Capítulo 1 · El viaje de diciembre #3
Se metió en la cama. Miró la habitación a oscuras. Veía las vigas del techo, la lamparita amarilla, el balcón cerrado, su propia maleta sin abrir en el suelo. Había encendido el radiador, pero el frío seguía allí. Era otro frío, sí. No se iba con la calefacción.
Pensó en Aurea. La conocía solo de un congreso al que había ido con Salvatierra hacía año y medio, en Madrid. Una mujer alta, callada, de pelo blanco corto y gafas con cordón. Había hablado poco. Pero cuando había hablado, todo el mundo había escuchado.
Pensó en Salvatierra. En el viejo canónigo de Sevilla, que había sido la primera puerta hacia todo esto, hacía dos años.
Pensó en don Ignacio sentado en su butaca de la sacristía, con una taza de té y un libro sobre las rodillas, contándole los principios del oficio a un restaurador que entonces no entendía nada.
Cómo había envejecido en los dos últimos años.
Cómo se había puesto cada vez más blanco el pelo y más finas las manos.
Pensó en Tomás Beltrán. El campanero ciego de Sevilla, ya muerto.
Pensó en cómo Tomás le había hablado, en la sacristía mayor, una tarde de primavera, sobre los campaneros del norte.
Hay un campanero en Compostela, Adrián. Se llama Xoán.
Debe de andar por los noventa. Cuando llegues, ve a verlo.
Pero no le hagas hablar. No le pidas explicaciones.
Solo siéntate a su lado y escucha lo que tenga ganas de decirte, sin presionar.
Pensó en el cuaderno azul del tío Sebastián. No todo lo que fluye es agua. La frase que llevaba dos años acompañándolo. La que había encontrado en Triana, en aquella cocina de alfarero, mientras Claudio Paniagua le servía un vino áspero.
Pensó en el galgo Moro, muerto en Barcelona. En cómo Clara había llorado dos noches seguidas, en silencio, sin querer hablar.
Pensó en Mercè Fiol, en Barcelona. En la archivera vieja, sentada en el claustro, con su voz baja y firme, contándole a Clara cosas que nadie más le había contado nunca a nadie.
Pensó en los siglos. En todos los nombres que aquella red había llevado a lo largo de mil años.
En los hombres y mujeres que se habían ido pasando la custodia de esto que aún no terminaba de tener nombre, generación tras generación, sin que nadie les diera las gracias y sin esperar que nadie se las diera.
Pensó en su tío Sebastián, que estaba muerto desde hacía dieciocho años y que era, sin saberlo, el motivo último de que Adrián estuviera ahora en una habitación de Compostela, en diciembre, sin saber cuánto se iba a quedar.
Y entonces, sin darse cuenta del todo, se durmió.
A las siete y veintidós de la mañana siguiente, las campanas de Compostela dieron las siete y media con su ritmo de siempre. Cuatro toques rápidos, una pausa, un quinto toque sostenido.
Adrián abrió los ojos.
La luz, en la habitación, era todavía gris, casi azul. La lluvia, que había caído toda la noche, había dejado paso a una claridad lechosa y baja, suspendida sobre los tejados. El radiador del rincón sonaba con su pequeño golpe metálico cada cierto tiempo, intermitente, como un corazón muy lento.
Al otro lado del pasillo, en la cuarenta y cuatro, no se oía nada.
Adrián se incorporó. Apoyó los pies en el suelo.
Tenía los pies fríos. Se quedó un momento sentado al borde de la cama, sin moverse, mirando hacia el balcón.
Una rendija de luz entraba entre las cortinas, blanca, larga, que cruzaba el suelo de la habitación y subía por la pata de la mesa redonda. Adrián la miró un rato.
Hoy era miércoles. Hoy iban a conocer a Aurea. Hoy iba a empezar Compostela.
Se levantó. Caminó hasta el balcón. Apartó la cortina con dos dedos, igual que había hecho Clara la tarde anterior.
Las dos torres de la Catedral, recortadas contra el cielo gris pálido, parecían más cercanas que el día anterior, aunque no se hubieran movido un milímetro. Era la luz, que las traía. Era el silencio de la mañana, que las acercaba.
Adrián se quedó largo rato así, descalzo, con los pies fríos, mirando la fachada del Obradoiro a través del cristal mojado.
No supo que estaba sonriendo hasta que se vio reflejado, apenas, en el cristal.
Compostela es la matriz.
Cerró la cortina.
Volvió a la cama. Se metió bajo el edredón. Esperó a que Clara se despertara, sin hacer ruido, mirando el techo.
A las ocho y diez, Clara llamó dos golpes en la puerta y entró sin esperar respuesta, ya vestida, con el pelo mojado.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
—¿Has dormido?
—Algo. ¿Tú?
—Poco. Me desperté al amanecer y ya no volví. Pero he soñado.
—¿Con qué?
Clara abrió los ojos sin apurarse. Lo miró.
—Con un mar gris. Y con una mujer que cantaba. No le veía la cara.
Adrián se detuvo callado.
—Cantaba bien, parece —dijo, sin saber por qué.
—Sí. Cantaba bien.
—¿En qué idioma?
Clara se quedó pensando.
—No lo sé. No era español. No era catalán. Era algo que entendía y que no entendía a la vez.
Adrián cerró los ojos.
—Vamos a desayunar.
—Vamos.
Se vistieron en silencio, con tiempo de sobra antes de la cita con Aurea. Una cita que iba a empezar, sin ellos saberlo aún del todo, una de las temporadas más densas de sus dos vidas.