Capítulo 2 · El Pórtico
A las nueve menos cuarto de la mañana, Adrián y Clara bajaron al comedor del Hostal. Habían dormido mal los dos. Las habitaciones estaban demasiado calientes o demasiado frías, no se ponían de acuerdo. Adrián se había despertado tres veces creyendo oír campanas.
El comedor del Hostal estaba casi vacío a esa hora.
Una mesa al fondo con un grupo de cuatro hombres con traje, hablando en italiano, seguramente un congreso eclesiástico.
Otra mesa con una mujer mayor sola, leyendo el periódico con una taza de café.
La luz de la mañana entraba por los ventanales altos del lado este, blanca y pálida, sin sombras, una luz que no proyectaba nada.
Tomaron café en silencio. Una camarera mayor, de unos sesenta años, los atendió sin sonreír pero con cuidado. Adrián pidió tostadas con tomate y queso. Clara, solo café y un cruasán que apenas tocó. Tareixa había quedado en pasar a las once menos cuarto, así que tenían casi dos horas por delante.
—¿Salimos a dar una vuelta? —dijo Clara.
—Me parece bien.
Recogieron los abrigos de la habitación y bajaron al vestíbulo. Salieron a la plaza del Obradoiro por la puerta principal del Hostal y se quedaron parados un momento.
Había dejado de llover, pero el suelo seguía mojado y el aire tenía esa humedad gruesa de Compostela en invierno, suspendida, lechosa, que difumina los contornos de las cosas.
La plaza estaba casi vacía. Un par de peregrinos con mochilas grandes hacían fotos junto a la fachada del Hostal.
Un repartidor llevaba una caja a la puerta del Pazo de Raxoi.
En la fachada de la Catedral, una niebla baja envolvía las torres y dejaba a la vista solo los volúmenes intermedios de la piedra.
Adrián se quedó mirándola.
Era distinta de como había imaginado. La había visto en fotos, en libros, en documentales.
Pero las fotos no transmiten el tamaño verdadero.
La fachada del Obradoiro era enorme, sí, pero no era solo eso.
Era la sensación de que la piedra había estado allí mucho más tiempo del que un edificio podía haber estado.
La sensación de que la Catedral no era un edificio, sino una elevación natural del terreno.
Algo que crecía hacia arriba, no algo que se había construido.
Lo que más le impresionó, sin embargo, fueron las torres.
La torre del reloj, a la derecha, con su cresta de pináculos, era distinta de la torre opuesta, más maciza, más serena, casi conventual.
Las dos juntas no formaban una pareja simétrica como las torres de Sevilla o las de Burgos: formaban un diálogo asimétrico, en el que cada torre dejaba que la otra dijera lo suyo.
Adrián, que había trabajado en la conservación de fachadas durante años, reconoció enseguida la mano de varios maestros distintos sobre la misma piedra.
Los siglos se habían ido posando uno sobre otro, sin borrar del todo a los anteriores, dejando que cada generación añadiera su parte sin destruir la herencia recibida.
Era, también, una manera de funcionar.
—Es brutal —dijo Clara.
Adrián asintió.
—Sí.
Caminaron despacio por la plaza. Las losas de granito eran irregulares, bruñidas por siglos de pisadas.
Algunas tenían incrustadas pequeñas cruces, conchas de vieira, marcas de los gremios que habían trabajado en la Catedral durante la Edad Media.
Adrián las había leído en algún libro: cada cantero medieval, cuando trabajaba en la fábrica de la Catedral, marcaba sus piedras con un sello propio que el maestro de obras usaba para llevar la cuenta de cada bloque.
Algunas de aquellas marcas se habían trasladado al pavimento posterior, ya fuera de su contexto original, como un palimpsesto del oficio.
Clara se detuvo junto a una losa con una vieira esculpida. Se agachó, pasó los dedos por encima.
—Dos muescas —murmuró.
Adrián se acercó. Era cierto. La vieira tenía dos muescas pequeñas grabadas en uno de los lados.
—¿Dos? —dijo él.
—Dos.
Se miraron.
En Sevilla había sido tres. En Barcelona, cuatro. Aquí, dos.
—¿Significa algo? —preguntó Adrián, en voz baja.
—No lo sé. Aún.
—Tres en Sevilla, cuatro en Barcelona, dos aquí. Si fuera una progresión, ascendería.
—No es una progresión. Es una combinación.
—¿Una combinación de qué?
Clara se levantó. Sacudió las manos para quitarse la humedad de las losas.
—Si las tres se encajaran en orden distinto al cronológico de los descubrimientos —dijo, despacio, como si estuviera pensando en voz alta—, dos, tres, cuatro daría una secuencia ascendente. Y dos sería el primer número.
—Compostela primero. Sevilla después. Barcelona última.
—Sí.
—Y eso es coherente con la historia. Compostela es la más antigua. Apareció a comienzos del siglo nueve. La red sevillana se forma con la conquista cristiana del trece. La barcelonesa se consolida en el catorce.
Clara lo miró.
—Has estudiado.
—Salvatierra me mandó el libro.
Clara sonrió un poco. Era la primera vez que sonreía entera desde la víspera.
Siguieron andando. Cruzaron la plaza hacia el lateral norte de la Catedral. Adrián miró hacia la torre del reloj. La niebla se iba abriendo, despacio. Una bandada de pájaros pequeños cruzó por encima del tejado y desapareció hacia el norte. Adrián los siguió con los ojos.
—¿Has visto?
—¿Qué?
—Pájaros. No urracas.
—¿Qué eran?
—No sé. Pardillos, quizás. O gorriones grandes.
Clara levantó la cabeza. Los pájaros ya habían desaparecido detrás del tejado.
—Vamos a darle la vuelta —dijo ella.
Caminaron por la calle que rodeaba la Catedral por el lado norte, pasaron junto a la fachada de Azabachería, atravesaron la plaza de la Inmaculada, donde un grupo de turistas miraba hacia el tejado señalando algo.
Llegaron a la plaza de la Quintana. La fachada oriental de la Catedral se imponía allí con una solemnidad distinta, más severa, menos teatral que la del Obradoiro.
Era una fachada de bloques más grandes, sin decoración, con esa nobleza ruda del románico tardío que solo Compostela y, quizás, la Catedral de Tudela conservaban con esa pureza.
Clara se quedó mirando la Puerta del Perdón. Estaba cerrada, sellada, como casi siempre, salvo en los años santos.
—Esta es la que casi nunca se abre —dijo ella.
—Sí.
—Solo cuando el veinticinco de julio cae en domingo.
—Sí.
—¿Y qué pasa el resto del tiempo?
Adrián la miró sin entender bien la pregunta.
—¿A qué te refieres?
—A que esta puerta puede estar cerrada once años seguidos. Y luego se abre durante un año entero. Y luego se cierra otros seis. Y otros cinco. Y otros seis. Y otros once.
Adrián se quedó mirando la puerta. Era cierto.
Era una puerta que vivía cerrada casi siempre.
Una puerta que solo se abría cuando una coincidencia astronómica —el día del santo cayendo en domingo— alineaba el calendario eclesiástico con el calendario solar.
Y esa coincidencia no llegaba a plazo fijo: llegaba a los seis años, y después a los cinco, y después a los seis, y después había que esperar once.
Los bisiestos lo desordenaban todo. Era un ritmo que ningún relojero habría aceptado y que la Catedral llevaba ocho siglos obedeciendo sin protestar.
—Es como un latido muy largo —dijo Clara—. Y no es regular. Seis, cinco, seis, once. Un corazón arrítmico.
Se quedaron un rato en silencio. Adrián pensó que había estado mucho tiempo creyendo que la red custodia funcionaba en silencio, despacio, en los márgenes. Y de pronto se daba cuenta de que toda la Catedral funcionaba así. La piedra entera latía a un ritmo distinto al del mundo de fuera.
Cruzaron la plaza de la Quintana. Bajaron por la escalinata hacia la plaza de las Platerías, la única de las cuatro fachadas medievales que aún conserva todo su esplendor original.
Adrián se detuvo allí más tiempo. La fachada de las Platerías era el reverso secreto de la Catedral, una fachada que casi nadie miraba con detalle porque la del Obradoiro se llevaba toda la atención.
Pero esta era más antigua. Esta era de los tiempos del Maestro Mateo, o incluso anterior.
Esta tenía esculturas que, leídas con atención, contaban una historia distinta de la oficial.
Vio el tímpano. Vio la Magdalena. Vio el rey David tocando un instrumento que no era punto por punto un arpa. Y vio, en una de las jambas, una figura femenina que sostenía algo entre las manos.
—Esa mujer —dijo, señalando hacia ella, sin acercarse— es la única figura femenina con atributos litúrgicos que hay en toda esta fachada.
—Ya.
—Y nadie sabe quién es.
—No.
—Hay quien la identifica con María Magdalena. Hay quien dice que es Salomé. Hay quien dice que es la Virgen.
—Y hay quien dice que no es ninguna de las tres.
Adrián la miró.
—¿Tú lo crees?
Clara tardó en responder.
—No sé. Pero me llama la atención que en una fachada eclesiástica, en plena Edad Media, haya una figura femenina con atributos litúrgicos a la que la propia Iglesia no ha logrado identificar. Es como si alguien la hubiera tallado a propósito sin nombre.
—O con un nombre que la Iglesia se negó a aceptar.
—Sí. Eso también.
Se quedaron un rato más mirando. Adrián pensó en Aldonza de Lestedo.
En la mestra cantareira del siglo doce que había mencionado Salvatierra, sin detalles, en su última conversación.
Pensó si aquella figura, tallada hacia mil ciento ochenta, podía ser una representación cifrada de Aldonza, hecha por un escultor del taller de Mateo que la conocía.
Pero era muy pronto para esa hipótesis. La idea se le quedó dando vueltas sin que él la formulara.
A las once menos cuarto, Tareixa los recogió en el Hostal. Llevaba un abrigo largo gris y el mismo paraguas medio cerrado de la víspera.
—¿Cómo habéis dormido?
—Bien —mintió Adrián.
—Mentira —dijo Tareixa, con una sonrisa pequeña—. La primera noche en Compostela nadie duerme bien. Es por la humedad. Te entra en los huesos hasta que el cuerpo se acostumbra.
—¿Cuánto tarda?
—Tres noches. Cuatro a veces.
—Eso ya nos lo dijiste ayer.