Capítulo 1 · El viaje de diciembre #2
—¿Cuánto vais a estar? —preguntó Tareixa, mirando a Adrián a través del retrovisor.
Adrián no contestó enseguida.
—Lo que haga falta.
Tareixa asintió. No siguió preguntando. Lo dijo sin énfasis, mirando al frente, conduciendo. Como quien menciona una cosa cotidiana.
Clara giró un poco la cabeza para mirar a Adrián. Él notó la mirada pero no se volvió.
El coche llegó a la plaza del Obradoiro casi sin que se dieran cuenta. Tareixa lo dejó en una callecita lateral, junto a un acceso de servicio del Hostal, y los acompañó al interior por una entrada que no era la principal.
—Aquí dentro está todo previsto —dijo, en voz baja, mientras subían por una escalera de piedra hacia recepción—.
La gente del hotel sabe qué tipo de invitados sois.
No tenéis que dar explicaciones. La habitación está pagada, las llaves os las van a dar sin preguntar nada, y mañana, cuando salgáis, no os va a parar nadie.
Era la primera vez, pensó Adrián, que alguien les decía con tanta tranquilidad que estaban dentro de un sistema.
En Sevilla había sido un descubrimiento progresivo.
En Barcelona, una sospecha confirmada poco a poco.
En Santiago, desde el primer minuto, se les decía con naturalidad: aquí ya estáis dentro.
En recepción los atendió un hombre de unos cincuenta años, vestido de uniforme oscuro, con la pajarita un poco torcida. Les dio dos llaves de hierro, antiguas, con un llavero de cuero gastado. No les pidió documentación. No les hizo firmar nada. Solo dijo:
—Bienvenidos. Cuarenta y dos y cuarenta y cuatro, en el ala oeste. Están enfrente una de otra. Si necesitan cualquier cosa, llámennos al cuatrocientos.
—Gracias.
Tareixa los acompañó hasta las puertas. Eran dos habitaciones grandes, iguales, enfrentadas a los dos lados de un pasillo corto: cama con dosel, un sillón de orejas junto a la ventana, una mesa de escritorio, un balcón que daba a la fachada lateral del Hostal.
Suelo de madera oscura. Paredes blancas con cuadros antiguos de paisajes gallegos.
Olía a cera y a madera pulida. Tareixa no preguntó cuál era de quién.
Dejó las dos llaves sobre la mesa de la cuarenta y dos y esperó a que ellos decidieran.
—Hay servicio de habitaciones hasta las once —dijo Tareixa—.
El comedor del Hostal cierra a las diez y media.
Por aquí cerca, si queréis salir, hay una taberna a la izquierda, cruzando dos calles, que se llama A Casa do Petisco.
No es para turistas. Es donde comemos los del oficio. Decid que vais de mi parte.
Adrián asintió.
—Mañana a las once en el archivo —repitió Tareixa, ya en el umbral—. Paso a buscaros a las once menos cuarto. La entrada por la callejuela posterior, no por la principal. La fachada pública es para los visitantes oficiales. Aurea me dijo que no entréis por allí.
—De acuerdo.
—Si os perdéis, llamad. —Le tendió a Adrián una tarjeta pequeña, con un nombre y un número de teléfono en letra fina—. Nos vemos.
Y se fue. Cerró la puerta detrás de ella sin ruido.
Adrián y Clara se quedaron un momento de pie en la cuarenta y dos, sin moverse, escuchando los pasos de Tareixa alejándose por el pasillo.
—Es seca —dijo Clara, en voz baja.
—Y amable. Las dos cosas a la vez, que no es fácil.
—No es como Aurea.
—No. Pero son del mismo sitio.
Clara estuvo un instante pensándolo.
—Eso lo has dicho como si fuera una explicación.
—Lo es. Aquí va a serlo todo.
Clara se quitó el abrigo, el gorro, la bufanda. Los dejó sobre la cama. Se acercó al balcón. Apartó la cortina con dos dedos. Miró fuera.
Compostela, vista desde la cuarenta y dos del Hostal de los Reyes Católicos, era una colección de tejados de pizarra, espadañas pequeñas, antenas, chimeneas, un par de árboles altos —cipreses, parecía— y, al fondo, recortándose contra un cielo que se hundía despacio en el azul oscuro del anochecer, las dos torres de la fachada del Obradoiro de la Catedral.
La iluminación nocturna no estaba aún encendida.
La piedra, mojada por la lluvia, tenía un tono casi negro, brillante, vivo.
—Adrián.
—Dime.
—Algo está pasando aquí.
Adrián la miró. Estaba de espaldas, con la cortina apartada con dos dedos, mirando hacia la lluvia.
—Sí —dijo él—. Lo sé.
—Y nos van a tardar en contar lo que es.
—Nos lo contarán. Al ritmo de aquí.
Adrián sonrió un poco. Era la primera vez que sonreía en toda la tarde.
—Sí. Al ritmo de aquí.
Clara dejó caer la cortina. Se volvió.
—Tengo hambre.
—Yo también.
—Bajamos a cenar al comedor o salimos a esa taberna.
—Comedor. Esta noche, comedor.
—De acuerdo.
Cenaron en el comedor del Hostal. Una cena breve, sopa caliente y pescado a la plancha.
Casi no había nadie. Una pareja extranjera al fondo, hablando bajo.
Un sacerdote solo, en una mesa lateral, leyendo un libro mientras tomaba un caldo.
Nadie los miró cuando entraron. Nadie los miró cuando salieron.
Subieron. Adrián se duchó. Cuando salió del baño, Clara estaba en el sillón de orejas de su cuarto, la puerta abierta, vestida con un jersey y leggings, con una manta del Hostal sobre las piernas y los pies encogidos debajo. No le había pedido permiso para entrar. Tampoco hacía falta.
—Hace frío en esta habitación —dijo ella.
—Pondré el radiador más alto.
—No. Está bien así. Es que es otro frío.
Adrián entendió. Era otro frío, sí. No era un fallo de la calefacción.
Apagó la luz de techo. Solo quedó encendida la lamparita de la mesilla. Se sentó en el borde de la cama.
Quedaron los dos callados mucho tiempo.
—Adrián —dijo ella, en voz baja.
—Dime.
—Tengo la sensación de que en esta ciudad hay más capas.
—¿Más que en Barcelona?
—Más que en cualquier sitio donde hayamos estado.
Adrián se tomó su tiempo. Pensó un momento.
—Compostela es vieja.
—Más que Sevilla.
—Sevilla es vieja también.
—No igual. Sevilla es vieja en superficie. Tiene historia pegada en las paredes. Pero vives la ciudad como si fuera de hoy. Compostela es distinta. Compostela vive como si fuera de antes.
—¿De antes de qué?
Clara tardó en contestar.
—No sé. De algo. Como si toda la ciudad estuviera funcionando a otro ritmo. Más lentamente. Y al mismo tiempo, más profundo.
Adrián levantó la vista. La lamparita amarilla de la mesilla daba sombras alargadas en las vigas oscuras. La habitación no tenía calefacción central. Tenía un radiador pequeño de hierro junto a la ventana, que sonaba muy de vez en cuando con un pequeño golpe metálico.
—Sí —dijo él—. Tienes razón.
—¿Sabes qué pienso?
—Dime.
—Que aquí no se van a poder esconder cosas como en Sevilla o en Barcelona.
—¿Por qué?
—Porque aquí todo el mundo conoce a todo el mundo. Es una ciudad pequeña. Esto no es una catedral en una ciudad. Es una ciudad alrededor de una catedral.
Adrián cerró los ojos un momento.
—Es sin más eso.
—Y por eso, lo que está pasando aquí, sea lo que sea, va a salir. No se va a poder ocultar mucho tiempo.
Adrián la miró. Clara tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y los ojos cerrados. Solo se le veía el perfil contra la penumbra.
—Salvatierra me dijo, antes de salir —empezó, sin saber muy bien por qué lo decía ahora—, que esto iba a ser distinto de Sevilla y de Barcelona.
—¿Distinto en qué?
—No me lo explicó. Me dijo: tú vete y verás . Pero antes de colgar añadió una cosa.
—¿Qué?
—Me dijo que en Compostela está el origen.
Hubo un silencio en la habitación.
—¿De qué? —preguntó Clara.
—De todo. De lo que descubrimos en Sevilla. De lo que continuamos en Barcelona. De la red. Del oficio. De las vieiras con muescas. De todo.
—¿Salvatierra te ha dicho eso?
—Con esas palabras: Compostela es la matriz .
Clara se quedó muy quieta. Adrián la oyó cambiar de postura debajo de la manta.
—¿La matriz?
—Sí.
—Eso suena como si lo demás —Sevilla, Barcelona— fueran consecuencia.
—Sí.
—¿Llevamos dos años sin saberlo?
—Llevamos dos años sin saberlo.
Volvieron a callarse. Adrián oyó, abajo, en alguna calle del casco viejo, las campanas de un convento. Cuatro toques rápidos, una pausa, un quinto toque sostenido. Un ritmo distinto del de Sevilla. Distinto del de Barcelona. Más lento. Más insistente.
—¿Has oído? —dijo Clara.
—Lo he oído.
—Es el ritmo de aquí.
—¿Cuál era el de Sevilla?
—Tres y dos.
—¿Y el de Barcelona?
—Dos y tres.
—Y aquí, cuatro y uno.
—Sí.
—Es como una cuenta atrás.
Adrián se quedó pensando en esa frase. Le gustó cómo sonaba, pero no la entendió del todo. Se le quedó dando vueltas en la cabeza. Es como una cuenta atrás. Cuatro toques y uno. Cuatro pasos y un destino. Cuatro hechos y una conclusión.
Clara se levantó del sillón al cabo de un rato, dobló la manta, la dejó en el respaldo y cruzó el pasillo hasta la cuarenta y cuatro sin decir buenas noches, que era su manera de darlas. Adrián oyó la llave girar al otro lado.