Capítulo 1 · El viaje de diciembre
Habían salido cada uno del suyo. Tres de diciembre, un martes, con el cielo gris pegado a media España y que, según el parte, no se levantaría en una semana más.
Adrián Vega había cogido el de las seis y media en Santa Justa.
Iba casi vacío a esa hora, con un puñado de viajeros que dormitaban con la cabeza pegada al cristal mientras el tren cruzaba la campiña y la luz se iba abriendo despacio sobre los olivares de invierno.
Llevaba un libro abierto sobre las rodillas, sin leerlo.
Era un volumen viejo de tapas verdes, Los nombres de la Catedral de Compostela , de un autor de finales del setecientos cuyo apellido nunca conseguía recordar.
Salvatierra se lo había mandado por correo certificado diez días antes, con una nota breve.
Para que llegues con la cabeza ya en sitio .
Adrián había leído los primeros tres capítulos durante los días previos al viaje, pero no había avanzado mucho.
Le costaba concentrarse. Llevaba diez días pensando, sin darse cuenta del todo, en otra cosa.
Clara Bru había salido de Sants a las seis y veinte y había cruzado la llanura de Lérida dormida, con una manta de tren sobre las rodillas y un gorro de lana gris hasta media frente.
Se encontraron en Chamartín a las nueve y cuarenta, bajo el panel de salidas. Cada uno con una maleta pequeña. El resto del equipaje iba por delante, camino del Hostal, por mediación de Aurea.
Cinco meses y once días.
No fue una escena. Clara lo vio primero.
Adrián levantó la mano a media altura. Era un gesto pequeño, de los que se hacen cuando reconoces a alguien de lejos y todavía no sabes a qué distancia vas a tenerlo de cerca.
Ella se acercó. Se dieron dos besos. Olía a un perfume que él no le conocía. Cedro, por debajo.
—Estás más delgado.
—Tú estás igual.
—No.
—No —admitió él.
El tren a Santiago salía a la una y media. Aurea había comprado los billetes desde Compostela, sin preguntar. Les había dejado cuatro horas muertas en una estación de Madrid.
Las gastaron bien. Es decir: no las gastaron.
Tomaron un café. Después otro. Se sentaron frente a la vía nueve, en unos asientos de plástico gris, con las maletas entre los pies.
—¿Llueve allí?
—Lleva tres semanas.
—¿Y no para?
—No para.
Clara asintió, despacio.
—Leí un artículo sobre eso. Sobre la humedad y los pergaminos. Decía que en Galicia el papel no se pudre. Se ablanda.
—¿Y eso es mejor o peor?
—No lo decía.
Adrián miró el panel. Faltaban tres horas y veinte.
—¿Sigues con lo del Born?
—Sigo.
—¿Y va bien?
—Va.
Hablaron de los trenes. Del precio de los billetes, que a Clara le pareció una barbaridad y a Adrián no.
De una restauración que él tenía parada en el taller desde octubre, una talla de un convento de Écija, y de si valía la pena o no valía la pena.
De si aquel viaje era necesario. Eso lo discutieron dos veces. Ninguna de las dos llegaron a discutir.
A las doce y media comieron un sándwich pésimo de pie, en la barra, mirando el panel.
No hablaron de julio.
Adrián la miró de perfil, recortada contra las letras naranjas.
Y pensó una cosa que no le gustó. Pensó que dos personas que llevan cinco meses sin verse pueden estar cuatro horas juntas y no decirse nada.
Y que eso no se improvisa. Que hace falta entrenar mucho tiempo, y con mucho cuidado, para llegar a hacerlo así de bien.
El tren a Santiago salió de Chamartín a la una y media.
Era un tren rápido, de los nuevos, y tardaba poco más de tres horas: desde que abrieron la línea, Galicia había dejado de estar donde estaba, y la gente del oficio todavía no se había acostumbrado a que se pudiera desayunar en Compostela y comer en Madrid.
Clara pasó el trayecto mirando el paisaje cambiar a través de la ventana, cómo la meseta amarilla se iba volviendo verde con calma, primero los robles del norte de Zamora, después los túneles de Sanabria uno detrás de otro, después los castaños y los eucaliptos al salir a Ourense, y por fin el granito mojado de Galicia, que parecía un país distinto y que llegaba demasiado pronto, como si el tren hubiera hecho trampa.
Bajaron en Santiago a las diecisiete y diecisiete minutos, con media hora de retraso sobre el horario previsto. Llovía. Llovía despacio, con esa convicción serena del invierno gallego, que no se detiene por las prisas de nadie y que tampoco se anuncia.
Adrián Vega bajó del vagón con la bolsa al hombro y esperó a Clara en el andén.
El frío le sorprendió. No era el frío de Madrid, donde el aire muerde la cara.
Era otro frío, más antiguo, hecho de humedad y de granito mojado, que se metía por las costuras de la ropa y se quedaba dentro.
Adrián se cerró el abrigo con las dos manos.
Tenía cuarenta y tres años y había pasado los últimos dos inviernos entre Sevilla y Barcelona, pero el frío de Compostela, en aquel andén, lo recibió como una despedida del sur.
Clara bajó detrás de él, con la maleta pequeña que había decidido traer en lugar del trolley grande.
Le miró. Estaba pálida, cansada del viaje, con los ojos un poco hinchados de no haber dormido bien la noche anterior.
Y con la cara exacta de quien acaba de pasar once horas de tren y de andén al lado de la única persona con la que tendría que haber hablado.
—Esto huele distinto —dijo ella en el andén.
Adrián se quedó un momento pensando.
—Sí.
No supo decir a qué olía. A piedra, quizás.
A musgo. A leña quemándose en algún sitio que no se veía.
A la lluvia que caía y a la lluvia que ya había caído antes y se había quedado en las paredes.
Era un olor que no se parecía a nada que él hubiera olido en Sevilla.
Tampoco en Barcelona. Era un olor que no se parecía a ningún sitio, salvo quizás, vagamente, a alguna mañana de su infancia en alguna casa de pueblo de la sierra de Cádiz, cuando lo llevaban a ver a un primo de su madre.
Pero esto era más denso. Más antiguo. Más vivo.
Caminaron hacia la salida sin hablar. La estación de Santiago era pequeña, sobria, con un aire de provincia digna que no intentaba aparentar otra cosa.
El vestíbulo tenía paredes encaladas y una bóveda baja de hormigón pintada de blanco.
En las paredes, fotografías antiguas en blanco y negro de la ciudad y del Camino.
Una mujer mayor, con una bolsa de tela y un bastón, esperaba sentada en un banco de madera, sola.
Un grupo de cuatro peregrinos coreanos, jovencísimos, hablaban entre ellos junto a una máquina de café, con los abrigos amarillos chorreando agua sobre el suelo de baldosas.
Junto a una columna del vestíbulo, los esperaba una mujer joven con un paraguas medio cerrado en la mano.
Tendría treinta y muchos años, era de estatura media, llevaba un abrigo largo color musgo, una bufanda gruesa color teja, pelo castaño oscuro recogido a medias en un moño bajo.
Tenía la piel clara propia de las gallegas del norte y dos pendientes pequeños de plata en las orejas, sin más adornos.
Cuando vio a Adrián la primera, sonrió levísimamente, con la sonrisa contenida de los que no exageran nada.
—Adrián Vega. Clara Bru.
—Sí.
—Tareixa Bouzas. Bienvenidos a Compostela.
Les estrechó la mano a los dos. Tenía la mano fina, fría por la espera, firme. Llamaba la atención cómo los tres se quedaron un momento parados allí en el vestíbulo, en un silencio breve, mientras alrededor circulaban viajeros con maletas.
—¿Habéis comido?
—En el tren —dijo Clara—. Algo. Poco.
—Os llevo al Hostal. Es a diez minutos en coche. He aparcado fuera, en doble fila. No nos demoremos, que aquí los municipales son rápidos cuando llueve.
Tareixa cogió la maleta de Clara sin pedir permiso.
Adrián cargó con la suya. Salieron del vestíbulo.
La lluvia, en el exterior, era más fina de lo que parecía desde dentro, pero se metía por todas partes.
Tareixa los condujo hasta un coche pequeño aparcado junto al bordillo, un Renault gris que tendría seis o siete años, sin pegatinas, sin más rasgos distintivos que un crucifijo pequeño de madera colgando del retrovisor central.
Subieron. Tareixa puso en marcha el motor, salió del aparcamiento con un movimiento limpio, y se incorporó a la rúa do Hórreo.
Adrián, en el asiento del copiloto, miraba la ciudad por primera vez en su vida.
Lo poco que se podía mirar, con la lluvia y la luz baja del invierno, eran calles estrechas con soportales bajos, casas de granito con aleros antiguos, escaparates de tabernas pequeñas con la vela encendida en el cristal.
Las farolas, encendidas desde antes de las cuatro, daban una luz amarilla que se reflejaba en el suelo mojado.
—¿Es vuestra primera vez aquí? —preguntó Tareixa.
—La mía sí —dijo Adrián—. Clara estuvo hace años. Creo.
—Sí. Hace doce. Vine en una excursión universitaria. No me acuerdo de gran cosa.
Tareixa sonrió.
—Doce años no hace tanto. Compostela cambia poco. Estará casi como te acuerdas.
Cruzaron una plaza pequeña con un crucero de piedra en el centro.
Bajaron una calle aún más estrecha, sin coches, en la que las casas dejaban un canal apenas suficiente para que el coche pasara entre los soportales.
Adrián tuvo la impresión de que el casco viejo de Compostela había sido construido para personas que iban a pie, y que un coche dentro de él era una contradicción que la propia ciudad apenas toleraba.
—Aurea os recibe mañana a las once en el archivo —dijo Tareixa, sin levantar la vista de la carretera—. Hoy descansad. Comed temprano. Acostáos pronto, si podéis. La primera noche en Compostela siempre es rara. Por la humedad. Te entra dentro hasta que el cuerpo se acostumbra.
—¿Cuánto tarda? —preguntó Clara desde atrás.
—Tres noches. Cuatro a veces.
Adrián miró por la ventanilla. Pasaron junto a una iglesia pequeña, con la fachada ennegrecida y un atrio cubierto en el que un par de gatos se refugiaban de la lluvia.