende.

Capiteles que cuentan historias que no aparecen en ninguna fuente.

Figuras que ningún hagiógrafo identifica.

Inscripciones en lenguas que no son las lenguas litúrgicas habituales.

Los académicos han estudiado este Pórtico durante doscientos años y siguen discutiendo qué quiso decir Mateo en cada detalle.

—¿Y qué piensas tú? —preguntó Clara.

Tareixa dejó pasar un momento.

—Pienso que Mateo no quiso decir una sola cosa. Quiso decir varias. Y sabía que no las iba a entender todo el mundo. Cada generación, cuando estudia el Pórtico, encuentra una capa. Hay capas que aún no se han encontrado. Habrá capas que no se descubran nunca.

—Y las urracas son una capa.

—Las urracas son una capa.

Clara se quedó callada.

Adrián, que llevaba un rato mirando una de las arquivoltas del arco central, dijo:

—Tareixa.

—Dime.

—La figura del músico segundo de la izquierda. La que sostiene un instrumento de cuerda raro. ¿Es una mujer?

Tareixa permaneció un instante mirándolo. Después sonrió.

—Has visto bien. Lo discuten los historiadores. Casi todos dicen que es un hombre joven. Pero la inclinación de la cabeza, la forma de la mano, la cintura tallada bajo la túnica, sugieren otra cosa.

—¿Qué dice la red?

Tareixa bajó un poco la voz.

—La red dice que es Aldonza.

Adrián se quedó muy quieto.

—¿Está retratada en el Pórtico?