Capítulo 2 · El Pórtico #2
—Lo digo todos los días a los recién llegados. Es información útil.
Tareixa sonrió un poco más. Tenía una sonrisa breve, controlada, que no llegaba del todo a los ojos pero que tampoco era falsa.
Caminaron juntos hacia el archivo del Cabildo.
Tareixa los llevó por callejones traseros, no por la plaza principal.
Calle del Villar, después una callecita lateral, después un patio interior al que se accedía por una puerta de hierro forjado que Tareixa abrió con una llave grande que llevaba en el bolsillo del abrigo.
—Esto es entrada de servicio —dijo—. La de los visitantes oficiales es por la fachada principal. Esta es la que usamos los del oficio.
Cruzaron un patio de granito. En el centro, una fuente seca con un escudo eclesiástico desgastado. Subieron una escalera de piedra. Tareixa abrió una segunda puerta con otra llave, más pequeña.
Entraron en un corredor largo, con paredes encaladas y suelo de losa. Olía a libro viejo, a cera, a humedad antigua. Al fondo del corredor, una puerta de madera oscura estaba entreabierta. Por la rendija salía una luz amarilla.
Tareixa los condujo hasta allí. Empujó la puerta poco a poco.
—Aurea, ya están aquí.
La voz que respondió desde dentro era pausada, contenida.
—Pasad.
El despacho era grande, con techos altos y vigas de madera oscura.
Las paredes, cubiertas de estanterías hasta el techo.
Una mesa larga en el centro, con una lámpara de pantalla verde en uno de los extremos.
Junto a la mesa, una mujer mayor de pelo blanco corto, gafas con cordón colgando del cuello, jersey gris de lana grueso. Se levantó al entrar ellos.
—Buenos días. Bienvenidos a Compostela.
Adrián tendió la mano primero. Aurea la aceptó. Tenía la palma fresca y firme.
—Aurea Vilaboa.
—Adrián Vega.
—Sé quién eres —dijo ella, con una sonrisa pequeña, no del todo cálida pero tampoco distante—.
Llevo varios meses sabiendo quién eres. Salvatierra me ha hablado de ti durante mucho tiempo.
Y antes de Salvatierra, Tomás Beltrán, que era amigo mío también, en su modo silencioso de serlo.
Tomás te tenía en alta estima, ¿lo sabías?
Adrián tardó un momento en contestar.
—Tomás casi no hablaba conmigo.
—Por eso lo digo. Tomás solo elegía a las personas a quienes se acercaba con cuidado. A ti se acercó. Eso lo dice todo. No le hizo falta hablar mucho.
Adrián se quedó mirando un instante a Aurea. La mujer le sostenía la mirada sin parpadear, con una calma que recordaba al modo de Salvatierra, pero más seca.
—Es bueno saberlo —dijo, finalmente.
Después saludó a Clara. Le sostuvo la mano un instante más de lo necesario.
—Y tú eres Clara. Aún más interesante.
Clara levantó las cejas.
—¿Por qué?
—Porque eres archivera. Como yo.
Hubo un silencio breve. Aurea les indicó dos sillas frente a la mesa. Tareixa se quedó de pie junto a la pared, con los brazos cruzados.
—Sentaos. Tomaréis algo.
No era una pregunta. Aurea pulsó un timbre de pared y a los pocos segundos entró una mujer de uniforme con una bandeja: tres tazas, una jarra de café cargado, una tetera, una bandeja de pastas pequeñas. Lo dejó todo sobre la mesa y se fue sin decir nada.
Aurea sirvió el café. No preguntó cómo lo querían. Sirvió el suyo solo. A Adrián le pasó una taza con un poco de leche al lado, en una jarrita. A Clara le ofreció té directamente. A Tareixa, otro café.
—Gracias —dijo Adrián.
Aurea se sentó frente a ellos. Cruzó las manos sobre la mesa.
—Bien. Voy a deciros tres cosas, primero.
Adrián asintió.
—La primera: estoy contenta de teneros aquí. La red lleva esperándoos varios meses. Lo que habéis hecho en Sevilla y en Barcelona se ha sabido aquí. Os miramos con respeto.
Adrián no supo qué decir. Asintió otra vez.
—La segunda: Compostela no funciona como Sevilla ni como Barcelona. Aquí tenemos otras maneras. Más antiguas. Si os parecemos lentos, es porque hace mil quinientos años que somos así. No vamos a cambiar el ritmo por vosotros.
Aurea bebió un sorbo de café.
—La tercera: estamos en un momento difícil. No para vosotros, no por vosotros, pero coincide con vuestra llegada. No os voy a contar todavía qué es. Os lo iré contando conforme vaya pudiendo. Lo que sí os pido, mientras tanto, es paciencia. Y discreción.
Clara la miraba con atención.
—¿Discreción frente a quién?
Aurea sostuvo la mirada de Clara unos segundos.
—Frente a todos los que no estén en esta sala.
Clara asintió, despacio.
—Entendido.
Aurea cogió una carpeta de cartón gris, sin etiqueta, que tenía a su lado. La abrió. Sacó unas fotocopias en papel grueso.
—Esto que os voy a enseñar son fragmentos del libro de Mateo.
Adrián se inclinó un poco hacia delante. Clara también.
—¿Maestro Mateo? ¿El del Pórtico?
—Sí. El mismo.
Adrián miró las fotocopias. Eran reproducciones de páginas manuscritas, en latín medieval, con la letra cuidadosa, apretada, de los siglos finales del románico. La tinta era ferrogálica, marrón oscura, muy desigual. Algunas páginas tenían ilustraciones marginales, dibujos pequeños, esquemas.
—¿Es auténtico? —preguntó Clara.
—Lo es. Lo recuperamos hace dos años. Estaba en una biblioteca privada en Pontevedra, sin que sus dueños supieran lo que tenían. Lo identificamos por casualidad. Lo trajimos al archivo. Lo hemos estado estudiando desde entonces.
—¿Mateo escribió un libro?
—Mateo escribió varios. Este es el que se creía perdido. Es un cuaderno personal, de los años finales de la construcción del Pórtico. Mil ciento ochenta y mil ciento ochenta y ocho. Habla de lo que él vio bajo los cimientos cuando excavaron para reforzar la cripta del Apóstol.
Adrián miró la página que tenía delante. La letra era difícil pero descifrable. Reconoció algunas palabras: crypta , aqua , signum , septem .
—¿Y qué dice que vio?
Aurea le sostuvo la mirada bastante rato.
—Eso es lo que no os voy a contar todavía.
Adrián entendió. No insistió.
—Lo que sí os voy a enseñar hoy, para que os hagáis una idea, son tres páginas concretas. Dos son descripciones de elementos que él pintó en el Pórtico para dejar testimonio cifrado de lo que había visto. La tercera es una página en la que menciona a una mujer.
—¿Qué mujer?
—Aldonza de Lestedo. Mestra cantareira de la Catedral en aquellos años. La voz que cantaba en los oficios mayores. Y, según parece, custodia. La primera de la que tenemos registro escrito.
Clara cogió una de las fotocopias y la acercó a la lámpara.
—¿Hay registros de ella en otras fuentes?
—No. En ninguna. Solo en este cuaderno. Lo cual es coherente con la naturaleza del oficio.
Adrián se quedó pensando. Una mujer del siglo doce, custodia, cantora. Y un escultor del Pórtico que la conocía, que la mencionaba, que escribía sobre ella en un cuaderno privado.
—¿Y qué pasó con ella? —preguntó.
—Eso tampoco lo sé todavía. No del todo. Tenemos fragmentos. No tenemos el cuaderno entero.
Adrián levantó la vista.
—¿Por qué no?
Aurea tardó un momento en responder.
—Porque al cuaderno le faltan páginas. Le faltan páginas que estaban hace meses y que ahora no están.
Hubo un silencio. Adrián cruzó la mirada con Clara.
—¿Robadas? —preguntó él.
—No. Arrancadas. Limpiamente. Por alguien que sabía lo que arrancaba.
Aurea les sostuvo la mirada a los dos.
—Por eso necesitábamos que vinierais.
Pasaron las dos horas siguientes hablando del cuaderno.
Aurea les enseñó cinco fragmentos distintos.
Adrián, con sus años de oficio, identificó enseguida la mano que había arrancado las páginas: alguien que conocía la ferrogálica medieval, alguien que sabía cómo separar pliegos sin dañar los próximos, alguien que había trabajado con manuscritos toda su vida. Un profesional. No un ladrón.
Clara se concentró en la transcripción que Aurea había hecho dos años antes.
Era un mecanografiado de unas trescientas páginas, con notas marginales en lápiz, distintas letras, distintas tintas.
Aurea no estaba sola en el trabajo. Por las marginalia se entendía que al menos otras tres personas habían anotado el cuaderno antes de que las páginas desaparecieran.
—¿Quiénes anotaron? —preguntó Clara, sin levantar la vista.
—Yo, en azul. Severo, en lápiz. Un colega externo, hace año y medio, en rojo: era un paleógrafo italiano que vino dos semanas a Compostela. Y Manuel Ouro, en negro, en algunas páginas.
—¿Severo?
—Severo Anllóns. Canónigo y archivero. Nos conocemos desde el seminario.
Aurea lo dijo sin tono. Sin énfasis. Sin dejar pista alguna. Adrián, que no la conocía bien, no notó nada. Clara, que era archivera, sí. Levantó la vista un instante hacia Aurea. Aurea le sostuvo la mirada un segundo, despacio. Después siguió hablando del cuaderno.
A las dos de la tarde, después de haber pasado tres horas con Aurea revisando fotocopias y haciendo preguntas que ella contestaba con cuentagotas, salieron del archivo. Tareixa los acompañó a la calle.
—Esta tarde os llevo al Pórtico —dijo—. A las cuatro. Cuando el museo cierra al público, podemos entrar nosotros.
Adrián asintió.
—Hasta las cuatro, ¿qué hacemos?
—Comed algo. Pasead. Vais a tener tiempo de pensar más adelante.
Comieron en una taberna cercana, al fondo de un callejón llamado Rúa do Franco. Empanada gallega, caldo, vino blanco. Casi no hablaron durante la comida. Cada uno seguía repasando, en su cabeza, lo que Aurea les había dicho.
—¿Has notado? —dijo Clara, casi al final de la comida.
—¿Qué?
—Cuando ha mencionado a Severo.
Adrián dejó el tenedor.
—Lo ha mencionado sin tono.
—Sin tono. Y eso, en una mujer como Aurea, no es casualidad.
—Puede que sea cansancio.
—No es cansancio. Al padre Manuel Ouro lo ha nombrado con toda la normalidad del mundo, y también trabajó en la transcripción. A Severo lo ha nombrado como se nombra a un muerto delante de la viuda.
Adrián cogió un trozo de pan. Lo mojó en el aceite del plato.
—Pues ya tenemos un nombre.
—Aún no es prueba.
—No. Es por dónde empezar.
A las cuatro menos cuarto, Tareixa los recogió en la puerta de la taberna. Llevaba una llave grande de hierro en la mano, antigua, sin ningún llavero.